Irene y el miedo

José Adán Silva [email protected] Fue el final de un mal día, que terminó siendo peor. La joven reportera había tenido un día muy agitado: grabó las tomas y declaraciones de un pleito más entre políticos, logró entrevistar al personaje que más se buscaba, editó a tiempo sus notas para el telediario de la noche y […]

José Adán Silva [email protected]

Fue el final de un mal día, que terminó siendo peor. La joven reportera había tenido un día muy agitado: grabó las tomas y declaraciones de un pleito más entre políticos, logró entrevistar al personaje que más se buscaba, editó a tiempo sus notas para el telediario de la noche y al final, ya agotada, decidió poner fin al tormento cotidiano que significa buscar noticias.

Antes de irse, Irene metió todo en su bolso: sus llaves, las tarjetas de crédito, sus prendas, sus documentos de identificación y sus lentes; luego salió con aires de alivio del telediario. Atrás quedó un día más de trabajo.

Salió a la calle, en Bolonia e hizo la parada al primer vehículo que vio venir con una corona amarilla luminosa en la tolda. Era un carro blanco al que subió por la puerta posterior.

Cerca del McDonald’s de Plaza España vio cómo sin ningún aviso, el taxista silencioso se arrimó a orillas de la calle a subir a dos sujetos que le hicieron la parada. Desde que ella vio que el taxi se detenía, supo que su vida, sus pertenencias y su integridad de mujer, estaban en peligro: de noche, en un taxi, y con tres hombres desconocidos.

Tenía razón Irene. Desde el primer momento salió a relucir una fría e impersonal bayoneta, con una orden de hielo: “Dame todo lo que andas y no se te ocurra gritar”. Ella gritó del miedo.

El tipo insistió, con voz aún más fría: “No grités”, mucho de amenaza había en la orden, que algo desde muy dentro le indicó a Irene que no debía gritar más.

No supo cómo ni de dónde le vino la calma, pero entregó en silencio sus pertenencias. En el colmo del descaro, los delincuentes se molestaron y le reclamaron que por qué no andaba tanto dinero en efectivo, si para eso trabajaba. Ella guardó silencio.

El vehículo avanzó raudo en sentido contrario al que ella tenía como destino inicial. El temor no sólo seguía ahí, sino que aumentaba conforme el auto buscaba parajes solitarios y oscuros al sur de Managua.

El miedo, ese sentimiento devastador que lleva el frío a las entrañas, no le impidió rogar a Dios en silencio, para que todo saliera bien y acabara la pesadilla. Dios debió escucharla, porque la pesadilla acabó. Los tipos la dejaron en una calle oscura cerca de Villa Fontana.

Ahora odia y teme a los taxistas, y pide todo el peso de la ley para quienes cometan delitos desde un taxi: “Debería ser un servicio público y no una amenaza pública”, dice.

Irene, que ya conoce el terror, se indignó cuando leyó que Horacio Rocha, el jefe de la Policía de Managua, trató de minimizar el fenómeno aduciendo que estadísticamente es menor que el año pasado.

Su asalto ocurrió en un contexto de terror que se ha vuelto común: asaltos a pasajeros, bandas de taxistas mafiosos, robo violento de vehículos a los mismos taxistas, y un desenfreno de protestas del gremio de taxistas que se niegan a pagar un seguro de daños a terceros.

Según las estadísticas policiales y gremiales de las cooperativas de taxi, semanalmente se reportan tres denuncias de robo a bordo de taxis, y cerca de 10 vehículos taxis se reportan como robados.

Pero ya nada de eso le importa a ella: quiere medidas de seguridad, taxímetros y leyes claras. Al filo de una bayoneta, Irene, la joven reportera de televisión que aún tiene fresco el miedo en la memoria, perdió la confianza en los taxis. Nunca más usará uno.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí