Familiares de un soldado asesinado por la FARC, lloran durante el sepelio del infortunado oficial.

Dramático relato de la masacre de las FARC

Sobrevivientes narran los momentos más angustiosos de seis años de secuestro y el fallido intento de la “Operación Monasterio” Tomado de El Espectador FRAGMENTO.- La voz del coronel Sergio Mantilla estaba quebrada. En la pequeña base militar del municipio de Urrao, Antioquia, los generales Hernando Ortiz, comandante de la Fuerza de Despliegue Rápido, y el […]

  • Sobrevivientes narran los momentos más angustiosos de seis años de secuestro y el fallido intento de la “Operación Monasterio”

Tomado de El Espectador

FRAGMENTO.- La voz del coronel Sergio Mantilla estaba quebrada. En la pequeña base militar del municipio de Urrao, Antioquia, los generales Hernando Ortiz, comandante de la Fuerza de Despliegue Rápido, y el general Mario Montoya, comandante de la IV Brigada, aguardaban con impaciencia el parte de Mantilla.

— Las noticias no son buenas. Los soldados encontraron tres sobrevivientes y hay diez muertos. La guerrilla los mató a sangre fría.

Eran las 11 y 45 de la mañana del pasado lunes cinco de mayo.

— Los soldados encontraron en un potrero a un hombre que con una camisa en la mano hacía señales de auxilio. Se trata del sargento Pedro Guarnizo, uno de los secuestrados. Él llevó a la tropa hasta el cambuche donde estaban los demás secuestrados. Todos estaban tendidos boca abajo, con las manos tapándose la cara. Fueron asesinados con varios tiros de gracia. Encontramos cuatro sobrevivientes, uno de ellos está muy grave. Dos más presentan heridas de bala en las piernas y el cuarto está ileso, se salvó de milagro. No hay ningún guerrillero en el cambuche. Después de asesinar a los secuestrados, huyeron del lugar y se metieron a la selva.

Un silencio sepulcral se apoderó del improvisado puesto de mando de la base de Urrao, donde se coordinaba la operación de rescate del gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria; el ex ministro de Defensa, Gilberto Echeverri, y 11 oficiales de las Fuerzas Militares que estaban en las manos de las FARC.

La fase final de la operación se había iniciado el día anterior a las siete de la noche en el aeropuerto de Rionegro, Antioquia, cuando desembarcaron 300 hombres pertenecientes al Batallón Número Tres de la Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra).

El general Ortiz tomó el teléfono y por una línea especial, vía microondas, se comunicó una vez más con el comandante del Ejército, general Carlos Ospina, a la base del batallón de Los Farallones.

— Los encontramos, pero las noticias no son buenas. Las FARC asesinaron al gobernador y al ex ministro. No hubo combates. Mis hombres no dispararon un solo tiro. No hay guerrilleros muertos ni capturados.

LA HORA CERO

A las 9:12 de la mañana del pasado lunes cinco de mayo, los helicópteros alzaron vuelo de la base de Rionegro. En el interior de cada uno de ellos viajaban 15 soldados de la Fudra. El avión de reconocimiento comenzó a suministrar información del tiempo, y tanto Montoya como Ortiz estaban tranquilos porque todo apuntaba que habría muy buen clima durante toda la mañana.

A las 10:37 de la mañana, los siete helicópteros se perdieron en el cielo de Urrao frente a la mirada impaciente de los generales Montoya y Ortiz. Las tropas de tierra ya se encontraban en marcha y el último informe del tiempo daba cuenta que el clima no podía ser mejor.

Mientras el primer contingente volaba rumbo al punto del desembarque, que había sido acordado en Vendé, vereda de Encarnación, otros 75 hombres de la Fuerza de Despliegue Rápido se preparaban para que los helicópteros los recogieran en menos de 45 minutos.

— 11:02 de la mañana. Comenzó el desembarco de los cinco helicópteros. No ha habido ninguna novedad y todo transcurre en completa calma. Los primeros 15 hombres de asalto se internaron por la quebrada que bordea el campamento. Calculo que harán contacto en unos 28 minutos aproximadamente. Los otros dos grupos avanzan por una trocha de muy difícil acceso, la maleza está muy tupida y el paso es lento. Los Arpía están realizando vuelo estacionario para apoyar el desplazamiento. La operación ha comenzado. El clima es excelente y en 30 minutos los hombres de asalto estarán ingresando al campamento—, fue el parte que entregó el coronel Mantilla desde uno de los helicópteros a sus jefes Montoya y Ortiz que estaban en la base de Urrao.

