Incorporación de la primera mujer a la Academia, Mariana Sansón Argüello, el 2 de diciembre de 1997.

La primera mujer cadémica de la Lengua

Roberto Sánchez Ramírez/Especial para la prensa Conocí a Mariana Sansón Argüello hace un poco más de cuarenta años, cuando ella estaba a cargo de la Embajada de Nicaragua en Italia, ya que su entonces esposo, el embajador Eduardo Argüello Cervantes, permanecía por largas temporadas en Nicaragua. Su atractivo en todo el sentido de la palabra […]

Roberto Sánchez Ramírez/Especial para la prensa

Conocí a Mariana Sansón Argüello hace un poco más de cuarenta años, cuando ella estaba a cargo de la Embajada de Nicaragua en Italia, ya que su entonces esposo, el embajador Eduardo Argüello Cervantes, permanecía por largas temporadas en Nicaragua. Su atractivo en todo el sentido de la palabra creó en mí una profunda admiración y respeto que se acrecentó con los años y en aquella época a través de sus hijos Jorge Eduardo, María José y Adda Cecilia.

Roma era para Mariana sólo comparable con la presencia de su querido León. Casi tenía un inventario de monumentos y sitios donde se desarrollaba el arte y la cultura. De cuántos momentos y lugares disfruté en su compañía. Desde la ópera Aída en las Termas de Caracalla hasta la Villa Borghese con todos sus atractivos. Era en el ambiente romano un encanto más, pendiente de atender a todo nicaragüense que residía en Roma o estaba de tránsito.

Luego fui conociendo de su crecimiento como poeta, escritora y pintora. Me alegró mucho su matrimonio con Edgardo Buitrago, sigo creyendo que difícilmente se pueden encontrar dos personas que hicieran realmente pareja igual que Edgardo y Mariana, como si de toda la vida hubieran estado hechos para ser pareja, una pareja tan apreciada y querida. Un complemento vivo de su casa en León llena de libros y objetos de mucho valor, pero lo más valioso: ellos dos.

Edgardo había ingresado a la Academia Nicaragüense de la Lengua en 1962, estaba en proceso de fundar el Museo Archivo Rubén Darío en León. Todavía la Academia en el Arto. 6 de sus Estatutos establecía entre las condiciones para ser miembro que debía ser varón. El 13 de octubre de 1997, el académico Carlos Tünnermann Bernheim mocionó para derogar dicho artículo y junto con el académico Francisco Arellano Oviedo propusieron la candidatura de Mariana Sansón Argüello para Miembro Correspondiente. Edgardo y Mariana se convirtieron así en el primer matrimonio de académicos.

El 2 de diciembre de 1997, en el Salón de Embajadores del Ministerio de Relaciones Exteriores, Mariana ingresó a la Academia Nicaragüenses de la Lengua. El discurso de recepción estuvo a cargo del poeta Pablo Antonio Cuadra; el elogio de la recipientaria, Carlos Tünnermann Bernheim; lectura de poemas de Mariana por Nydia Palacios y el discurso de agradecimiento de Mariana. En esa sesión Pablo Antonio Cuadra dijo: “Este día es un Arco del Triunfo para que pase por primera vez y entre a nuestra Academia una mujer. Es un arco de mariposas que cantan, de seres nuevos llegados de la zona secreta y misteriosa que rodea con la fantasía nuestro planeta”.

Siempre me daba mucho gusto verla junto a Edgardo en diversas actividades. Luego se fue ausentando en la medida que la enfermedad avanzaba. En una ocasión fui a León en busca de hacer un reportaje para televisión sobre José de la Cruz Mena, entrevisté a Edgardo y tuve la oportunidad de verla por última vez, sentada al fondo de la casa y superé mi triste impresión acordándome de nuestras largas conversaciones en Roma, sus poemas, aquellos jícaros que se hacían pájaros.

Falleció el 6 de mayo del 2002. La Corona Fúnebre publicada al año de su deceso recoge en parte el sentimiento expresado por tantas instituciones y personas. En la introducción Edgardo escribió: “Imposible para mí aceptar que te hayas muerto. Que te hayas quedado inmóvil en el espacio, muda ante el tiempo, sin expresión ante el Universo, sin mirada ni gesto alguno para los tuyos y para quienes compartían contigo amistad y diálogo. Sé que fuiste siempre la vida misma, la sonrisa y acción permanentes, inquietud gozosa por todo lo que significaba descubrir los secretos íntimos del arte y de la palabra, como incursión por los misterios de Dios y del hombre”.

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