Con desilusión, retomando las palabras del señor Charles Lankford, leí el pasado 3 de septiembre en LA PRENSA tanto su carta como el Editorial del periódico. Sucede que yo soy una de esas personas a quienes se tilda de “progresistas” opuestos al progreso, y como si eso fuera poco, incluso de reaccionarios porque, como habitante de Nejapa, me opongo a la instalación de una antena de 65 metros de altura que, en caso de un sismo, cosa muy frecuente en nuestro país, podría caerle encima a varias casas que están en ese lugar desde hace al menos 20 años.
Quiero dejar claro que esta oposición no se debe a un simple capricho ideológico, ni a ignorancia, como maliciosamente sugieren el editorial y la carta, sino por legítimas reservas sobre las consecuencias en caso de que la antena se cayera —cosa que naturalmente no deseamos— y de los efectos que podría tener en la salud, particularmente en la de tantos niños a quienes nadie les pide su opinión. Si bien no tengo los estudios ni títulos del señor Lankford, mi sentido común me indica que si la OMS no ha dado una respuesta concluyente al respecto, y señala que será hasta el 2007 cuando se cuente con resultados de estudios que consideren un mayor período de utilización de estas nuevas tecnologías, lo mínimo que se debe hacer es adoptar medidas preventivas, que incluyan a la comunidad, ahora y no cuando sea demasiado tarde.
Kathe Welles Avilés