La confusa guerra contra el terrorismo

Marcela Sánchez* El presidente Bush proclamó a Irak este domingo como el nuevo “frente central” en la guerra global contra el terrorismo, el último giro en un drama que ha estado asfixiando el impulso hacia una nueva estructura de seguridad para las Américas. En calidad de vecinos cercanos de una nación cruelmente atacada, los líderes […]

Marcela Sánchez*

El presidente Bush proclamó a Irak este domingo como el nuevo “frente central” en la guerra global contra el terrorismo, el último giro en un drama que ha estado asfixiando el impulso hacia una nueva estructura de seguridad para las Américas.

En calidad de vecinos cercanos de una nación cruelmente atacada, los líderes de esa región se mostraron convencidos, hace dos años, de que podrían —y deberían— ayudar a confrontar las nuevas amenazas a la seguridad del hemisferio. Podían fortalecer la seguridad en aeropuertos, puertos marítimos y cruces fronterizos; agilizar las medidas tendientes a un mejor control de las transacciones financieras y, en últimas, jugar un papel importante.

Pero ahora con el principal campo de batalla transferido a Irak, Bush cambió de una vez por todas el enfoque de la guerra contra el terrorismo a un país cuyos reales vínculos con la amenaza terrorista global han sido ampliamente cuestionados. El domingo, les pidió a los miembros de las Naciones Unidas que reconozcan su “responsabilidad” en la reconstrucción de Irak. Hace apenas un año había tratado de animarlos a ir a una guerra por el “grave y creciente peligro” de armas de destrucción masiva en el mismo país.

Algunos en la región tal vez quieran perder su tiempo criticando la arrogancia que representa pedirles a esas naciones que asuman la responsabilidad en la solución de un conflicto en el que no tomaron parte, especialmente aquéllos que hicieron grandes esfuerzos para no participar. Pero, la verdadera importancia del último giro de Bush es que revela a un Washington tan distraído por una guerra aún inconclusa en Irak, que ha dejado a la deriva lo que en las Américas creían que debía ser la guerra más amplia contra el terrorismo.

Diez días después de los ataques en el 2001, el Secretario de Estado, Colin L. Powell, pronunció la promesa colectiva del hemisferio de “negar a terroristas y sus redes la capacidad de operar en nuestros territorios”. Unirse a un ataque preventivo para cambiar un régimen o a misiones para construir naciones y promover democracia en el Medio Oriente pueden ser misiones loables en sí mismas pero tienen poco que ver con asegurar “nuestros territorios”.

La mayoría de los líderes de la región habían logrado convertir el temor al terrorismo y la solidaridad con Estados Unidos en etapas iniciales de reforma. Menos de un año después de los ataques del 11 de septiembre, las naciones del hemisferio redactaron una histórica convención antiterrorismo que siete naciones (Estados Unidos no todavía) ya han ratificado.

Pero con cada giro de Washington, muchos en el hemisferio, que enfrentan amenazas más reales que los partidarios del régimen de Saddam Hussein o las ineficientes redes eléctricas en un país rico en petróleo, han llegado a creer que Washington está, como mínimo, confundido o, peor, tiene sed de petróleo. Y así la solidaridad hacia Estados Unidos disminuye, lo mismo que el apoyo popular hacia líderes ansiosos por sincronizarse con Washington.

Tal vez llegó la hora de declarar el impulso antiterrorista en las Américas totalmente asfixiado y dedicarse a otros temas.

No se puede ignorar, sin embargo, que algunos países sudamericanos están, por ejemplo, discutiendo una legislación para crear nuevas unidades de inteligencia financiera y en el Caribe han hecho simulacros para estar mejor preparados contra posibles amenazas como el secuestro terrorista de un barco crucero. En su primer discurso público como nuevo líder diplomático para el hemisferio, Róger F. Noriega dijo esta semana que líderes de la región han hecho esfuerzos “impresionantes y satisfactorios” para responder a la amenaza terrorista.

Pero el progreso a nivel operacional es lento por decir lo menos, y podría terminar paralizado por una gama de temas que la región considera que guardan relación con la seguridad.

La semana pasada diplomáticos que se preparaban para la conferencia especial de seguridad en las Américas del mes entrante en México acordaron una definición “multidimensional” del tema que incluye un sinnúmero de amenazas no tradicionales. Cuando la reunión ya pospuesta una vez finalmente se realice, se espera que los delegados declaren que la pobreza extrema, enfermedades e incluso la madre naturaleza son amenazas tan graves —o peores — para países de la región como el terrorismo.

Si eso sugiere una falta de enfoque y claridad, Washington debiera ser el último en criticarlo. Fue Madeleine K. Albright, la ex secretaria de estado estadounidense, en un artículo de la revista Foreign Affairs escrito mucho antes del discurso de Bush del domingo, quien observó que “al complicar sus propias opciones, la administración [Bush] ha complicado las opciones que enfrentan otros”.

Hubo un momento en que los países pudieron escoger convertir la guerra contra el terrorismo en una oportunidad para acelerar reformas cruciales y necesarias, y para cooperar por el beneficio de sus propias democracias. Luego Bush empezó a sugerir que podía continuar solo.

* washingtonpost.com

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