El boxeador cubano Teófilo Stevenson es una gloria del deporte panamericano.

Estrellas que han dejado huella

EFE La historia deportiva de los Juegos Panamericanos ha estado teñida de innumerables nombres que, a lo largo de más de medio siglo, han ensalzado la grandeza de la competición continental, evocando figuras de talla mundial que han marcado un hito en el mundo del deporte. El levantador de pesas estadounidense Tamio “Tommy” Kono, oro […]

EFE

La historia deportiva de los Juegos Panamericanos ha estado teñida de innumerables nombres que, a lo largo de más de medio siglo, han ensalzado la grandeza de la competición continental, evocando figuras de talla mundial que han marcado un hito en el mundo del deporte.

El levantador de pesas estadounidense Tamio “Tommy” Kono, oro en el peso medio en México ‘55, doble campeón olímpicos en Helsinki ‘52 y Melbourne ‘56 y elegido Mister Universo en 1957; la gimnasta también estadounidense Ann Carr que se llevó cinco de los seis títulos en disputa en los Juegos de México ‘75; el gimnasta cubano Casimiro Suárez, el deportista más laureado de la competición panamericana, con un espectacular palmarés en las cuatro ediciones en las que compitió: diecinueve medallas, catorce de ellas de oro, cuatro de plata y una de bronce entre San Juan ‘79 y La Habana ‘91; el nadador estadounidense Ambrose “Rowdy” Gaines, séxtuple campeón panamericano en San Juan ‘79 y Caracas ‘83 y triple campeón olímpico…, todos ellos y muchos más han esculpido sus nombres con letras de oro en los Juegos y han acaparado jornadas gloriosas gracias a sus éxitos deportivos. Algunos, incluso, han traspasado las barreras de la propia competición y se han convertido en mitos, en iconos representativos de una forma de vida que ha tenido su escaparate o su colofón en el mundo del deporte.

Los Juegos Panamericanos, habituales citas de preparación para los Juegos Olímpicos, dejaron un poco de ser imprescindibles para los deportistas americanos tras la creación de los Mundiales de Atletismo en Helsinki en 1983 que dispersó los objetivos de muchos de ellos por el reclamo de una suculenta recompensa económica. Pese a todo, en los anales de la competición aparecen apellidos ilustres como Spitz, Louganis, Stevenson, Lewis, Schmidt o Holyfield, que marcaron, cada uno en su estilo, un antes y un después en el mundo del deporte.

MARK SPITZ: EL NADADOR DE LOS RéCORDS

La lucha contra el cronómetro en un medio hostil como es el agua ha servido para crear multitud de leyendas deportivas. Hoy en día, la tecnología ha dado un impulso feroz a la consecución de nuevas plusmarcas que son rebajadas prácticamente cada año. De los primeros “slips” de los nadadores se ha pasado a unos bañadores de cuerpo entero, con compuestos de fibras desarrolladas en laboratorios y con formas y costuras que reproducen los movimientos de los tiburones en el mar.

El joven prodigio australiano, Ian Thorpe, es el máximo exponente de la natación actual, aunque sin duda el más afamado y recordado responde al nombre de Mark Spitz. Este estadounidense nacido el 10 de febrero de 1950 en Modesto (California) se crió bajo la máxima que le inculcó su padre: “Nadar no lo es todo. Lo es ganar”. Su desmedida ambición y su afán de superación le llevaron a destacar desde muy niño y ya a los diez años había rebajado la plusmarca nacional de las 50 yardas, estilo mariposa.

Un compatriota suyo, Donald Schollander, le marcó el camino a seguir tras deslumbrar en los Juegos Olímpicos de Tokio ‘64 en los que logró la proeza de colgarse cuatro medallas de oro. Esa imagen se quedó grabada en la retina de Mark Spitz y, con tan sólo 17 años, su nombre empezó a causar admiración. Estableció siete nuevos récords mundiales, igualó otros dos, ganó cinco títulos en los Juegos Panamericanos de Winnipeg de 1967 y fue aclamado como “Mejor Deportista del Mundo”.

Su primera participación en unos Juegos Olímpicos se produjo en México, en 1968, donde subió en dos ocasiones a lo más alto de podio, pero no fue hasta cuatro años más tarde cuando su apellido pasó definitivamente a la posteridad con honores de estrella. En Munich ‘72, Spitz rompió todos los moldes, empequeñeció a sus rivales y dejó un legado que nadie ha podido aún superar. En la cita universal de la ciudad alemana, disputó siete pruebas, las ganó todas y, en cada una de ellas embelleció su palmarés con los correspondientes récords del mundo.

Con nueve títulos olímpicos y una treintena de plusmarcas mundiales rebajadas, Mark Spitz dijo adiós a la natación en activo en 1972. Un año más tarde, tras su boda con Susan Weiner, probó fortuna en el mundo de la televisión, en el show de Bob Hope, en la pantalla grande y en las pasarelas de moda, pero su inmensa popularidad como deportista no obtuvo, esta vez, la recompensa esperada.

Su temprana retirada, cuando tan sólo contaba con 22 años, no acabó por enterrar el gusanillo de la competición y se planteó el reto de competir en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Tras dos horas diarias de entrenamiento en la afamada Universidad de California, durante tres años seguidos, acabó por aceptar la realidad y desistió en su sueño de volver.