A esa misma hora y de acuerdo con el relato del sargento Pedro Guarnizo, en el campamento se vivían los momentos más angustiosos de los seis años que él llevaba en cautiverio.

MATEN A ESOS H.P., DIJO EL “PAISA”

— Oímos los helicópteros como faltando 10 minutos para las diez de la mañana. Se oían a lo lejos. Los guerrilleros estaban inquietos. Nos ordenaron que nos metiéramos en el cambuche y comenzamos a organizar las cosas, pues como había ocurrido unas seis veces antes, cuando escuchaban los helicópteros abandonábamos el campamento. Yo alcancé a ver como a siete guerrilleros reunidos con el Paisa. Y también escuché cuando dijo: “Maten a esos h.p.”. Unos siete guerrilleros se dirigieron hacia donde estábamos, entraron al cambuche y, sin decir una sola palabra, dispararon. El primero en caer fue mi teniente Ledesma. Todo fue confusión. Se escuchaban las ráfagas de las armas. Quejidos. Dolor. Olor a pólvora. Después el Paisa ordenó que nos remataran. De nuevo entraron al cambuche. Me tapé con una sábana que encontré en el piso, le pedí perdón a Dios por mis pecados. Le encomendé a mi familia que hacía seis años no veía y esperé el tiro de gracia.

Los soldados de asalto avanzaban rápidamente. Habían transcurrido casi 27 minutos desde el desembarco y el primer grupo de 15 hombres divisó el campamento. Lo rodearon, se apostaron en tierra y a través de unos megáfonos uno de los soldados habló:

— Ríndanse. Están rodeados. Los secuestrados tiéndanse en el suelo y los demás salgan con las manos en alto. Ríndanse que vamos a ingresar.

Pero no hubo respuesta. De pronto, de la nada, semidesnudo, a punto de desfallecer, apareció el sargento Guarnizo. Uno de sus viejos compañeros de contraguerrilla relata cómo fue ese encuentro.

— Lo reconocí de una. Y eso que llevaba seis años sin verlo. Los dos estuvimos en el combate en las selvas del Chocó cuando la guerrilla nos emboscó. Yo me salvé de milagro y a Guarnizo y otros compañeros se los llevó la guerrilla. A duras penas podía arrastrase en medio de la maleza. No tenía habla ni respiración. Y como pudo nos dijo que no había nadie para rendirse porque esos hijueputas habían asesinado al doctor Gaviria, al doctor Echeverri y a nuestros compañeros. Logramos ponerlo de pie y nos llevó hasta el lugar. Era terrible. La gente quedó destrozada por las balas. Todos tendidos bocabajo. Con las manos protegiéndose la cara como pidiendo clemencia para que no los mataran.

Un reguero de muertos. Unos encima de otros, era el cruel testimonio de una demencial decisión de un hombre que en las FARC apodan con el alias del Paisa.

— Ese tipo, que convivió con mis compañeros por más de seis años, que estuvo con el Gobernador y el ex Ministro por casi año y medio. Ese mismo ordenó que nos asesinaran. Junto con otros dos compañeros nos salvamos de milagro. Dios quiso que nosotros fuéramos testigos de primera mano de semejante atrocidad. Eso, no tiene perdón de Dios—, concluyó en medio de las lágrimas el sargento Guarnizo. El mismo que ese día no quiso salir de la selva donde estuvo privado de su libertad por seis años.

— Yo no me voy de aquí sin mis compañeros. Hicimos un juramento: que vivos o muertos, todos saldríamos juntos. Yo no me imaginé que tuviera que echármelos al hombro y sin vida, para que me pudiera ir a mi casa.

Fueron las palabras del sargento Pedro Guarnizo a varios de los soldados de las Fuerzas de Despliegue Rápido que ayudaban a los funcionarios de la Fiscalía a recuperar los cadáveres de los semidestruidos cambuches, testigos mudos de la barbarie de esa media mañana cuando todos soñaban con el rescate de 13 colombianos que sufrieron en carne propia el horror de la guerra.  

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