José Leñero G.*
Continúo mis comentarios sobre el libro Clausewitz en estrategia, de T. Ghyczy et al, 2001.
Planear para la guerra significa planear cada batalla. Pero cada una de éstas es la suma de actos individuales y grupales complejos, que exigen el compromiso personal de los que participan.
Planificar el uso de las fuerzas para cada distinto compromiso es la táctica. La estrategia, en cambio, es enlazar esos compromisos en forma adecuada para lograr el objetivo de la guerra.
El general exitoso, decía Clausewitz, es el que ve los compromisos como los eslabones de una cadena, en que cada uno guía hacia el próximo, para que cada ventaja que se logre no se convierta más tarde en una desviación del curso adecuado.
Así, aunque el tema de las batallas son las tácticas, la estrategia es la que les ofrece dirección y las enlaza en el plan de la campaña.
Una vez que la meta mayor está clara, planear una estrategia para lograrla es relativamente fácil, pero lo difícil es, en medio de las emergencias de la guerra, mantener la claridad, confianza y decisión para no salirse del plan.
Hacer decisiones estratégicas es más difícil que hacer las tácticas, porque los efectos de éstas se apagan en el momento. En cambio las de las estrategias son lentas, lo que da tiempo para que otros las discutan y señalen sus efectos negativos reales o imaginarios.
En cuanto al papel de la información, Clausewitz hacía notar que, no obstante que “inteligencia militar” significa la información que se tiene del enemigo, es notable que muchos generales de inteligencia que llegan a dirigir acciones de campo son indecisos o simplemente se equivocan.
Esta afirmación me recuerda que Gary Hamel decía que la información sobre el futuro en que vamos a actuar es apenas el lienzo donde vamos a pintar nuestro cuadro. A partir de ahí, cada uno tiene libertad para pintar el cuadro que quiera.
En otras palabras, el conocimiento de los recursos del adversario, no define una única forma de atacarlo, sino apenas los límites al tipo de acciones que cada uno decida emprender.
Aunque la valentía de los soldados es esencial en las batallas, un ejército necesita también tener un esprit de corps, que le de cohesión y cristalice sus habilidades.
Un ejército excelente es aquél que permanece ordenado en medio del fuego y se mantiene obediente aún en la derrota, confiando en sus generales. Ese espíritu llega solamente después de varias victorias o de un riguroso entrenamiento.
De igual manera una guerra comercial exitosa, no sólo tiene que tener personal con la educación y experiencia individual necesaria.
Es necesario también que esté integrado como equipo triunfador, en que cada uno ha tenido un entrenamiento profundo en lo que van a hacer, lo que le da plena confianza en la forma en que los demás cumplirán su parte, porque juntos han conocido muy bien los objetivos que buscan, la estrategia para alcanzarlos y han practicado cómo abordar los imprevistos, ya sea porque han dado muchas batallas juntos, o porque lo han practicado en los entrenamientos.
*Consultor internacional