Roberto Morales M. [email protected]
A siete meses del inicio de las negociaciones del Cafta, el TLC con Estados Unidos, no se ha concretado nada.
Nicaragua tiene una situación muy singular porque sus autoridades dicen que ésta todo bien, cuando empresarios y estadísticas muestran lo contrario. Nuestros productos son los más sensibles así como nuestra economía pero igual se afirma que “todo está bien”. Esta célebre frase me hace recordar al lema de los sandinistas para una de tantas elecciones presidenciales “con el Frente, todo será mejor”, ¿Cree usted este lema?.
Muchos especialistas han afirmado que de este TLC dependerá que Centroamérica pueda definirse en una integración como bloque económico. Este concepto es totalmente errado porque ignoran un pasado histórico lleno de altibajos desde 1960. Además, no pretenderán forzar una integración que no se ha logrado en 43 años en 12 meses porque los hermanos del Norte nos vengan a ofrecer espejitos, como dicta la historia con la madre Patria.
Otros especialistas afirman que este acuerdo no debe firmarse por el impacto negativo en la agricultura, base de nuestra economía; no se ha hecho ningún estudio real sobre el tema, etc. El sector agropecuario representa el 30 por ciento del PIB, calculado 3,953 millones de dólares. Además, este sector aporta el 70 por ciento de nuestras exportaciones estimadas en 580 millones de dólares. Sin embargo, los especialistas olvidan que este TLC es un instrumento de política económica, por ende, resulta un acuerdo político más que económico. Es un pacto político con la administración Bush para recibir el espaldarazo que su pueblo no le da. Este TLC solo beneficia y responde a los intereses económicos de su benefactor Estados Unidos.
El desarrollo que necesita Nicaragua no es mediante la inversión extranjera, las nuevas tecnologías y la generación de empleo como el gobierno pretende hacernos creer, ya que otras realidades han demostrado que eso no es suficiente sino existe una buena planificación y una distribución de recursos, debe existir políticas fiscales coherentes y muchos aspectos técnicos más que la inversión extranjera sola no resuelve.
No hay duda que el imperativo del Gobierno es fomentar las exportaciones. Sin embargo, para los empresarios debe estar claro quién, dónde y cuándo se les dará ayuda y qué tipo de apoyo recibirán; caso contrario, la supuesta asistencia se convierta en una caja de pandora, llena de sorpresas, donde las entidades estatales competirán con el empresariado, las asociaciones civiles, las no gubernamentales, etc., por acceder a recursos de la cooperación internacional.
Nicaragua debe enfrentar a EE.UU. en toda su capacidad si cedemos nos convertiremos en importadores afectando destructivamente nuestra economía, provocando la desaparición de algunos sectores donde sí podríamos ser competitivos. Además, habría una seria incidencia en la recaudación tributaria que afectaría mucho mas nuestra débil economía. Actualmente, el déficit fiscal es del orden del 12 por ciento en el presupuesto y, aunque la meta para el 2005 sea llegar al cinco por ciento, de no lograrse, se puede deducir que el gasto público no se reducirá y se tendrá que realizar una reforma tributaria que ahogue en impuestos a la ciudadanía.
Por otro lado, los jurisconsultos que intervienen en el TLC están inventando nuevos términos del derecho comercial internacional o la integración económica ante la firma del TLC, no se ponen de acuerdo en algo tan simple y sencillo. El TLC que se debe firmar es un acuerdo multilateral y las listas pueden ser amparadas en acuerdos bilaterales, de no haber un consenso entre todas las naciones. Sin embargo, los términos que inventan estos “gurúes” son muy penosos y lamentables.
Finalmente, Nicaragua ya tiene firmados acuerdos comerciales con México y República Dominicana, negocia con CA y EE.UU. un TLC e intenta otro con Canadá en el marco del CA-4, integrado (Guatemala, Honduras y El Salvador). Sin embargo no se han puesto a meditar sobre las graves deficiencias de los tratados ya firmados y el Gobierno se muestra desesperado por firmar más TLC, cual piñata navideña, sin medir las futuras consecuencias, salvo que sea una cortina de humo para evitar enfrentar las graves deficiencias de sus ministros y, en general, de su administración.
El autor es jurista en Derecho Internacional.