- “¿Terroristas?, los israelíes son los únicos terroristas. Ellos nos echan de nuestra tierra, nos bombardean, nos asesinan, nos obligan a vivir en campos de refugiados”, dijo uno de los palestinos refugiados en España.
Juan Ruiz SierraESPECIAL PARA LA [email protected]
BARCELONA, ESPAÑA.- Cuando Aziz Abayat acudió a inscribirse en el registro de la Cruz Roja de Zaragoza, una trabajadora le preguntó su nacionalidad. “Palestina”, dijo él con orgullo. La mujer volvió su mirada a la pantalla del ordenador. “Imposible”, respondió segundos después, “ese país no aparece en mi lista”.
Aziz cogió un bolígrafo y un papel, dibujó un mapa de Oriente Próximo, y explicó, según su punto de vista, el conflicto israelo-palestino a la señora. “La gente aquí no entiende nuestro problema”, sostiene. “Queremos volver a nuestra tierra. Sólo pensamos en el retorno”.
El 22 de mayo de 2002, un avión militar aterrizó en la base aérea de Getafe, al sur de Madrid. A las doce del mediodía, Ibrahim Musa Abayat, Ahmed Hemamreh y Aziz Abayat bajaban por las escalerillas. Un fuerte dispositivo de seguridad los estaba esperando.
Nunca antes el Estado español había tenido un caso de estas características. Habían sido deportados sin juicio previo. Israel los acusa de terrorismo, pero no hay cargos contra ellos en España. No existe ninguna norma que regule su estatus. “Se encuentran en un limbo jurídico”, dice Francisco Palacios, profesor de Derecho de la Universidad de Zaragoza, quien los asesora legalmente.
Cuando llegaron, el Ministerio del Interior pidió a la Cruz Roja que los asistiera en la búsqueda de alojamiento, manutención y gestión de atención sanitaria. “Pero no se cumplieron las condiciones pactadas”, declara la directora del Departamento de Actividades y Servicios de la organización, Estrella Rodríguez. “En un principio”, continúa, “nos dijeron que iban a poder circular libremente, así como instalarse donde ellos deseasen. Pero después, Interior, preocupado por la seguridad de estas personas y por no crear alarma social, decidió enviarlos a Lubia”.
LA «JAULA DE ORO»
Lubia es un pueblo de 40 habitantes, de la provincia de Soria. Adentrada en el frondoso bosque se encuentra una casa forestal poco común. Se dice que fue construida por encargo de Francisco Franco para pasar sus vacaciones. Lo que sí es seguro, es que en 1983, el entonces presidente del Gobierno, Felipe González, veraneó en la finca. Casi veinte años después, los tres deportados también residieron una larga temporada allí.
“Era una jaula de oro”, asegura Ahmed mientras limpia con suavidad sus gafas ovaladas. Más de un centenar de guardias civiles estaban dedicados en exclusiva a cubrir por turnos la vigilancia de los palestinos, había un helicóptero, cuatro perros de custodia… En total, el presupuesto era de 16.400 euros al día.
“Cuando queríamos dar un paseo por el bosque, nos acompañaban 20 agentes”, recuerda Ahmed. “Sí, era una casa muy bonita”, prosigue. “Pero estábamos otra vez encerrados, igual que en la Natividad. No veíamos a nadie. Como dice el proverbio árabe: El cielo sin gente no se puede habitar”.
En julio del año pasado llegaron las esposas de Ahmed y Aziz. Yasmín, la mujer de Ahmed, se había casado con él cinco días antes de que el Ejército israelí entrase en Belén. No se habían visto desde que se encerró en la basílica. “He olvidado por completo mi boda en Palestina”, dice Yasmín, una mujer extrovertida que habla un castellano fluido, “pero recuerdo perfectamente su llamada de despedida desde aquel callejón de Belén”.
