“Usted puede, vamos sin miedo”, le dicta una fisioterapeuta a esta paciente que trata de recobrar la estabilidad al caminar.

Fisioterapeutas: Las manos milagrosas

Este 15 de agosto se celebró, con mucha discreción, el Día Nacional del Fisioterapeuta, un profesional de la salud poco apreciado por el sistema y muy mal pagado, aunque realizan cada día el milagro de regresar la confianza y los movimientos físicos a más de medio millón de nicaragüenses con discapacidades José Adán Silva [email protected] […]

  • Este 15 de agosto se celebró, con mucha discreción, el Día Nacional del Fisioterapeuta, un profesional de la salud poco apreciado por el sistema y muy mal pagado, aunque realizan cada día el milagro de regresar la confianza y los movimientos físicos a más de medio millón de nicaragüenses con discapacidades

José Adán Silva [email protected]

1985: Algún lugar del Norte de Nicaragua. La bala le tocó la columna vertebral a un joven, cuando le faltaban dos meses para terminar su Servicio Militar. De la columna para abajo todo quedó inmóvil y, aunque sobrevivió, la vida se la truncó el plomo que salió del hocico caliente de una AK-47.

Desde entonces vive en una silla de ruedas, resignado, sin opciones, creyendo que es mejor estar vivo que haber quedado en aquellas montañas donde rugía el fuego de la guerra en los años 80.

Apenas tenía 19 años y mucha energía que explotar. Muchas veces, confinado solitariamente en la silla metálica, pensó que habría sido mejor morir en aquella emboscada vespertina, como algunos de sus compañeros a los que por mucho tiempo recordó como héroes, pero que con el paso de los años terminó olvidando, a como se olvidan los fantasmas de la oscuridad cuando llega la luz del día.

Como si se tratara de un trabajo de exorcismo, una simpática muchacha llamada Amanda, hizo el milagro de sacarle los demonios de los malos recuerdos de la guerra y lo obligó a aceptar una realidad más atractiva que echarse a morir: aceptarse a sí mismo como una persona con problemas, pero no por ello con menos valor que los demás.

Milagro de Dios

Desde entonces mató la crisis existencial y con sus dos manos y una silla de ruedas, le entró duro a la vida, acompañado por la misma muchacha alegre de siempre que le decía: “Rodolfo, dejate de chochadas y seguí con el tratamiento, vos podés”.

Al final, cuando él ya pudo, ella ya no estaba. Se había ido del Centro de Salud Pedro Altamirano y del país, en busca de mejores horizontes económicos. Nunca volvió a saber de ella.

Esta es la historia de Rodolfo, un lisiado de guerra perteneciente a la Organización Revolucionaria de Desmovilizados (ORD), que recuperó la voluntad de vivir y la confianza de ser útil, gracias a su fe en Dios y al tratamiento extraordinario de una joven fisioterapeuta que nunca más volvió a ver.

Según esta organización, al finalizar la guerra en 1990, más de 300,000 nicaragüenses, entre civiles, guerrilleros y miembros del Ejército Popular Sandinista, sufrían de algún tipo de discapacidad producto de 10 años de conflictos bélicos.

Cruzada valió la pena

Eso motivó a que en 1990, el Ministerio de Salud (Minsa) impulsara una campaña para formar profesionales en fisioterapia, que ayudara a insertar a los lisiados de guerra en la sociedad civil, como personas útiles y sin complejos.

A 13 años de aquella cruzada, el Minsa reconoce que el esfuerzo valió la pena y que los héroes de esa proeza son esos profesionales mal pagados, llamados fisioterapeutas.

Un fisioterapeuta es una persona entrenada y capacitada para aplicar técnicas físicas y sicológicas, que ayuden a una persona con cualquier problema de discapacidad, a superar las deficiencias y complejos para reintegrase como una persona útil a la comunidad.

Fátima Ortega Narváez no conoció a Amanda ni a Rodolfo, pero escuchó desde muy dentro una voz que le pidió ayudar a las personas con discapacidad, por lo que decidió estudiar fisioterapia en el Instituto Politécnico de la Salud (Polisal).

Ahora es la responsable del Departamento de Fisioterapia del Hospital Nilda Patricia Velasco de Zedillo, en Ciudad Sandino, desde donde ve con preocupación cómo la situación económica asfixia sus ganas de seguir sirviendo a las personas con discapacidad.

Salarios de miseria

“Hemos estudiado mucho y dado mucho de nosotros para servir, pero realmente es difícil mantener los ánimos con un salario tan bajo”, dice Fátima, acompañada de Yolanda, una colega de trabajo que la respalda en silencio y que comparte su misma situación.

Cuando ella habla de “un salario tan bajo”, sabe lo que dice: el Ministerio de Salud les paga un salario básico de 1,080 córdobas, más una comisión extra, con lo cual no llegan ni a dos mil córdobas.

Para colmo, relata Fátima, el trabajo de fisioterapia es tan mal visto y tan poco apreciado que sólo pueden conseguir trabajo, mal pagados, en centros de belleza.

Si quieren hacer dinero extra, a través de servicios de masajes a domicilios, corren el riesgo de que el cliente las confunda con prostitutas, de esas que se anuncian como “masajistas eróticas”, y quiera pasarse de listo.

Mal vistas

“Estamos arruinadas en ese sentido. En las clínicas privadas se gana un poco mejor que en el Ministerio, pero tampoco ganan mucho. A veces la gente no nos valora los estudios, y nos ven como sobadoras o masajistas. Es más, si ofrecemos masajes a domicilio, los hombres quieren relaciones sexuales, porque creen que somos de esas muchachas que ofrecen masajes sexuales”, se queja Fátima.

Ella pertenece a un humilde batallón de 400 personas que en Nicaragua estudiaron y se prepararon como fisioterapeutas para regresar la confianza y los movimientos a las personas con discapacidad, en un milagro cotidiano mal pagado y que casi cuenta con dos recursos básicos: las manos y el corazón.

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