Ahmed Hemramreh en una iglesia románica de Soria. “En Palestina son mucho más antiguas”, dice. (LA PRENSA/F. MEDINA)

De la cuna de Jesús al exilio en España

Juan Ruiz SierraESPECIAL PARA LA [email protected] Durante 38 días el mundo siguió en vilo el asedio que hace un año el Ejército israelí mantuvo contra 200 palestinos, quienes, para salvar su vida, se refugiaron en el lugar más sagrado del cristianismo: la iglesia donde nació Jesucristo, en Belén. La mirilla israelí estaba puesta sobre un […]

Juan Ruiz SierraESPECIAL PARA LA [email protected]

Durante 38 días el mundo siguió en vilo el asedio que hace un año el Ejército israelí mantuvo contra 200 palestinos, quienes, para salvar su vida, se refugiaron en el lugar más sagrado del cristianismo: la iglesia donde nació Jesucristo, en Belén. La mirilla israelí estaba puesta sobre un pequeño grupo de guerrilleros que se conocieron como “Los trece de Belén”. Los más buscados entre los más buscados. Por mediación de la Unión Europea y Estados Unidos, Israel levantó el cerco con la condición de que “Los trece de Belén” salieran deportados a distintos países europeos. A tres de ellos les tocó España, y ahora narran su experiencia durante el sitio y la vida que llevan en las tranquilas ciudades españolas de Soria y Zaragoza.

BARCELONA, ESPAÑA.- El 2 de abril de 2002, en una tarde lluviosa y fría, Ahmed Hemamreh telefoneó a su esposa. “Llamo para despedirme”, le dijo, “no creo que sobreviva. Te quiero. Adiós”. Se encontraba en un empedrado y estrecho callejón de la ciudad vieja de Belén (Cisjordania), donde llevaba combatiendo doce horas contra el Ejército israelí.

“Era como una película”, evoca Ahmed. “Había decenas de tanques y helicópteros Apache. Nos disparaban por tierra y aire. No podíamos hacer nada”.

“¡A la Basílica de la Natividad!”, escuchó poco después. Sin pensarlo, comenzó a correr con el tronco inclinado 90 grados hacia delante, mientras los proyectiles silbaban a su alrededor.

Al llegar a la puerta que flanquea el templo, un compañero voló el candado que les impedía la entrada. Doscientas personas penetraron, con el fusil en la mano, en el lugar donde según la tradición nació Jesucristo. “¿No sabéis que está prohibido venir aquí con armas?”, les dijeron los diez monjes que en ese momento se encontraban rezando.

Junto a Ahmed también entraron Ibrahim Musa Abayat y Aziz Abayat. Él aún no los conocía, pero desde ese instante sus destinos permanecerían unidos.

ASEDIO ISRAELí

Una vez dentro, los palestinos esperaron a que el Ejército abandonase la ciudad. Creían que tratándose de un lugar de tanto contenido simbólico, los israelíes nunca se atreverían a asediarlo. “Al principio, el más pesimista de nosotros pensaba que estaríamos fuera en tres días”, afirma Ahmed. Pero pronto asumieron que el sitio iba a ser largo.

“Entregaos o todos moriréis”, la voz del soldado, con el tono metálico que dan los megáfonos, no permitía hacerse ilusiones. “Poco después, empezaron a disparar sin parar. No sabíamos si iban a entrar o no. El ambiente era de terror”, continúa Ahmed, cuyo rostro, reflexivo y adornado con unas gafas ovaladas, parece más propio de los pasillos de cualquier universidad que de la guerra en Oriente Próximo.

LOS 40,000 HABITANTES DE BELÉN

Mientras tanto, fuera de los milenarios muros de la iglesia, los 40,000 habitantes de Belén no podían salir de sus casas. Estaban viviendo su propio asedio. Decenas de tanques israelíes patrullaban la ciudad. Yasmín, la esposa de Ahmed, veía los cuerpos inertes de dos combatientes palestinos desde la ventana de su hogar. No despegaba los ojos de la televisión, preguntándose si su marido estaría vivo o muerto, dentro o fuera de la basílica. El teléfono volvió a sonar. “No te preocupes, estoy bien”. Ahmed intentó que su voz sonase tranquilizadora. Según Yasmín, no lo consiguió.