Reema, la esposa de Aziz, no sólo no interviene en las conversaciones, sino que tampoco se deja ver. Llegó a España en avanzado estado de gestación. En septiembre nació su hija, llamada Dikra, que significa “Recuerdo” en árabe, en referencia a Palestina. “Allí, el nacimiento se celebra de una forma muy especial. Aquí no conocemos a casi nadie. Es bastante triste”, se lamenta Aziz.
Pero Dikra no nació en la pequeña localidad soriana en compañía de 100 guardias civiles. Poco antes el ministerio del Interior decidió cambiar el régimen que les estaba aplicando. “No hemos hecho ningún daño al pueblo español, no tenían derecho a mantenernos encerrados”, denuncia Ibrahim. Les ofrecieron vivir en ciudades, sin estar constantemente vigilados, pero no en cualquier población. “Estaban excluidas Madrid, por tener embajadas, y las localidades fronterizas o marítimas”, expone Estrella Rodríguez, de la Cruz Roja. Les dieron a elegir entre tres poblaciones: Soria, Huesca o Zaragoza.
AL YASIRA Y CLASES DE CASTELLANO
Ahmed optó por Soria, “porque me recuerda a Palestina”, dice. Vive en una austera y bonita casa blanca de una planta, decorada con cuadros de la mezquita de Al Aqsa de Jerusalén y muchos libros en árabe. “Mis familiares me los van enviando poco a poco. Aunque lo intento, todavía no soy capaz de leer en castellano”, dice. También tiene un pequeño huerto y tres gallinas. “No podría vivir en un piso de varias alturas. En Palestina se lucha por cada palmo de terreno, así que tenemos una relación muy fuerte con la tierra”.
Aziz e Ibrahim escogieron Zaragoza. Allí hay una importante comunidad árabe. “Son gente muy desconfiada, pero han sido un revulsivo para nosotros”, dice Hassan Al-Saisi, español de origen palestino, que ejerce de traductor en las conversaciones. “Antes estábamos más desvinculados. Ellos son un símbolo de la lucha de nuestro pueblo”, argumenta Hassan. Prueba de ello es la recientemente creada Asociación Hispano-Árabe Belén-Zaragoza.
Aziz e Ibrahim tampoco parecen muy interesados en esta asociación. “Nuestra lucha es en Palestina, no en Zaragoza. A veces, incluso, añoro aquella columna de la Natividad en la que dormí durante cinco semanas”, puntualiza Aziz desde el salón de su casa.
Se trata de una habitación en la que hay un único libro visible: el Corán. Las paredes están pintadas de amarillo, los sillones son de escay y sólo un dibujo pintado a rotulador decora la estancia. En él, aparece un hombre que yace en el suelo con el pecho ensangrentado. Su brazo izquierdo sostiene en alto una bandera palestina. “Los mártires, cuando Palestina los llama, ellos son el regalo más caro”, dice la leyenda del cuadro. “Lo hice yo”, aclara Aziz entre los frágiles llantos de su hija.
Ibrahim, por el contrario, vive solo en un piso que, si no fuera por la fotografía de su madre y otra de Yasir Arafat al lado del televisor, parecería el de cualquier estudiante universitario. Ceniceros repletos de colillas, polvo en el suelo y ropa sucia sobre la mesa del comedor. Ibrahim no piensa casarse, aunque su familia sí desea que lo haga. Sólo tiene que decir una palabra y ellos le buscarán una esposa. “Pero no quiero que mi mujer viva en el exilio”, afirma.
Los tres reciben mensualidades que oscilan entre los 260 y los 420 euros, según la extensión de la familia, con cargo al Fondo Europeo para Refugiados. El alquiler de la casa está pagado aparte. Sus únicas obligaciones son firmar todos los lunes en la Comisaría de Policía y atender una hora diaria a clases de castellano. Y no quieren trabajar, “hacerlo significaría que nos conformamos con esta situación. Y no es así, exigimos volver a Belén. La Unión Europea nos sacó de allí y la Unión Europea nos tiene que devolver”, declara Aziz.
