José Adán Silva [email protected]
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Un padre en apuros
José Adán Silva
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El osito Winni Pooh se zafó de la manada y cayó sobre mis piernas. Su piel anaranjada estaba casi lustrada por el uso excesivo y una especie de suciedad cubría su cara de ojos risueños.
Arriba quedaban todavía, en una extraña simbiosis de colores y materiales, el gato silvestre, piolín, unas llaves plásticas de colores, unos dados rosados de peluche y una guitarrita quebrada sostenida por una coneja de orejas carcomidas.
El hombre no se fijó que el osito se había zafado, y con rostro de preocupación me pidió disculpas para detenerse un momento. Orilló el Hyundai en una casa del Barrio María Auxiliadora, abrió la cajuela, cargó algo con las dos manos y se perdió tras un portón de lata de un rústico taller de mecánica.
Menos de tres minutos después, regresó apresurado y con señales de alivio en el rostro. Salió a la pista y lo primero que hizo, ahora un poco más apenado que antes, fue pedirme disculpas por ese atraso, y por el abuso de pedirme que de nuevo lo esperara mientras se detenía otra vez a hacer una diligencia.
De mal modo, asentí con la cabeza y mostré mi sutil molestia con un “ni modo pues” que lancé con el seño fruncido.
Esta vez se detuvo frente a una farmacia sobre la pista, antes de llegar al puente El Paraisito. No traté de adivinar de qué se trataban sus apuros, pero en el fondo me regocijé con la idea de que una diarrea lo estuviera afectando. No pasó mucho tiempo para avergonzarme de mí, hastiado de un sentimiento de remordimiento nacido de mis ligerezas.
El taxista, sin yo pedirlas, me dio sus excusas. En el primer lugar donde nos detuvimos, vendió un repuesto de motor de su carro y el que por necesidad ha tenido que ir vendiendo pieza por pieza. Le dieron 350 córdobas.
“Es que tengo casi una semana de no sacar más que para la comida, y tengo a los dos niños y a mi mujer enferma en la casa. La niña, chavala más vivaracha viera usted cómo es de juguetona, está con calentura y diarrea y anda que no quiere comer nada la pobrecita. El otro no ha podido ir a la escuela porque anda la ‘llorona’, igual está mi mujer, la pobre anda con los ojos brotados, ¡rojos-rojos! y con una calentura que parece que es de la quebradora”.
“Es que hay un zancudero ahí en ese barrio, que viera que arrecho. Es en el 3-80, allá por Plaza España. Ahorita mi suegra me ha estado echando el hombro, yo se lo agradezco, por los niños pues porque me dan pesar y ellos no tienen la culpa de que yo no tenga un trabajo fijo, porque ni eso hay, ni trabajo”.
Me puse a pensar que esos taxistas que uno ve en las calles violando las leyes de tránsito son personas con los mismos, o peores problemas que usted y yo.
Muchas veces uno quisiera que los multaran por esa costumbre de parquearse donde quieren y por sus formas poco amables que a veces tratan a sus clientes; sin embargo la mayoría no son más qué víctimas de un país que no les ofrece otra alternativa laboral.
Ellos también son padres, hermanos y esposos que diariamente salen a las calles para llevar un poco de dinero a sus casas pobres, porque para “ruletear”, sinceramente hay que ser pobre. Aún no conozco a un rico que trabaje de taxista o a un taxista que se haya hecho rico “ruleteando”.
Me despedí de él, no sin antes regresar el osito a la manada de donde se había zafado, la cual pertenecía a sus hijos enfermos que cuando estaban sanos, se los colgaron en el espejo retrovisor para que él se acordara de llevarles caramelos cuando terminara el turno.