El cubano Javier Sotomayor es una de las máximas figuras en la historia de los Juegos Panamericanos y del deporte mundial, a pesar de los problemas del dopaje. (LA PRENSA/EFE)

Gran espiritú de superación

III parte y últimaJAVIER SOTOMAYOR: UN CAMPEONÍSIMO CON ESTRELLA QUE ACABÓ “ESTRELLADO” El cubano Javier Sotomayor, campeón olímpico, seis veces campeón del mundo, plusmarquista universal de salto de altura y elegido mejor atleta Latinoamericano del año en cinco ocasiones, ha sido un deportista con estrella, acostumbrado a los triunfos desde muy joven y que, tras […]

III parte y última
JAVIER SOTOMAYOR: UN CAMPEONÍSIMO CON ESTRELLA QUE ACABÓ “ESTRELLADO”

El cubano Javier Sotomayor, campeón olímpico, seis veces campeón del mundo, plusmarquista universal de salto de altura y elegido mejor atleta Latinoamericano del año en cinco ocasiones, ha sido un deportista con estrella, acostumbrado a los triunfos desde muy joven y que, tras 20 años de una exitosa trayectoria profesional, ni su reconocimiento universal evitó que acabara “estrellado” por culpa del dopaje.

Javier Sotomayor Sanabria, que nació el 13 de octubre de 1967 en Limonar (Matanzas), comenzó su carrera deportiva en la escuela primaria de esa localidad, en la que empezó a pulir sus inmensas cualidades físicas.

En 1984 ganó los Primeros Juegos de la Amistad en Moscú, un año después logró el tercer puesto en la IV Copa del Mundo al aire libre, disputada en Camberra y se proclamó campeón en la III Copa de las Américas, con nueva plusmarca (2.27 metros). Su primer gran triunfo internacional en categoría absoluta llegó en 1987, en Indianápolis, donde obtuvo su primer oro panamericano.

“Soto”, o “El Tigre de Limonar” como también se le conoció, fue otro de los deportistas que se vieron salpicados por las circunstancias políticas del momento y se quedó sin poder participar en los Juegos Olímpicos de Seúl 88 por el boicot, pero el saltador cubano no desaprovechó su gran momento de forma y el 8 de septiembre de ese mismo año logró una nueva plusmarca mundial al aire libre, con 2.43 metros, en Salamanca (España), en la que fue su pista talismán.

Ante su público, en La Habana 91, conquistó su segunda medalla de oro panamericana y ratificó su supremacía absoluta en su especialidad con el título olímpico logrado en Barcelona 92, con un nuevo récord del mundo (2.45 metros) nuevamente en Salamanca y con la corona de campeón mundial en Stuttgart (Alemania). A los éxitos deportivos, el saltador cubano unió la admiración y el respeto de casi todos los estamentos de la sociedad al convertirse en el primer iberoamericano que lograba el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes en 1993.

Dos nuevas medallas de oro en los Panamericanos de Mar del Plata 95 y Winnipeg 99, engrandecieron un palmarés abrumador, aunque en la ciudad canadiense comenzó su particular calvario.

El mejor saltador de altura de todos los tiempos dio positivo por cocaína y fue castigado con dos años de suspensión. Un indulto parcial de la IAAF, atendiendo a “circunstancias especiales”, le permitió competir en Sydney 2000 donde alcanzó la plata con un salto de 2.32 metros. Tras finalizar cuarto en los Mundiales de Edmonton 2001, anunció su retirada para un año después, aunque tuvo que adelantar su decisión tras su segundo positivo, esta vez por nandrolona, en una reunión atlética celebrada en Tenerife (España).

