José Leñero G.*
La habilidad para la acción estratégica no es primordialmente intelectual, porque en las múltiples circunstancias imprevistas que habitualmente se presentan, se necesita mucha intuición para encontrar entre todas las opciones, el curso de acción correcto, así como mucha decisión y responsabilidad para enfrentar el peligro.
El libro Clausewitz en Estrategia de T. Ghyczy et al, dice que los comandantes a cargo de la ejecución no necesitan ser eruditos, pero tienen que entender las políticas que hay detrás de sus batallas y los asuntos e intereses de la gente involucrada.
En cuanto al personal que dirigen, necesitan conocer sus fortalezas, caracteres y capacidades y prever cómo actuarán en las diferentes condiciones que se puedan presentar. Este conocimiento sí requiere tener una mente talentosa.
Para el estratega, la guerra, al igual que la competencia comercial, es un acto de voluntad en contra de un grupo capaz de reaccionar en un entorno poco predecible. En efecto, hay que equilibrar los esfuerzos para atacar la habilidad del oponente para resistir, con los infinitos eventos menores se pueden dar y que desvían la atención central creando peligros de consecuencias incalculables.
Sólo los que han experimentado esas consecuencias, o los que se han entrenado profundamente para ello, pueden comprender su realidad y la gravedad de sus alcances.
Un buen general tiene que reconocer esos eventos sin esperar que se den manifestaciones claras que lo prevengan de que pueden ocurrir. Ver las cosas correctamente en la guerra es difícil, porque generalmente los hechos aparecen muy distintos de lo que se esperaba.
Es la gran diferencia entre planear y ejecutar. La habilidad para prepararse para enfrentar los imprevistos no es primordialmente intelectual porque, en las emergencias circunstanciales de la guerra, se necesita, como dije antes, intuición, decisión y responsabilidad para enfrentar el peligro de no lograr las metas trazadas.
Clausewitz afirmaba que la guerra es una trilogía compuesta de 1) violencia innata, (sujeta al odio y al instinto); 2) intercambio de probabilidades y casualidad, (que liberan la mente para actuar creativamente), y 3) naturaleza subordinada a un instrumento político, (sujeta al razonamiento).
En la guerra comercial lo puedo asimilar a 1) actuar con decisión para ganar (emocional); 2) ver oportunidades más allá de la lógica (creatividad), y 3) manteniéndose dentro de la visión, misión y estrategia (racional).
Aunque siempre se trata de dejar el menor margen posible a la casualidad, eso no significa que el curso de acción que aparece como el más lógico en cada ocasión, sea el mejor, sino que es preferible dejar la decisión a experiencia y a la intuición.
Los buenos generales, dice Clausewitz, permanecen leales a sus convicciones más íntimas, aunque sean bombardeados por las malas noticias. Por eso, muchas veces prefieren seguir un curso de acción menos probable, pero cuyo apoyo en la esperanza de ganar sea tan fuerte, que les permita vencer el miedo.