Padre Odorico: Conductor profético

Alberto Rivera Monzón

Han pasado veintitrés años desde aquel jueves veintidós de marzo de mil novecientos noventa en que, al mediodía se cerraron los ojos del Padre Odorico y se callaron sus labios en la Iglesia San José, de Matagalpa, y, sin embargo, tengo en mis oídos aún fresca su respuesta: “¡Así sea!”.

Aquellos miles de fieles que le recibimos el viernes veintitrés, que le rendimos guardia de honor y que dimos a sus cuerpo santo entierro el lunes veintiséis en el Tepeyac, nos hemos multiplicado. La mayoría no le conoció físicamente, pero le conoce espiritualmente a través del relato y del comentario que se transmiten y que se enriquecen de generación en generación porque se percibió su presencia, su permanencia y su bendita influencia que con su santidad hace grande a su pueblo elegido.

Cumplía yo nueve años aquel veinte de febrero de mil novecientos cincuenta y cuatro cuando el Padre Odorico vino a San Rafael. Treinta y ocho años tenía él, fuerte, robusto, lleno de entusiasmo. El pueblito, pequeño, con mucha fe cristiana, aunque con muchos hábitos no deseables, que con el tiempo y con su ejemplo fue cambiando.

Era el primer sacerdote de lengua extraña que venía; italiano, nacido en Montorio, Al Vómano, Téramo. No hablaba más que algunas pocas palabritas en español. Hubiera parecido que venía de la Torre de Babel, sin embargo, el entendimiento fue inmediato y pronto San Rafael del Norte, este pequeño pueblito, fresco de la montaña, se convirtió en su seguidor incondicional. Pronto y para siempre, se convirtió en guía, en maestro y en conductor profético.

Cambiar todo en Cristo fue su lema y el carácter irascible, belicoso, confrontativo, de falsa concepción de hombría que distinguía a este pueblo, fue quedándose atrás para dar cabida a hombres nuevos: respetuosos, honrados, trabajadores, amantes de la cultura, de la superación en forma general y genérica. Atrás, como el pasado de una Sodoma o Gomorra, quedaron los pleitos, los heridos, los macheteados, los tirados, las víctimas de una violencia que aquí campeaba antes de su llegada.

Su obra espiritual nacida de su verbo y fortalecida con su rico ejemplo de humildad, superó a los sanrafaelinos como seres sociales.

La transformación material que caminó a la par de sus santas sandalias nos dio la imborrable elección de que el progreso de los pueblos es posible y es real cuando son conducidos con amor, con total entrega, con respeto, sin interés de enriquecimiento, y, sobre todo, con temor a Dios.

El autor es periodista.  

Editorial
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