ALBERTO JUANTORENA: “EL CABALLO” QUE ROMPIó MOLDES

Los especialistas, los técnicos, los entrenadores y los propios atletas coinciden en la opinión de que vencer en una gran competición en los 400 y los 800 metros es poco menos que una quimera. La primera es una prueba de velocidad prolongada, mientras que la segunda pertenece al medio fondo, por lo que la musculatura y la preparación en ambas deben ser muy diferentes. El cubano Alberto Juantorena, apodado “El Caballo” por su elegante zancada en las pistas, se encargó de desterrar ese mito en los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976 logrando sendas medallas de oro en ambas distancias con un récord mundial incluido en los 800, con un tiempo de 1:43.50.

Nacido en Santiago de Cuba el 3 de diciembre de 1950, Alberto Juantorena Danger se licenció en Ciencias Económicas por el Instituto Mariano de La Habana. De familia humilde y campesina, comenzó en el deporte por sus cualidades físicas y por una temprana vocación. Probó primero en el baloncesto, aunque en 1969 se decantó definitivamente por el atletismo. Su bautismo internacional se produjo en 1972 y en los Juegos Olímpicos de ese mismo año alcanzó un décimo puesto en los 400 metros.

Tan sólo un año después los resultados empezaron a llegar. Fue el mejor en la prueba del hectómetro en la Universidad de Moscú, se llevó el oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo ‘74 en la misma distancia y logró la medalla de plata en los Panamericanos de México ‘75. La ciudad canadiense de Montreal le convirtió en héroe con su doblete en 400 y 800, algo que nadie ha vuelto siquiera a intentar, pero las lesiones empezaron a hacer mella en su cuerpo y no volvió a ser el mismo. En los Juegos de Moscú ‘80 se quedó fuera del podio y sólo pudo ser cuarto y, en los I Mundiales de Atletismo, en Helsinki ‘83, no pasó de semifinales.

La política, muy presente en su vida, marcó su retirada en 1984 tras los Juegos de la Amistad, celebrados en Moscú paralelamente a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles a los que no pudo acudir por el boicot de los países comunistas. Pese a su frustración como deportista, Juantorena ha declarado en varias ocasiones que aquello “no fue inútil. Nosotros actuamos según nuestros principios y fue una decisión aprobada por todos los atletas cubanos”.

Su idea, de que el deporte y la política están unidos, le llevó a dar un vuelco a su vida. En 1986 fue nombrado por el gobierno de su país Vicepresidente del Instituto de Deportes de Cuba, y además de este cargo, también es Vicepresidente del Comité Olímpico Cubano y miembro del Consejo de la Federación Internacional de Atletismo. Es un firme defensor de la política de su país y de Fidel Castro.

TEóFILO STEVENSON: UNA VIDA ENTREGADA AL BOXEO SIN LUCRO

La relación amor-odio entre Estados Unidos y Cuba ha tenido episodios muy significativos en el deporte en general y en el boxeo en particular. Los norteamericanos siempre han tendido sus redes en aguas caribeñas con la finalidad de captar para su causa a los inagotables talentos que surgen de la mayor de las islas antillanas. Los cubanos, por su parte, han resistido la golosa tentación que emana un mundo tan profesionalizado y han hecho de su patriotismo una causa de resistencia numantina. Uno de los mejores ejemplos de ello es Teófilo Stevenson, considerado el mejor púgil aficionado de la historia, que no se dejó deslumbrar por el brillo del dólar.

Natural de Puerto Padre, Las Tunas, Stevenson nació el 29 de marzo de 1952 con el boxeo metido desde la infancia en sus venas. Antes de cumplir los 20 años ya acumulaba un palmarés de lujo en los principales torneos regionales compitiendo en la categoría de los pesos pesados, aunque su primer gran éxito se produjo en los Panamericanos de Cali ‘71 donde se alzó con la medalla de bronce tras caer con un estadounidense llamado Duan Bobick, una “rara avis” en un deporte dominado por hombres de raza negra y que acuñó el sobrenombre de “la gran esperanza blanca”.

Stevenson no tardó en saldar la afrenta frente a Bobick y, en los Juegos Olímpicos de Munich ‘72, se tomó cumplida revancha y le destrozó en apenas tres asaltos, lo que le facilitó el camino hacia la final en la que acabó por imponer su pegada y conquistó la primera de sus tres medallas de oro que logró en las citas olímpicas de Múnich, Montreal y Moscú. Su trayectoria como púgil aficionado se llenó de otras victorias de prestigio, como fueron sus tres títulos mundiales (La Habana ‘74, Belgrado ‘78 y Reno ‘86), los dos Panamericanos (México ‘75 y San Juan ‘79), otros tantos en los Juegos Centroamericanos y del Caribe (1974 y 1982) y las seis veces que se proclamó Campeón de los Juegos Centroamericanos, entre 1970 y 1977.

Los avispados promotores estadounidenses vieron en él un filón a la hora de hacer negocios y le plantaron encima de la mesa ofertas millonarias para convertirse en profesional, aunque el púgil antillano se mantuvo firme en sus creencias: “No cambiaría mi trocito de Cuba por todo el oro del mundo”, dijo. A los 36 años, Stevenson colgó los guantes con una marca impresionante en la que se pueden contar 272 victorias en los 287 combates que disputó.

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