Esa misma noche, Aziz Abayat, un hombre muy religioso, de ojos vivos y orejas puntiagudas, se tumbó al lado de una de las cuarenta monolíticas columnas de la nave principal. Ya no durmió en otro lugar durante los 38 días que duró el asedio. “Era como una superstición, me sentía seguro junto a esa columna. Pensaba que mientras pasase las noches en ese lugar, nada me iba a ocurrir”.

La mañana siguiente se levantó con la boca pastosa. A su alrededor, en la nave principal de la basílica, la mayoría de los sitiados intentaba dormir. Otros rezaban, frente a un cuadro de la Virgen María, en dirección a La Meca. Creyó que estaba soñando. Siempre había vivido a 500 metros del templo, pero jamás pensó que pasaría una noche dentro. El recinto se encontraba en silencio. No sabía lo que ocurría fuera, sólo sabía que no podía salir.

BUSCANDO COMIDA

Despertó a varios compañeros, y juntos se pusieron a buscar comida por todo el complejo, un espacio de 12,000 metros cuadrados, el equivalente a dos campos de fútbol y medio. Llegaron a las estancias de los monjes, y en una de las despensas encontraron varios kilos de pasta, arroz y lentejas. “Vamos a tener que racionar”, se dijeron entre ellos.

Los religiosos también habían salido de sus habitaciones. Les dieron un hornillo y una olla grande y plateada, que colocaron sobre el estrado del altar, en la nave principal. Se organizaron. A cada persona le correspondía una taza de agua caliente con dos o tres espaguetis. Decidieron que a partir de ese momento sólo harían una comida diaria.

Ese mismo día, el patriarca latino de Jerusalén, Michel Sabbah, hizo unas declaraciones que llenaron de esperanza a los asediados: “La basílica es un lugar de refugio para todo el mundo, sean palestinos o israelíes”. Aziz recuerda que todos los cercados se abrazaron entre sí, e incluso algunos dispararon al aire, lo que provocó la indignación de los monjes.

PRIMER MUERTO

El quinto día se produjo la primera muerte entre los encerrados. Sólo que el fallecido, en principio, no contaba entre los objetivos del Ejército israelí. Se trataba del campanero del santuario, Samir Ibrahim Salman, y murió cuando se disponía a realizar el que había sido su trabajo durante los últimos 30 años. “Le dispararon los francotiradores israelíes”, responde categórico Aziz, “¿por qué íbamos a matarlo nosotros?”

Los monjes —franciscanos, greco-ortodoxos y armenios— organizaron una misa en memoria del muerto. Los pocos cristianos que había entre los asediados se unieron a ellos. Los musulmanes, al mismo tiempo, realizaban sus propias plegarias en la nave principal. Aziz, arrodillado y con la frente tocando el suelo de mármol, pensó que si el Ejército había matado al campanero, muchos de ellos correrían la misma suerte.

La jornada siguiente, un nuevo muerto. “Khaled Syam, Khaled Syam…”, Aziz repite varias veces su nombre, como si estuviera invocándolo. A las cuatro de la madrugada lo despertaron las voces alarmadas de sus compañeros. Había un incendio en el claustro y en la capilla de San Jerónimo. “Provocado por los israelíes”, sostiene. Los encerrados sólo disponían de cubos de agua. Khaled, un joven policía palestino, disparaba su arma para cubrir a los que luchaban contra el fuego. La bala entró por el lado izquierdo de su rostro y salió por la parte posterior del cráneo. Murió al instante. Siete horas después, las llamas se habían extinguido.

VER TAMBIÉN:

“Exigimos volver a Belén”

Los ocho muertos

“Los trece de Belén”  

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