Alvaro Lacayo Argüello—[email protected]
Con un poder de fuego y una sofisticación balística jamás soñada en la historia militar de la humanidad, el presidente Bush parece arrumbado a sellar el compromiso que dejó inconcluso su padre en 1991, cuando después de tener 750 mil soldados en la garganta de Bagdad, permitió que Saddam escapara de entre los nudillos de sus manos. Así se escribe la historia como en las grandes tragedias shakesperianas, con las ironías propias de la sangre.
La segunda guerra del Golfo tendrá un costo aproximado de cien billones de dólares. Puesto en perspectiva, cuatro billones serían suficientes, según cálculos de Naciones Unidas para lograr la meta de educación primaria universal en el 2015, piedra de toque para cualquier fase ulterior de crecimiento económico en el mundo.
La dialéctica de la paz ha sido siempre interpretada al antojo de la hegemonía de turno, casi siempre justificando su consolidación desde las trincheras. Así lo hizo el César romano y Brutus le pasó la cuenta. Napoleón demostró similar flaqueza y terminó sus días en el confinamiento solitario de Santa Elena. Stalin lo intentó con el exilio de los chechenios a la Siberia, en 1944, y los que no se congelaron o murieron de hambre, a su regreso mantienen en jaque al presidente Putin. El führer persiguió la misma quimera pero el hado implacable, que siempre escribe la última palabra, empitonó del cogote a los mariscales del Reich en el patíbulo de Nuremberg.
Todo acaba mal lo que con sangre empieza. Otras lecciones recientes de naciones frustradas ofrecen evidencias irrefutables de esta hipótesis. En Afganistán, el apoyo norteamericano a los mujaidines en los años 80 fue el preámbulo del terror Talibán y la antesala del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. Las patéticas incursiones del sionismo en los solares del peripatético Arafat, nefasto interlocutor de la empobrecida nación palestina. El armamentismo sandinista de los ochenta en Nicaragua, que una vez levantada la mascarada demostró ser sólo buzones vacíos de sustancia y atiborrados de armamentos derruidos. El ilusionismo finisecular caló hondo en la mente de la humanidad: El fuego sólo genera cenizas; en la alborada del nuevo milenio, Afganistán, Nicaragua y Palestina son tres de los pueblos más empobrecidos del planeta, con tasas de exclusión social ( salud, empleo y educación) que sobrepasan el 50 por ciento, donde la producción de heroína, las remesas y la auto inmolación homicida de los jóvenes dinamiteros respectivamente, son el modus vivendi y el motor político y económico. En la guerra no puede haber ganadores, los dividendos de la paz duradera son infinitamente más tangibles.
Si el pasado es prólogo resulta difícil imaginar un prefacio más cruento que el siglo recién vivido y su vertiginosa alborada veintiunesca. El rescoldo de la guerra fría ha dejado un mundo global horriblemente polarizado impregnado de un guerrerismo frívolo. No puede ser que en el alma del pueblo mas próspero del planeta predomine el ímpetu del Tártaro. La sabiduría siempre ha consistido en saber escuchar. Pero el presidente Bush no escuchó las voces ecuánimes de sus colegas del Vaticano, China, Rusia, Francia, Alemania y tantas otras naciones que en su propio terreno han sufrido las atrocidades de la guerra y ahora indican un camino diferente hacia la paz.
La guerra se hace en las aulas de clase, contra la ignorancia; la guerra se hace en el campo, contra el hambre y la sequía; la guerra se hace en los centros de salud contra el sida, la tuberculosis, la malaria y el alcoholismo; la guerra se hace en la calle contra la prostitución, los “huele pega”, los miserables de la tierra; la guerra se hace en los tribunales contra la corrupción administrativa. La guerra se hace en las cortes internacionales de justicia contra los subsidios famelizantes de los países desarrollados; la guerra se hace en las grandes corporaciones transnacionales haciéndolas pagar por el cáncer que causa el tabaco, la contaminación, el oxigeno robado y la intoxicación del ambiente, sólo así se logra la única guerra victoriosa sin disparar un solo tiro, sin derramar una sola gota de sangre, ni infligir dolor humano.
Cuando Gagarin surcó el espacio por primera vez en 1964, los soviéticos bloquearon el mando de la nave temiendo que se volviera loco en la soledad de las alturas y perdiese el control. Yo hubiera querido preguntarle a alguno de los tripulantes del Columbia cómo se veía la Chureca desde la inmensidad celeste. Desafortunadamente no lo pude hacer porque el Columbia se desintegró en la estratósfera, pero puedo imaginarme una panorámica de la Chureca a la hora del almuerzo como un ínfimo hormigueo pululante confundible con las cabecitas de los mísiles en el desierto de Irak. El presidente Bush no escuchó las voces amigas de la cordura, y soltó sus bombas inteligentes sin refrescar su mollera para recapacitar que el destino de la humanidad está en sus manos. Pero yo y muchos otros seguiremos haciendo la guerra en nuestras trincheras.
El autor es médico neurólogo y psiquiatra