- Los latinoamericanos están molestos con la hipocresía de países desarrollados que pregonan el libre comercio para luego gastar más de 300 mil millones de dólares anuales en subsidios
Marcela Sánchez
Las negociaciones comerciales internacionales continuaron su marcha hacia un nuevo y desafiante mundo la semana pasada, cuando la Organización Mundial del Comercio acordó permitirle a las naciones más pobres importar versiones genéricas de importantes medicamentos patentados.
El tema no simplemente enfrentó a las naciones ricas con las pobres. También sacó al ruedo a un tercer grupo de países —Brasil e India los más prominentes— con la capacidad de producir y exportar medicinas genéricas a aquellos países demasiado pobres para producirlas o para adquirir las originales. Ese tercer grupo jugó un papel crucial para lograr incluir de nuevo la propiedad intelectual, que incluye patentes a medicamentos, en la agenda comercial internacional, un triunfo impensable hace tres años.
Aquellos nuevos productores de drogas genéricas presionaron para vender sus productos más allá de sus fronteras y al final Washington se quedó solo defendiendo la hegemonía de las compañías farmacéuticas. Las negociaciones habrían permanecido estancadas por más tiempo si los delegados africanos no hubieran hecho una petición argumentando que nuevos retrasos cobrarían miles de vidas más cada día. Se llegó finalmente a un acuerdo.
El resultado deberá traer nueva esperanza para los más necesitados, pero los pormenores del acuerdo reafirman que todavía las naciones más ricas determinan el debate según sus intereses económicos mientras reclaman una autoridad moral que luego hacen lo posible por eludir. En vez de cambiar unas cuantas palabras para facilitar el suministro de drogas genéricas a las naciones pobres, los negociadores estadounidenses presionaron por un enrevesado acuerdo con tantas advertencias que parece más bien una mofa de los principios de “libre” comercio.
El surgimiento de un tercer grupo de naciones, junto al persistente proteccionismo de las naciones más ricas, presentan un interesante telón de fondo para la reunión de la OMC la próxima semana en Cancún, México, donde negociadores comerciales de los 146 países miembros esperan proseguir la actual ronda de negociaciones comerciales para el “desarrollo”.
¿Podrá el nuevo grupo ser lo suficientemente poderoso como para lograr nuevos avances? ¿O su desventaja es tal que, como con las negociaciones sobre drogas, no puede contrarrestar la influencia de los países más poderosos en el resultado final?
Considere, por ejemplo, el tema del comercio agrícola. Para las naciones en desarrollo, especialmente en Latinoamérica, un mayor acceso a mercados y prácticas agrícolas más justas serán tema central en la actual ronda. Los latinoamericanos están particularmente molestos con la hipocresía de países desarrollados que pregonan el libre comercio para luego gastar más de 300 mil millones de dólares anuales en subsidios para sus propios agricultores.
Si las naciones industrializadas —en particular las de la Unión Europea, pero también Estados Unidos y Japón— eliminaran hoy sus subsidios y otras medidas que distorsionan el comercio, los países en desarrollo podrían obtener de la agricultura ganancias cercanas a los 24 mil millones de dólares, según un estudio emitido la semana pasada por el International Food Policy Research Institute. Latinoamérica y el Caribe serían los más beneficiados, con ganancias de US$8,300 millones, es decir casi diez veces más de lo que la región recibe de Washington en ayuda para el desarrollo.
Pero Estados Unidos y Europa, que han ofrecido algunos cambios a su estructura de subsidios, no son los únicos culpables. Países como Brasil y México invierten grandes cantidades en sus propios subsidios. Mientras todos afirman que lo hacen para proteger al pequeño agricultor, la mayor parte del dinero va a los grandes agricultores.
Desde la perspectiva de las naciones más pobres, cualquier país que aplique subsidios no es mejor amigo que Estados Unidos o Europa. Aun así, países como Brasil o India pueden tratar de dar la mano a los más pobres como lo hicieron inicialmente con el tema de las drogas. Pero en medio de álgidas negociaciones y ante las tácticas de dividir para vencer, utilizadas por las naciones más ricas, esa coalición seguramente será insostenible ya que los países más pobres probablemente se aliarán con el más fuerte.
A pesar de las buenas intenciones de líderes como el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva de hacer más para ayudar a sus vecinos, tienen poco que ganar si reducen sus subsidios antes que los países industrializados. En cambio, estas recientes naciones poderosas harán probablemente lo que crean necesario para preservar sus avances recientes, incluso sabiendo que lo hacen a costa de los pobres.
Para seguir siendo relevantes puede que, como mucho, continúen impulsando nuevos temas en la agenda como lo hicieron con las drogas genéticas. La próxima semana estarán promulgando su propia contrapropuesta a la oferta sobre subsidios agrícolas hecha por Estados Unidos y Europa.
Todas estas nuevas complejidades no pueden distraerlos de un hecho inalterable: la responsabilidad de demostrar autoridad moral y liderar con un buen ejemplo cae en los hombros de las naciones más ricas. Hasta que lo hagan, sólo prolongarán lo que está teniendo ya un elevado costo, si tal vez no en vidas, sí en la forma en que se ganan la vida algunos de los más pobres entre nosotros, los pequeños agricultores.