WILMA RUDOLPH: LA NIÑA ENCLENQUE Y ENFERMIZA QUE SE TRANSFORMÓ EN LA “GACELA NEGRA”

La estadounidense Wilma Rudolph nació el 23 de junio de 1940 en Clarksville (Tennessee) con deficiencias físicas importantes. Una polio que le afectó su pierna izquierda, una neumonía doble y la escarlatina convertían en un sueño imposible la posibilidad, si quiera, de practicar deporte. Y mucho menos si se tienen en cuenta sus humildes orígenes, una familia de raza negra con 22 hijos de los que Wilma ocupaba el vigésimo puesto. Hasta los seis años se desplazaba en una silla de ruedas y hasta los 11 tuvo que apoyarse en unas muletas, pero sus padres Blanche y Eddie no hicieron caso a los médicos y a base de permanentes masajes en las piernas lograron que volviera a andar.

Su asombrosa recuperación la llevó a ocupar una plaza en el equipo olímpico que compitió en Melburne 56, donde, cuando tan sólo tenía 16 años, se colgó la medalla de bronce en el 4×100. Tres años después repitió experiencia en los Panamericanos de Chicago 59 consiguiendo el oro en el relevo corto y el segundo puesto en los 100 metros. Los Juegos Olímpicos de Roma 60 fueron su consagración y se convirtió en la primera atleta de su país, que conquistaba tres títulos en una cita universal (100, 200 y 4×100). Wilma Rudolph enamoró a los aficionados por su elegancia en carrera, sus largas piernas y el sutil movimiento de sus brazos, lo que le valió el sobrenombre de “La Gacela Negra”.

Fue elegida como mejor atleta mundial de ese año, pero la agobiante presión externa y la idea de ser madre le hizo abandonar el deporte a los 22 años. Pasó de la gloria al más absoluto de los anonimatos y sus problemas económicos la obligaron a empeñar sus trofeos para poder sobrevivir, hasta que su situación se hizo pública en los medios de comunicación y pudo remontar el vuelo. En los años 60 se convirtió en embajadora en misiones de buena voluntad en África y su popularidad volvió a crecer con su autobiografía, llevada luego al mundo de la televisión. El 12 de noviembre de 1994, un cáncer acabó con su vida.

EVANDER HOLYFIELD: EL HONOR POR ENCIMA DEL DINERO

El norteamericano Evander Holyfield, nacido el 19 de octubre de 1962 en Atmore (Alabama), es uno de los púgiles más precoces de la historia que ya a los ocho años se atrevía a disputar combates en su categoría y que siempre tuvo claro que la única forma de llegar a ser el mejor era entrenar duro y sin descanso. Como aficionado ganó 160 de las 174 peleas que afrontó, 75 de ellas antes del límite, y se colgó la medalla de plata en los Panamericanos de Caracas 83 y el bronce en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84 tras ser descalificado por los jueces en semifinales.

Una vez asentado en el campo profesional, los triunfos fueron constantes. En 1986 se proclamó campeón del peso crucero (86 kilos) al derrotar a un ex presidiario reconvertido en boxeador, Dwight Muhammad Qawi, y se planteó como meta unificar las tres coronas de la categoría, lo que le convirtió en el mejor púgil del peso crucero de la década.

Holyfield no se dio por satisfecho y, a base de horas de pesas y gimnasios, transformó su musculatura para competir con los más grandes de los pesos pesados. Se deshizo primero de James Tillis y de Michael “Dinamita” Dokes, y se ciñó el cinturón de campeón del CMB tras liquidar a James Douglas en 1990. En las sucesivas defensas que hizo de su título lo cedió y lo volvió a conquistar en dos ocasiones ante el canadiense Riddick Bowe y el zurdo Michael Moore, hasta que Mike Tyson “El Terror del Garden”, se cruzó en su camino.

En 1996, Las Vegas fue escenario del “combate del siglo” ante Tyson, al que derrotó en el undécimo asalto con lo que lograba su tercera corona de campeón mundial. La revancha, al año siguiente, volvió a ser noticia mundial ya que Tyson fue descalificado tras morder una oreja a su rival y arrancarle un trozo que, más tarde, le sería reimplantado.

Tras defender su corona con éxito ante Vaugh Bean en 1998, a finales de 2002 y con 40 años, Holyfield intentó convertirse en el primer boxeador en la historia en lograr cinco veces el título mundial y el segundo que lo hacía entrado en la cuarentena. Su rival, de 32, Chris Byrd, le arrebató su sueño. Era la sexta derrota de su carrera que, tras 18 años como profesional, presenta un balance de 28-6-2 y 26 K.O.

