De traiciones y precauciones

José Adán Silva [email protected] El primero que vio fue a los 17 años. Era un joven sin rostro al que una bomba enemiga le desintegró las facciones y le arrancó las botas sin necesidad de desamarrárselas. Desde entonces, y durante dos años y medio de guerra, vio a muchos irse del mundo de la misma […]

José Adán Silva [email protected]

El primero que vio fue a los 17 años. Era un joven sin rostro al que una bomba enemiga le desintegró las facciones y le arrancó las botas sin necesidad de desamarrárselas. Desde entonces, y durante dos años y medio de guerra, vio a muchos irse del mundo de la misma manera: caer con los uniformes verdes ensangrentados, estallar en pedazos o desaparecer bajo una explosión de morteros.

Claro, aquellos eran otros tiempos y él estaba entrenado para morir así, o resistir la guerra viendo aquello, sobre todo porque un buen día se le ocurrió meterse a sanitario de compañía, pensando en que más adelante, cuando ganara la revolución, se convertiría en médico.

Pero ni ganó la revolución, ni él se convirtió en médico, y ahora recorre las calles de Managua al frente de un volante de un carro coreano que no es suyo.

Esta parte de su vida me la contó un día de sol y noticias en que yo salía del edificio del Ministerio Público, a donde recurro en busca de informaciones para mi trabajo periodístico.

Sin muchas mediaciones me preguntó a quemarropa, si alguna vez me las habían pegado. Me sentí incómodo con la pregunta y me hice el que no lo escuché. Pero insistió.

-¿Cómo dice?-, le pregunté.

-Pues sí, ¿o nunca se las han pegado?, insistió.

No supe qué responder, porque yo bien pensaba que más de alguna vez sí había sido traicionado, pero no tuve el suficiente coraje para confiarle mis dudas a un atrevido taxista que nunca había visto. Así que le regresé la pregunta: ¿Te las pegó la mujer?

-¡No hombreeeee! ¡Qué va! Mi jañita es una cosita bien leal, bien tranquila, nada que ver manó…

Le pregunté entonces a qué obedecía su curiosidad por conocer si me las habían pegado o no. Fue entonces cuando me contó que fue testigo de una traición que lo obligó a tomar una decisión que él celebró como lo más acertado que había hecho en su vida después de haberse robado su “jañita”

Dice que una noche venía del lado del Estadio Nacional y pasó por la Mansión Teodolinda donde una pareja lo detuvo. El señor le pidió que llevara a la señora a Villa Fontana.

“Me pagó 100 pesos para que no montara a nadie, pero antes de despedirse el maitro se portó cariñoso con la señora, hasta le dio un abrazo y un beso”, recuerda.

-¿Y qué es lo impresionante de eso?—, le pregunté.

-Que la señora sacó un celular, llamó a un querido, lo pasó trayendo por Altamira, y me pidió que los llevara a un motel de carretera a Masaya.

-¿Aja? Y qué hizo usted.

-Pues nada, hice el tiro y después me fui a guardar el carro y desde entonces no he vuelto a trabajar de noche. Es mentira, sabe, nunca logramos conocer bien lo que tenemos al lado.

Llegamos a mi destino y me bajé sin entender del todo qué había ganado él al haber dejado de trabajar de noche, porque estoy convencido que el día que alguien se decide a traicionar a su pareja, lo hará en cualquier momento, sea de día o de noche, y no importará si la pareja es gerente de una empresa o un taxista, porque a como dijo el ex combatiente que quiso ser médico, nunca lograremos conocer bien lo que tenemos al lado.

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