José Adán Silva [email protected]
“Yo estaba aterrorizado. Quería salir por la ventana del taxi porque el hombre que me puso un cuchillo en el costado izquierdo ordenó al que me tenía puesto el cañón de la pistola en la cabeza: ¡Matalo! ¡matalo!.. Pero como el arma no funcionó, con la cacha me dio dos golpes fuertes en la cabeza”.
“El otro me enterró el cuchillo en la espalda cuando yo sacaba parte del cuerpo al querer salir por la ventana del carro. Estaba horrorizado porque iban a matarme”, relató Troy Newman Rodríguez, un ciudadano estadounidense, de Iowa, quien en siete años de venir de vacaciones a Nicaragua nunca había sido asaltado en las calles de Managua ni de su país, pero que conoció el terror y la cercanía de la muerte a bordo de un taxi.
Su caso, como el de muchas personas que han sido asaltadas, violadas, agredidas y humilladas, es sólo una pequeña muestra del grado de inseguridad que significa montarse en un taxi en horas de la noche.
A eso de las 10:00 de la noche del 26 de mayo del 2002, Troy Newman abordó un taxi frente a Plaza El Sol. Iba para Bello Horizonte.
El conductor giró hacia la Catedral metropolitana, y al pasar por el Colegio Simón Bolívar, dos individuos con aspecto de pandilleros abordaron el mismo vehículo, y lo apretujaron en los asientos traseros.
De inmediato, uno de los tipos le puso una pistola en la cabeza y el otro un cuchillo en el costado izquierdo: “Callate, y entregá todo lo que andás, si no te matamos”.
El turista, lleno de terror, le protestó al taxista del carro con placas T 22-34, quien junto a los dos asaltantes le exigió que entregara rápido el dinero. Troy portaba 775 córdobas y 10 dólares.
Impulsado por el instinto de sobrevivencia, el turista quiso negociar para salvar su vida, y por culpa de los nervios que de pronto lo asaltaron, no sabía en qué bolsillo tenía el dinero, razón por la cual propuso entregar todo el dinero que tenía una vez que llegaran a la casa a donde se dirigía.
La propuesta, absurda para los ladrones, cayó en desgracia y éstos optaron por acabar con el episodio, al ordenar el taxista el tipo de la pistola: “¡Matalo! ¿Qué esperás?”. El hombre accionó el gatillo, pero la pistola no funcionó.
Al darse cuenta de que intentarían matarlo, Troy quebró una ventanilla e intentó salir del vehículo, pero el otro asaltante le enterró el cuchillo en la espalda y lo jaló. El taxi frenó bruscamente.
Creyendo que lo habían herido de muerte, uno de ellos abrió la puerta para sacar el cuerpo, lo cargaron y lo lanzaron a un lado de una calle oscura cerca de los escombros de Managua. Los asaltantes se fugaron en el mismo taxi en que intentaron matar al turista, quien conoció el milagro por segunda vez en menos de 15 minutos, al ser ayudado por un vigilante del sector, que lo trasladó al Hospital Militar, donde lo operaron.
Troy puso la denuncia en la Policía Nacional y regresó a su país con la firme disposición de no volver jamás. La Policía Nacional posteriormente descubrió que el ve-
hículo había sido robado a un pobre señor a quien los ladrones amarraron y metieron en la valija de un auto viejo en las afueras de Managua.