“No pienso retirarme. Estoy más convencido que nunca que lo haré cuando haya conseguido ser de nuevo el campeón indiscutible del mundo y para eso tengo que ganar al mejor boxeador”, señaló Holyfield tras perder el combate por unanimidad. “No sigo en el boxeo por dinero, sino por el ego de terminar mi carrera profesional como el más grande de todos los tiempos”.

OSCAR SCHMIDT BECERRA: “MANO SANTA”, LA PESADILLA DE INDIANÁPOLIS

El brasileño Oscar Schmidt Becerra puso fin, el pasado mes de mayo, a una de las carreras más longevas del deporte mundial y se transformó por fin en un “ex jugador de baloncesto” después de batir varios récords y de pasar a la historia como la pesadilla de los estadounidenses en los Juegos Panamericanos de Indianápolis de 1987. Tras pasar 32 años de su vida dedicado al mundo de la canasta, Oscar, conocido como “Mano Santa” por la precisión de sus lanzamientos, dijo adiós al baloncesto convertido en el mayor encestador del mundo con 49,703 puntos, superando el registro de otro mito de este deporte, el estadounidense Kareem Abdul-Jabbar, quien logró 46,723 puntos antes de retirarse en 1989.

Nacido un 16 de febrero (la misma fecha, curiosamente, que Michael Jordan) de 1958, en el barrio carioca de Natal, este alero alto de 2.05 metros, comenzó a jugar como profesional en 1977 tras ser proclamado mejor pivot suramericano, pero nunca lo hizo en la poderosa NBA, la mejor liga del mundo. Tan sólo salió de su país para irse a Europa donde jugó en Italia, de 1983 a 1993, en los equipos de Caserta y Pavia, y luego militó durante dos campañas en el Forum de Valladolid español para volver a Brasil en donde colgó las botas.

Uno de sus mayores orgullos como profesional se produjo en los Panamericanos de Indianápolis 87. La X edición de los Juegos continentales será recordada por la bochornosa derrota de la selección de Estados Unidos, en su propio feudo, ante Brasil. La final se resolvió por un apretado 120-115 favorable a los suramericanos. Ni la presencia del almirante David Robinson, que retrasó su incorporación a la Marina y a la NBA para poder disputar el torneo, ni el apoyo de otras figuras de la mejor liga profesional del mundo, como Danny Manning o Rex Chapman, fue suficiente para detener el talento brasileño liderado por Oscar y los triples de Marcel Souza. La decepción en Estados Unidos fue tremenda.

En su carrera se acumulan 48 títulos y un sinfín de plusmarcas logradas. Disputó cinco ediciones de los Juegos Olímpicos, desde Moscú 80 hasta Atlanta 96 donde acumuló un total de 1,093 puntos, y fue el máximo artillero en tres de ellos. Ostenta el récord de anotación en una cita olímpica (55 puntos frente a España en Seúl 88), en unos campeonatos del mundo (52 contra Australia en Argentina 90) y en unos Panamericanos (53 ante México en Indianápolis 87). En 1997, el Comité Olímpico Internacional le otorgó la Orden Olímpica, el mayor galardón que concede el máximo organismo deportivo mundial, por su brillante trayectoria.

Desde 1999 jugaba en el Flamengo de Río de Janeiro donde ha dicho adiós a sus 45 años. “Me gustaría jugar para siempre y hasta el final de mi vida. También me gustaría comenzar de nuevo pero no es posible. Esta situación es muy triste y difícil para mí. Es difícil decir adiós a aquello que más me gusta y que soy capaz de hacer mejor. Ustedes aún van a ver jugadores mejores que yo, pero ninguno que haya entrenado tanto como yo. Me entrené para ser el mejor del mundo, pero no lo conseguí. Ya pueden llamarme ex jugador de baloncesto”, fue su epitafio deportivo.

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