Carmen PostigoEFE
BAGDAD.- La mayoría musulmana chiíta se perfila como el primer obstáculo de la administración de EE.UU. en Irak, en cuya capital Bagdad, el ayatolá Mohamed Al Fartusi anunció que quiere una República Islámica, tras sentirse humillado por tropas estadounidenses.
Los ulemas o sabios de la Escuela Teológica de Nayaf, la más importante del mundo chiíta, ya se han pronunciado por una futura Constitución Islámica basada en los principios del Corán.
Mohamed Al Fartusi es el representante de esa escuela en Bagdad y el ayatolá más importante y carismático de la capital iraquí, de 5.5 millones de habitantes, además de una admirador del ayatolá Rujolá Jomeini, figura clave de la revolución iraní.
Hace tres días y de regreso a Bagdad, Al Fartusi y otros cuatro clérigos fueron detenidos por las fuerzas de EE.UU. en la ciudad de al-Dora, en una operación que ha irritado al líder religioso y al mundo chiíta, que suponen el 65 por ciento de los 24 millones de habitantes de Irak.
“¿Cual es tu nombre?, me preguntaron los soldados”, explicó a EFE, Al Fartusi.
El ayatolá vive en el barrio marginal de Bagdad, llamado en el pasado reciente Saddam City y ahora Madina al-Sadr.
En ese barrio, donde vive más de un millón de chiíes, pastan cabras en las basuras, y en un paupérrimo y mugriento mercado se venden pasaportes robados y fusiles Kalashnikov que los hombres prueban a tiro limpio, en una peligrosa prueba que hoy se ha cobrado la vida de un joven.
Al-Fartusi está instalado en una mezquita, donde los buenos musulmanes van depositando todo lo que han robado en los saqueos y a la que las mujeres sólo pueden entrar con el riguroso velo negro.
El ayatolá está en la treintena, viste elegantemente y va tocado con un prominente turbante blanco.
“En cuanto supieron quién era, sospecharon. Llevaba una pistola y me la quitaron. La llevaba para salvar mi vida porque hacía unos días mataron a un ulema los grupos criminales de Saddam”, relata.
“Nos llevaron a una fábrica de coches y –exclamó– ¡me quitaron la amama!” o turbante, sagrado para el dignatario religioso. “Y nos impidieron hasta rezar”.
“Al día siguiente nos llevaron en un todoterreno y nos enfundaron la cabeza en sacos. Yo no podía respirar y así fuimos interrogados”.
En el momento del interrogatorio –según relata el ayatolá–, los EE.UU. supieron de las manifestaciones de chiítas en Bagdad, cada vez más extensas, cada vez con mayor indignación por mi arresto”.
“Fue entonces cuando me dejaron en libertad, por la presión política de los chiítas. Pero he sufrido mucho”, asevera.
El ayatolá acusa a “las fuerzas aliadas y a los grupos criminales de Saddam de ser los instigadores de los saqueos y de ser los autores de los robos importantes, en bancos y museos”.
Advierte de que “si el Ejército de EE.UU. sigue así, la situación empeorará porque los iraquíes todavía pueden combatir”.
“Además –asegura– tenemos la ambición de vivir en una república islámica”.