Roberto Rosales
Hace unos meses, un columnista inglés publicó en un periódico sus ideas en torno a la homosexualidad, no lo había hecho antes por temor al aluvión de críticas que iba a recibir: grande fue su sorpresa, pues resultó que de las 500 cartas que le enviaron, apenas 6 lo criticaban, las restantes estaban en pleno acuerdo con él. En síntesis, el periodista venía a decir que, aunque es verdad que hay que respetar a las personas homosexuales, la homosexualidad en sí es un desorden, que se deben evitar las prácticas homosexuales y que no deben proponerse como modelos a imitar.
En nuestro país, a veces aparecen en los medios de comunicación algunas informaciones que dan a entender que la homosexualidad es una opción más, algo “natural” en las posibilidades afectivas de las personas. Por lo anterior, presento a continuación algunas ideas de John McKeller, homosexual canadiense, director de HOPE (Homosexuales contra el extremismo del orgullo gay), quien busca algunas soluciones para dominar las tendencias homosexuales.
Según McKeller, el movimiento homosexual ya consiguió su objetivo esencial: el cese de la discriminación; sin embargo, algunos objetivos actuales —la adopción de niños, matrimonio entre parejas del mismo sexo, por ejemplo— son motivo de vergüenza para los homosexuales más civilizados y sensatos (cfr. Aceprensa 124/98).
En torno al Sida señala que si la comunidad gay quisiera hacer una contribución positiva a la lucha contra la enfermedad, podrían interrumpir la práctica de la sodomía y clausurar las casas de baños. Advierte, además, que el mayor logro científico del siglo XXI no será el remedio contra el Sida, sino el descubrimiento de la verdadera causa de la homosexualidad y del método para corregirla.
Finalmente, de sus palabras se vislumbra a lo que ha llevado el estridente activismo gay en algunos sectores de la sociedad canadiense: en 1967, el entonces Primer ministro Pierre Trudeau liberó a los homosexuales, al decir que el Estado no tiene que meterse en las alcobas, pero ahora, las alcobas están en la calle, en la escuela, en todas partes.
Por otra parte, estudios recientes realizados en la Universidad de Ontario por el Prof. George Rice, y publicados en la revista Science (23-IV-99), han concluido que los resultados no apoyan la hipótesis de que la homosexualidad masculina tenga origen genético, como se pensaba hace algunos años.
Si quiere construir una Nicaragua donde reine la armonía y la paz, se deben enseñar a las jóvenes generaciones que lo natural, lo “ecológico”, es que un hombre y una mujer —no dos homosexuales o dos lesbianas, a quienes se les debe respetar y ayudar— se unan en el matrimonio para traer a la existencia, participando del poder creador de Dios, nuevas vidas humanas.
En definitiva, vale la pena saber que las personas con tendencias homosexuales instintivas deben ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza, evitando todo signo de discriminación injusta (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica nn.2357-2359), recordándoles a la vez que están llamadas a la castidad, lo que implica renunciar a los “actos homosexuales”, que son intrínsecamente desordenados por ser contrarios a la ley natural.
El autor es ingeniero mecánico Industrial.