Guillermo Rothschuh VillanuevaEspecial para LA [email protected]
Deslenguado y procaz, espontáneo y sincero, bravucón y arrogante, mal hablado y retador, filoso en el uso de la lengua y mortal con el manejo de sus puños, Ricardo Mayorga tiene la virtud de refrendar sus palabras. Dijo que ganaría a Vernon Forrest y ganó. En un país sitiado por la pobreza y el desencanto, Ricardo Mayorga cumple sus promesas. Inmigrante como miles de nicaragüenses, en Costa Rica se abrió paso hacia la fama. Con un alto sentido de arraigo regresó a Nicaragua sobre sus propios pasos. Mostró una vez más que el camino del triunfo se pueda andar sin importar la condición social y el origen humilde. Más bien ratificó a los pobres que para salir del infortunio y conquistar la grandeza la batalla de los golpes resulta ser uno de los caminos más adecuados.
Con su fanfarronería Mayorga ha llevado nuevos aires al boxeo. Mientras algunos recatados le exigen otra conducta, en Estados Unidos los entendidos celebran su victoria sobre Forrest como un triunfo del boxeo. Las expresiones de regocijo son claras. Mayorga no sólo ha llevado nuevos aires a su categoría. Su manera de ser y conducirse se ha expandido llevando un aire nuevo a todas las categorías del boxeo. George Foreman lo aplaude, pero más efusivo se muestra Jim Lampley. Nadie oculta su regocijo. Su procacidad no impide ni empaña la celebración. Aunque pronto repara y advierte que mucho de lo dicho “es pura jodedera”. Sus manejadores lo saben y han hecho muy poco para contener sus arrebatos.
Su falta de estilo en el ring es su estilo. Siempre va hacia adelante. Mayorga alguna vez escuchó decir que Cassius Marcelus Clay, mejor conocido por todos en el mundo del boxeo como Muhammed Alí, era un bocón que ganaba sus peleas antes de subir al ring. En lo gritón y provocativo se parece a Alí, en lo demás las comparaciones resultarían desproporcionadas. El bocón tenía estilo. Picaba como una avispa y volaba como una mariposa. Alí hizo del cuadrilátero una pista de danza. A Mayorga sus fans le piden recato y vocifera. Muchos esperan un comportamiento similar al que acostumbró a sus seguidores Alexis Argüello, el caballero del ring. Olvidan que el talante de Mayorga es otro. No desea congraciarse con nadie excepto con Don King. En un lenguaje que todos creían superado, clama por su futuro y en un arrebato inesperado le llama patrón. Mayorga sabe donde aprieta su zapato.
Mayorga no pide que lo sigan o aplaudan. Nunca ha pretendido erigirse en un modelo para nuestros hijos. Lo suyo son los golpes y trompadas. Su comportamiento es muy parecido al del héroe de Bondojito, Rubén Olivares, “El Púas”, que sucumbió bajo las descargas de Alexis Argüello el 24 de noviembre de 1974, pero cuyas glorias y conducta licenciosa todavía se evocan en el México contemporáneo. Mayorga y Olivares son dos personalidades similares. El Púas fue el héroe de la “onda” y Mayorga es también un héroe eversivo. Aunque no lo desee ni lo busque, las multitudes irán a su encuentro y ahora que gana, como fanáticos irredimibles celebran sus triunfos como propios.
Todos lo festejan. En los bares y cantinas la gente se agolpa para mirar la pelea. No importa que le miente la madre a quien quiera o desee. Saben muy bien que el mundo del boxeo está distante, muy distante de ser el noble art of self defence como lo proclamó y aspiró John Sholto Douglas, marqués de Qeensberry en 1887. Su estilo tromponero está más próximo al peleador callejero de Charles Bronson que del estilista Alí. No por eso deja de gustar, ni dejan de aplaudirle. Su estilo fuera del ring es otra cosa. Grita y dramatiza, gesticula y ofende como siempre ha visto y escuchado que lo hacen los grandes tromponeros antes de cada pelea.
Mayorga parece un actor para quien se ha reservado el papel estelar de provocador insidioso. Fuma y bebe delante de quien sea y si las cámaras están presentes nada mejor para hacerlo. Airoso y desafiante llega a la báscula. Come pizza o muerde la pierna de un pollo. Sabe que estos desplantes llaman la atención. En un deporte alicaído busca cómo interpretar y convertirse en un show man consagrado. Como Alí, pretende amedrentar a su rival antes de subir al cuadrilátero. A Forrest lo amilanó por completo. Jamás pudo retener su mirada, mucho menos contener su verborrea incandescente, llena de improperios, cargada de epítetos. Su mayor muestra de machismo: ofrecerle el mentón para que lo demuela a golpes.