Edgard Tijerino M.Enviado especial [email protected]
LAS VEGAS.- En las puertas de la revancha Mayorga-Forrest, cada cronista levanta las manos mientras una imaginaria pistola lo apunta y escucha la pregunta: ¿quién prevalecerá?
Teorizar supone siempre un gran riesgo porque en boxeo no hay nada escrito. ¿Cuántas veces hemos visto desembocar peleas hacia desenlaces insospechados? y sin embargo, se exige tomar tal riesgo. Ninguno de nosotros puede esconderse, o no decir nada. Hay que ofrecer una definición para evitar deslizarnos hacia la inutilidad, que es algo peor que equivocarse. Siempre he estado claro de eso.
Así como no creí en Mayorga antes de la primera pelea, porque veía a Forrest tan inmenso como un océano, resplandeciendo alrededor de su reconocimiento como el mejor púgil del planeta libra por libra, confieso que todavía estoy impresionado por las imágenes de Temécula y asombrado por el derrumbe de Forrest.
Lo vi, y no podía creerlo. El verdugo de Shane Mosley aniquilado por Mayorga. Pensé que La Piedad, esa magistral escultura de Miguel Ángel que se encuentra en el Vaticano, hubiera llorado viendo a Forrest azotado brutalmente por el ímpetu espectacular del pinolero aquel 25 de enero.
Con el actual campeón atravesando por un trance de encumbramiento, ¿cómo escapar al contagio de esa fe y ese optimismo que lo cobijan y nos inyectan? ¿Cómo decirle que está loco, que es tapudo y que no podrá volverlo a hacer, si nos ha tirado las puertas en las narices?
Admito que ahora, me cuesta colocarme en la acera de los incrédulos, y aunque considero que el combate será difícil, muy difícil, si Ricardo ciertamente ha conseguido la preparación requerida, lo veo volver a prevalecer a la brava, que es el único “idioma” que domina y lo impone entre las cuerdas.