Los primos Ibrahim Musa Abayat y Aziz Abayat escogieron Zaragoza para su exilio. (LA PRENSA/F. Medina)

Los ocho muertos

Juan Ruiz SierraESPECIAL PARA LA [email protected] Aziz nombra con veneración a los ocho muertos que hubo durante el asedio. Para él no son simples nombres. Son shahids (mártires). “Hombres que cayeron para liberar a su pueblo”, afirma. La mayoría de ellos falleció por obra de una máquina. Desde el séptimo día, tres globos sonda blancos […]

Juan Ruiz SierraESPECIAL PARA LA [email protected]

Aziz nombra con veneración a los ocho muertos que hubo durante el asedio. Para él no son simples nombres. Son shahids (mártires). “Hombres que cayeron para liberar a su pueblo”, afirma.

La mayoría de ellos falleció por obra de una máquina. Desde el séptimo día, tres globos sonda blancos y en forma de zeppelín surcaban el cielo, justo arriba de la basílica, en las zonas que carecían de techo. Llevaban una cámara y un arma teledirigida. Abajo, un militar israelí vigilaba los movimientos de los sitiados a través de un ordenador. Sólo tenía que apretar un botón. Con sólo pulsar una tecla, un hombre podía morir.

Y una vez muerto, no podía ser enterrado. “Los monjes no nos dejaban cavar tumbas en el jardín de la iglesia, por miedo a que el lugar se convirtiese en un símbolo de la resistencia palestina”, asegura Aziz, esbozando al mismo tiempo una tímida sonrisa.

ATAÚDES PROVISIONALES

Tuvieron que construir ataúdes provisionales. Los religiosos les dieron maderas, y con éstas hicieron las cajas que luego colocaban en una zona descubierta, por ser más fresca. Así evitaban que el olor a muerto invadiese el interior del templo.

Los heridos hacían el recorrido inverso. Iban a la zona más cálida, a la Gruta de la Natividad, el lugar exacto donde la tradición señala que fue el parto de la Virgen María. Allí, sangrando por las heridas de bala, podían leer la siguiente inscripción en una de las paredes: “Terra pax hominibus: Paz en la tierra a los hombres”.

Cuando la comida se estaba acabando, el Ejército israelí cortó el agua y la luz. O, al menos, eso creyeron. Porque los antiguos pozos de la iglesia continuaban funcionando. De ellos salía un líquido oscuro, casi negro, que tenía que ser hervido antes de beber. Muchos sufrieron diarrea.

DESDE DE LA CAPILLA DE SAN JERÓNIMO

Conseguir luz costó una nueva vida. Desde la capilla de San Jerónimo, el lugar que había sido pasto de las llamas, los palestinos divisaban un poste eléctrico. Pensaron que podrían descolgar un cable, aunque el que saliese por él tenía muchas posibilidades de morir. Nadie se ofrecía voluntario, estuvieron discutiendo varias horas. Pero para los encerrados era imprescindible contar con corriente. La batería de sus teléfonos móviles se había apagado y necesitaban saber qué ocurría fuera de la iglesia, cómo estaba Belén, en qué situación se encontraban sus familiares. Alguien tenía que hacerlo.

Un hombre llamado Hassan Nisman, de Gaza, viudo y con dos hijas, se deslizó por una de las ventanas. Alcanzó el cable, pero su rostro reflejaba dolor. Le habían dado en un hombro. “No paraba de gritar: ‘¡Salvadme la vida!’, pero no teníamos medios para hacerlo”, recuerda Aziz. Estuvo cuatro horas perdiendo sangre. Al final, sólo pensaba en su dos hijas: “Se quedarán solas —se lamentaba— no tienen otra familia en Belén”.

NO ENCENDIERON LUZ

A partir de ese momento, los asediados tuvieron corriente, pero no encendieron nada, para que el Ejército no lo supiera.

Ibrahim Musa Abayat llamó a su madre, quien, tras varios días sin hablar con él, lo daba por muerto. Ella le contó que los soldados israelíes habían registrado varias veces su casa, y habían intentado forzarla a ir, en zapatillas y camisón, hasta el templo, para que tratara de convencer a su hijo de que abandonase el encierro. También la habían amenazado con llevarse a sus nietas y a sus otros hijos si no lo hacía. “Siempre se negó”, afirma Ibrahim, mientras los tristes ojos de la madre, anciana y arrugada, lo miran desde una fotografía del salón de su actual casa en Zaragoza.

Ibrahim Musa Abayat es un hombre de estatura mediana y fuerte complexión. Lleva su frondoso pelo negro peinado hacia atrás con la ayuda de gomina, sólo interrumpido por un pequeño cráter en la parte trasera del cráneo. De mirada agresiva y desconfiada, Ibrahim se mueve rápida y nerviosamente, pero con un dominio que sugiere a una persona acostumbrada a la disciplina. La disciplina de la guerra.

DESPENSAS DE LOS FRAILES ESTABAN VACÍAS

Dentro, las despensas de los frailes estaban vacías. La dieta se había reducido a raíces y hojas de un limonero que se encontraba en el jardín de la iglesia. Los encerrados las freían. Ahmed Hemamreh recuerda que “sabían a pizza quemada”. También fumaban hojas de las matas que crecían en el claustro. Las picaban minuciosamente, liándolas con hojas de periódicos atrasados. Llevaban un mes sin tabaco y, para él, eso fue aún peor que la falta de alimentos.

Ni siquiera hablaban ya entre ellos. Se encontraban demasiado débiles. Ahmed había perdido 16 kilos. Durante una tarde de los últimos días, fue incapaz de pensar en su vida anterior. Era como si siempre hubiese estado allí dentro, en compañía de palestinos armados y frailes, viendo cuadros de imágenes cristianas y rezando en dirección a La Meca. Sin saber por qué, comenzó a cantar una canción. Otros se le unieron. Era un cántico de llamada y respuesta. Él llevaba la voz principal, el resto hacía los coros. Conforme cantaba, notó cómo volvía su memoria. “Creo que si no llega a ser por esa canción me hubiese vuelto loco”, evoca con los brazos cruzados a la altura del estómago y las rodillas flexionadas hacia arriba, encogido, como si aún se encontrase encerrado en la cuna de Jesús.

NOTICIAS CONFUSAS

Las noticias que llegaban de fuera eran confusas. Se hablaba de que varios de los asediados iban a ser deportados a países europeos. Se hablaba de una lista. El nombre de Ahmed entraba y salía de esa lista.

El ocho de mayo, dos días antes de salir, uno de sus compañeros le dijo que, definitivamente, él se encontraba entre los que tendrían que abandonar Palestina. Lloró. Y, por un momento, Ahmed Hemamreh, el hombre que cinco semanas antes había llamado a su mujer para despedirse, pensó que prefería morir. “Cuando el Ejército israelí invadió Belén, me dije que volvería a mi casa vivo y libre o moriría”. En su lugar, llegó a España.  

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