En el Día Mundial del Agua

Frank Briceño [email protected]

Ayer, 22 de marzo, se celebró el Día Mundial del Agua, sin duda alguna el líquido más preciado para los más de 6,000 mil millones de habitantes del planeta Tierra, donde por múltiples razones, disgregados en los cinco continentes según la última publicación de la Unesco, hay 1,200 millones de personas en el mundo que no tienen acceso al agua potable y más de 2,400 millones que carecen de los más elementales servicios de saneamiento para el agua que consumen y que éstas contienen grandes cantidades de oligoquetos y microorganismos patógenos y 560 millones que para abastecerse de este preciado bien, tienen que caminar hasta 2.6 kilómetros por día.

Es altamente preocupante que el agua por su alteración en sus estados a causa de las actividades del hombre y por su intensa explotación lo cual supone su movilización ingente de ingeniería tecnológica, el vital líquido es un recurso cada vez menos natural, es preocupante ver cómo ésta ya no fluye y se desliza serpenteando por riachuelos y quebradas las cuales surcaban las fértiles tierras y montañas de Matagalpa y Jinotega, las llanuras del bello istmo de Rivas o en las arenosas tierras de León y Chinandega, donde los ríos como el Sinecapa, hoy son mantos de piedras desnudas, lustradas por el paso del tiempo y la inclemencia del sol y el viento occidental de Nicaragua.

A comienzos de los años 70, la Unesco impulsó el Programa Hidrológico Internacional, donde a través de programas de perforación de pozos comunales llevaba mejor calidad de agua a las comunidades rurales alrededor del mundo y vienen a mi memoria cantidad de pozos comunales construidos en Susulí, Samulalí, Piedra Colorada, Sacaclí y tantos bellos pueblitos de la campiña matagalpina y jinotegana, donde instituciones como Plansar, llevaron a cabo esta titánica labor en esos años. Hoy, a comienzos de siglo, la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, donde estuvo presente el vicepresidente, Dr. José Rizo Castellón, ha considerado el problema del aguacomo uno de los más importantes a resolver con meridiana y expresa voluntad y Nicaragua tiene la obligación moral de impulsar programas de preservación, protección de cuencas y siembras de cuerpos de agua.

El aprecio al agua debe empezar en los colegios de primaria, fortalecerse en los institutos y universidades y madurar en la intimidad del hogar, para enfrentar a un futuro donde, Dios no lo quiera, haga falta el agua, o donde la guerra será por tener y dominar las inmensas masas de agua, estáticas o en movimiento. El mandato de Johannesburgo es protección de los mantos acuíferos y planes masivos de reforestación en todos los estados signatarios, y Nicaragua, inmerso en este trascendental problema de manejo, conservación y siembra de agua, debe impulsar una campaña a todos los niveles para converjertodos en una labor dantesca para preservar la gran masa de agua que Dios nos heredó 9610 Km2 de lagos. La vertiente del Pacífico de 12,072 km2, más del 9 por ciento de territorio nacional y la cuarta vertiente más grande en Meso América, la vertiente del Atlántico con 116,882 km2 que representa el 91 por ciento de la superficie del país. Hay que cuidar y preservar estos recursos porque, de los 94 ríos importantes de Nicaragua, sus riveras son peligrosamente deforestadas. 23 ríos desembocan en el Océano Atlántico, 18 en el Océano Pacífico, 45 en el Gran Lago y 8 desembocan en el Xolotlán, cuya limpieza y saneamiento es perentorio para garantía de las futuras generaciones; y lo más álgido y trascendental, hay que detener la cada día más alarmante contaminación del Cocibolca, la más grande reserva natural de agua que nos queda.

En este Día Internacional del Agua, con este artículo doy mi reconocimiento y solidaridad para aquellos hombres y mujeres que alrededor del mundo, caminan esos tres kilómetros para mitigar su sed, que su sacrificio y su esfuerzo mueva la voluntad de gobiernos, funcionarios y sociedad civil a tener una cultura de ahorro, conservación y siembra de agua, protección de las riveras de los ríos y una mística de respeto por la naturaleza en su expresión más sublime: El árbol.

El autor es delegado
Distrito Sur-INAFOR.  

Editorial
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