El resto del tiempo lo emplean viendo cadenas árabes por satélite. Ellos, hombres de acción acostumbrados a la primera línea de la Intifada, ven ahora el conflicto en Oriente Próximo desde los sillones de sus casas en España, a través del canal qatarí Al-Yazira.
El pasado 23 de marzo, Aziz, Ibrahim y Ahmed hablaban sobre su experiencia en la Basílica de la Natividad cuando algo los hizo parar en seco. La televisión mostraba las polémicas imágenes de cinco soldados norteamericanos capturados por el Ejército de Saddam Hussein. Empezaron a batir palmas, a abrazarse, a reír, sonaron las melodías orientales de sus teléfonos móviles. “Ahora Estados Unidos comprenderá que la guerra no es un juego en el que sólo mueren árabes”, dijo Ibrahim.
“¡Aziz! ¡Aziz!” Reema, su esposa, elevó tímidamente la voz desde la cocina. Aziz se levantó y desplazó el radiador que bloqueaba la puerta del salón. Volvió al poco tiempo con varias tazas de café —negro, aromático, al estilo árabe—. Había que celebrarlo.
“No me puedo desprender del recuerdo de mis lugares santos, de mi familia. Pensar en volver me da fortaleza”, aseguró Ibrahim entre pequeños sorbos. “Cuando veo los muertos que hay diariamente en mi tierra me siento mal por estar aquí”, subrayó Ahmed. “Aunque nos dieran el paraíso en Europa, sólo pensaríamos en volver a Palestina”, sentenció Aziz.
LAS ACUSACIONES DE ISRAEL
En la historia de Ibrahim de Ibrahim Musa Abayat se junta la guerra por Palestina y la venganza familiar El 9 de noviembre de 2000, murió su primo Husein, por entonces líder en Belén de las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, las juventudes paramilitares del partido Al Fatah. El coche en el que viajaba fue alcanzado por varios misiles lanzados desde un helicóptero. En ese momento Ibrahim iba en otro vehículo, detrás. “Sentí una rabia imposible de explicar con palabras”, reconoce mientras se tensan los músculos de su cara.
El testigo de Husein lo tomó Atef, otro primo suyo. Pero el 18 de octubre de 2001 una bomba que los servicios secretos israelíes habían colocado en los bajos de su coche acabó con su vida. “Desde entonces, me gusta que me llamen Abu Atef, en honor al mártir”, apunta Ibrahim.
Poco después se convirtió en el único líder de los Mártires de Al-Aqsa en Belén. Israel lo acusa de haber ordenado decenas de atentados contra civiles y de ser el autor directo de seis muertes.
Aziz Abayat, farmacéutico, formaba parte del movimiento islamista Hamás, la organización palestina con mayor número de ataques suicidas a sus espaldas. “Por su profesión, adquiría fácilmente compuestos químicos que usaba para la preparación de explosivos”, dice un documento de los servicios de seguridad hebreos.
A Ahmed Hemamreh, miembro de las milicias Tanzim, le imputan ser el encargado del reclutamiento y entrenamiento de varios activistas suicidas.
Al preguntar por estas acusaciones, los tres deportados, en un principio, se niegan a responder. El ambiente se enrarece. Tensos y nerviosos, se levantan y hacen ademán de querer finalizar la entrevista. Ibrahim se acerca y clava directamente su agresiva mirada en los ojos del periodista. No pestañea. Intenta atemorizar y, al mismo tiempo, detectar el miedo. Finalmente, es él mismo quien responde:
“¿Terroristas? Los israelíes son los únicos terroristas. Ellos nos echan de nuestra tierra, nos bombardean, nos asesinan, nos obligan a vivir en campos de refugiados”.
Entonces, ¿estáis diciendo que las acusaciones de Israel son falsas, que vosotros no habéis cometido los actos que os atribuyen?
(Silencio)