José Adán Silva [email protected]
En una ocasión, un taxista me confesó de mal humor que un policía lo multó sólo porque le hizo una oferta de soborno de 30 córdobas. El ofuscado ruletero me aseguró que si él hubiese ofrecido al menos 100 córdobas por haber dado la vuelta en ‘U’ donde no se debía, el policía no lo hubiese multado.
En el gremio del servicio selectivo, como elegantemente se le conoce al servicio de taxis, es un secreto a voces que para evitar las multas, se le ofrece con mucho tacto y hasta con cariño, una mordidita al agente policial que los detuvo por alguna mala maniobra. “Para los frescos, amigo”, le dicen, y en un inusual apretón de manos, o en una rápida entrega de los documentos de tránsito, van los billetes del soborno.
Pero no siempre es asi. Muchos taxistas acostumbrados a solucionar sus malas maniobras con billetes, se han tenido que tragar sus costumbres ante el incólume agente de tránsito que no les acepta el dinero ‘del fresco’, y les aplica la ley sin ninguna contemplación.
El caso es que se ha entendido, y aceptado como algo normal, las mordidas de tránsito. Pero lo que sí resulta anormal, y muy peligroso, es que un agente policial pase de la mordida al asalto a mano armada, ese impactante hecho en que con un arma se nos obliga a entregar lo propio, a cambio de salvar lo más propio: la vida.
Sucede que este peligroso giro ocurrió el pasado 24 de junio, cuando tres oficiales del Distrito Dos de la Policía de Managua intentaron asaltar al taxista Juan Vladimir Lezama, un joven cadete de 20 años, cuando éste se desplazaba en el sector de la estatua de Montoya, en Managua, con dos mujeres como pasajeras.
Según la información dada a conocer por el comisionado Víctor Alfredo Betancourt, Segundo Jefe del Distrito Cuatro, los policías se llaman Marcos Cano Avilés, Jairo Valle Mendoza y Carlos Javier López Pérez.
Los policías se encontraban de servicio, y antes de cometer el asalto se quitaron las camisas del uniforme policial y sacaron sus armas de reglamento para intimidar al taxista, a quien le hicieron parada.
Dos de los agentes se ubicaron a orillas de la calle para detener al taxi, mientras otro se quedó a cierta distancia con la patrulla policial 0059.
El taxista se detuvo, asustado, al verse apuntado por dos pistolas, pero se salvó cuando los policías se dieron cuenta que iban dos mujeres como pasajeras, y entonces, confundidos, desistieron del asalto y se limitaron a pedirle los documentos.
El ruletero dejó a las mujeres y persiguió a los tipos que abordaron la patrulla.
En el colmo del cinismo, cuando los policías-asaltantes se dieron cuenta que el taxista iba tras ellos, avisaron al puesto de mando que se encontraban persiguiendo un vehículo. Al llamado acudió la patrulla 0056, del Distrito Cuatro, la cual se dio cuenta que era el taxi el que perseguía a la patrulla.
Tras una breve explicación del taxista, la nueva patrulla persiguió a los asaltantes uniformados, hasta que éstos chocaron contra la cuneta del Parque Bartolomé, en el kilómetro dos de la Carretera Norte. Entonces fueron detenidos, dados de baja deshonrosa, y sometidos a la justicia, todo por haber intentando estúpidamente, fundar su propio método de pedir coimas.