Eduardo Enrí[email protected]
El PPresidente, aunque impuesto por el caudillo, demostró tener un estilo independiente de gobernar. Y no sólo independiente, sino hasta contrario al de su benefactor. Desde el día que asumió el poder declaró que pretendía gobernar con honradez y suprimir los puestos superfluos.
Los partidarios más fervientes del caudillo vieron en él a la ingratitud personificada. Incluso un importante sacerdote le advirtió al Presidente sobre los peligros de separarse del caudillo.
Esa escena no es de hace un año, sino de mediados del siglo XIX, hace exactamente 134 años. A groso modo es la que presenta el doctor Arturo Cruz Sequeira en su libro La República Conservadora de Nicaragua. Lo escalofriante es que con sólo cambiar nombres y fechas, es posible montar la misma obra en la Nicaragua de inicios del siglo XXI.
Aquella era la Nicaragua de Tomás Martínez, Fernando Guzmán, Máximo Jerez y del padre Francisco Vijil. Esta es la Nicaragua de Arnoldo Alemán, Enrique Bolaños, Daniel Ortega y Monseñor Abelardo Mata. Aquellos eran conservadores, liberales y sacerdotes. Estos son liberales, sandinistas y sacerdotes. Pero el resultado es desastrosamente el mismo hoy que hace 134 años. Y podemos decir lo mismo de hace 57 años o de hace 157 años.
Y esa es la tesis del doctor Cruz Sequeira: El estancamiento político nicaragüense no tiene su explicación en la supuesta ideología de los protagonistas. Pueden ser liberales y conservadores; timbucos y calandracas; o liberales y sandinistas porque ésos, cómo él dice, “son apodos”. El estudio demuestra que no hay diferencia en la “ideología” de nuestros gobernantes a lo largo de nuestra historia. Todos tienen una visión caudillesca, autoritaria y clientelista de la política.
El libro de Cruz Sequeira prueba que —desde el principio— las supuestas tajantes diferencias entre León y Granada no eran tales. Y que el mismo Fernando Guzmán, el padre de la República Conservadora de los 30 años, era políticamente más liberal que Máximo Jerez, el supuesto prócer del liberalismo de esa época.
Y qué decir de nuestros tiempos. Comandantes sandinistas que son banqueros, mientras otros otrora barbados marxistas hoy son doctores por la universidad de Harvard.
Arnoldo Alemán, un supuesto liberal, hizo de la jerarquía católica su consentida y del Estado el modus vivendi de sus partidarios, quienes por principio “liberal” más bien deberían propugnar por la reducción del aparato estatal.
Hace 134 años, y casi inexplicablemente, Guzmán logró imponerse a los caudillos Martínez y Jerez, sedientos de poder; y cuando terminó su período entregó la Presidencia tal como lo ordenaba la Constitución. Sin duda un hombre ejemplar para su época. Con ese gesto inició un período de 30 años de estabilidad política, pero no por ser timbuco o calandraca, sino porque simplemente se sometió a la ley, que era justa.
Está por verse si Bolaños puede llenar los zapatos de Guzmán, porque todavía el pie se le ve demasido chiquito. Pero la pregunta de fondo de Cruz Sequeira va más allá, y es si el nicaragüense se siente a gusto con el caudillo, benefactor de sus clientes. O con un sistema de gobierno regido por leyes justas. Uno nos mantiene patinando dentro del círculo vicioso; mientras el otro sienta las bases para la construcción de una nación viable.
La decisión debería ser obvia. Pero para responderla tenemos que vernos hacia adentro. Un triste reflejo de lo mal que estamos es que mientras a Jerez y a Martínez les erigimos estatuas, de Guzmán nadie se acuerda.