¿Por qué fracasan las actualizaciones?

José Leñero G. En el último tiempo me he vuelto a ocupar de un hecho que parece increíble: muchas empresas que han hecho un buen intento de aplicar las tendencias modernas en métodos de gerencia, después de un cierto tiempo las han dejado de lado y han vuelto a sus métodos de trabajo tradicionales. Al […]

José Leñero G.

En el último tiempo me he vuelto a ocupar de un hecho que parece increíble: muchas empresas que han hecho un buen intento de aplicar las tendencias modernas en métodos de gerencia, después de un cierto tiempo las han dejado de lado y han vuelto a sus métodos de trabajo tradicionales.

Al analizar los hechos que conozco a la luz del repaso que estoy haciendo del tema con motivo de estar escribiendo un trabajo largo sobre la proyección de nuestras empresas hacia el nuevo siglo, me doy cuenta de cuanta razón tenía el doctor Deming cuando señaló en los dos primeros de sus famosos 14 Puntos que enseñó a los japoneses en el año 1950:

Crear constancia en el propósito de mejorar los productos y servicios, para ser competitivos, permanecer en el negocio y crear nuevas fuentes de trabajo.

Adoptar la filosofía de que estamos en una nueva era económica que en la que hay que asumir la responsabilidad de aceptar y de liderar el cambio.

Esto me llevó a pensar ¿quieren realmente nuestras empresas aceptar y liderar los cambios en el sentido de mejorar sus productos y el servicio a sus clientes, antes de que lo haga la competencia y aprovechar la creatividad de su gente para crear innovaciones que satisfagan mejor las necesidades y expectativas de aquéllos?

También me vinieron a la mente las palabras del gran maestro de la estrategia, Michael Porter, quien decía que en el siglo XX, las empresas se habían acostumbrado a esperar que otras innovaran y, si les iba bien, aplicaban “el yo también”. Pero advertía que en la tendencia mundial a una competencia cada vez más intensa, esa política les haría llegar a ser seguidores tardíos que perderían posibilidades de mercado y de los buenos precios que obtienen los innovadores.

Si comparamos esos hechos con la intensa lucha de varias de nuestras empresas porque se las excluyera de los TLC vigentes y de los que están en negociación, o que se postergue “ad infinitum” su ingreso a una competencia que favorezca a los consumidores, me queda la gran pena de que ya han perdido varios años de prepararse para competir en esa lucha que se puede postergar, pero no eliminar.

Por eso creo que es peligroso no aprovechar lo que autores actuales y de avanzada han seguido encontrando sobre las razones para no mantener esa “constancia en el propósito” y de cómo hacerlo con éxito.

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