Su primera muerte

José Adán Silva [email protected] ¿Cuántas veces lo he escuchado? No sé. He perdido la cuenta. Lo cierto es que cada uno de ellos ha pasado por eso y ha tenido la tétrica oportunidad de sentir cómo la vida no vale nada en manos de los otros. Sobre todo si el otro anda armado y quiere […]

José Adán Silva [email protected]

¿Cuántas veces lo he escuchado? No sé. He perdido la cuenta. Lo cierto es que cada uno de ellos ha pasado por eso y ha tenido la tétrica oportunidad de sentir cómo la vida no vale nada en manos de los otros. Sobre todo si el otro anda armado y quiere tu dinero.

Unos han estado más cerca, pero tan cerca, que no saben cómo quedaron vivos. Hace tres años a Edgard, un joven al que le gusta que lo llamen “El Panadero”, por sus orígenes de levadura y horno en su casa paterna, fue víctima de los delincuentes cuando ruleteaba su Toyota en las agitadas calles de Managua en fin de semana.

Tenía entonces 24 años de edad, de los cuales siete los había dedicado al oficio del transporte, al lado de su padre, quien cuando dejó la panadería por la artritis, tomó los ahorros y los invirtió en dos carros Lada que metió a taxear. Uno lo usaba él, y el otro se lo alquiló a Edgard.

“El Panadero”, bravo al trabajo, logró ahorrar hasta comprar su primer carro, un Toyota usado, que también metió a ruletear. Por lo general, trabajaba de lunes a jueves desde las 6:30 a.m. hasta las 7:00 p.m. No había en aquellos tiempos turnos de circulación y el taxista podía, si quería, trabajar todo el día.

Los viernes y sábado Edgard trabajaba desde las 5:00 p.m. hasta las 5:00 ó 6:00 a.m., en busca de las carreras de los noctámbulos capitalinos que acostumbran salir en busca de diversión.

Él mismo había escuchado de los asaltos y asesinatos a los obreros del volante, pero nunca pensó que los cuentos los tuviera que contar él mismo, de su propia voz y desde su propia experiencia. Pero le tocó y por poco no lo cuenta. Un sábado en la madrugada, una mujer y tres hombres le hicieron parada cerca de La Piñata. Dijeron que dos iban para Villa Libertad y los otros dos a la terminal de buses de la ciento tal, que en cuánto los llevaba y por qué tan caro. De acuerdo, vámonos.

Se fueron, pero no acababan de partir, cuando a Edgard le estaban partiendo el cráneo con un objeto duro, que lo desmayó por unos instantes. Los tipos asumieron el mando, lo pasaron al asiento trasero donde lo esquilmaron y desnudaron, y lo llevaron a una calle oscura y maltratada en las cercanías de Las Jagüitas.

Allí casi termina el terror: lo bajaron, vendaron y le dispararon a la cabeza. Huyeron con un rechinar de llantas y en medio de una nube de polvo lo dejaron desangrándose. Nunca supo como llegó al hospital ni cómo, tras un mes en cuidados intensivos, pudo reconocer a su padre sentado a su lado, y enterarse así que seguía siendo de este mundo.

El carro desapareció y ahora, tras muchos años, ha vuelto a ruletear de noche, pero armado de una pistola y con la firme disposición de no volver nunca más a montar a más de tres personas ni a dejarse “matar” otra vez.

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