Armando J. Mena Cuadra
Estados Unidos y los otros países que le apoyan en su cruzada contra el régimen iraquí, creen llegado el momento de tomar la decisión de abrir los frentes de batalla, puesto que se ha agotado ya el tiempo de más negociaciones diplomáticas.
Según la Resolución 1441 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y a mi modesto entender, la misma otorga la autoridad suficiente a USA y sus aliados para que Irak afronte las consecuencias que se deriven ante su negativa a acatar la referida Resolución que exige de manera tajante la destrucción de sus arsenales de armas mortíferas de destrucción masiva.
Por otro lado, intereses de alto calado económico impidieron a Francia, Alemania y Rusia otorgar su aval para una nueva Resolución en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que permita una intervención armada contra Irak, o mejor dicho contra el oprobioso régimen de Saddam Hussein quien rige despóticamente aquella nación.
Con este panorama a Estados Unidos y los demás países que le apoyan en su cruzada contra el tirano de Bagdad, se le han cerrado —en palabras del Secretario de Estado, Colin Powell— todas las ventanas de la diplomacia, en una actitud que por parte del alto organismo de la ONU le resta autoridad y prestigio, no porque se pliegue a los intereses norteamericanos o de España o de Gran Bretaña o de los otros países que están unidos en este asunto, sino porque en este caso están siendo utilizados por otros intereses que tratan de atajar la guerra no por razones humanitarias sino por colocarse frente al coloso norteamericano al que el fondo adversan y envidian.
Por eso es hora de alinearse con la verdad, con la razón, en definitiva con quienes quieren liberar al mundo de una amenaza veraz, de una amenaza que pone en auténtico peligro a la humanidad entera debido especialmente a que se poseen armas mortíferas cuyo potencial y daño entrañan un difícil reto que hay que afrontar con decisión y energía.
Así pues en esta tesitura todos los países latinoamericanos que comparten suelo y anhelos con Estados Unidos —incluyendo a Chile y México— deben en esta hora decisiva estar al lado del amigo, de quienes combaten el terrorismo y la incertidumbre, pues en algunos casos por propia experiencia y otros por lecciones ajenas sabemos lo que es dicho flagelo y esa falta de certidumbre que amenaza y coarta seriamente la libertad.
Creo sinceramente que quienes están contra esta guerra, no es porque la adversen por innecesaria y dañina en sí misma, sino por un rancio y obsoleto antinorteamericanismo que late desde hace mucho tiempo en las mentes y pensamientos de algunos intelectuales de izquierda infiltrados en gobiernos y organizaciones de masas, en Europa y en otras latitudes.
Tal vez la guerra contra Irak no goce de popularidad pero sí es necesaria desde todo punto de vista, pues la seguridad mundial está seriamente amenazada por un dictador que se ha visto involucrado en ataques a sus propios vecinos y genocidios con sus propios compatriotas y porque no se puede seguir dando un cheque en blanco a quien no ha dado muestras fehacientes de querer cumplir con las Resoluciones de la ONU.
Todavía tiene unas horas a su favor el régimen de Irak para demostrar que quiere cumplir, que está dispuesto a desarmarse, que está dispuesto a marcharse en bien de su patria, que está dispuesto a sacrificarse en bien de todos los iraquíes Ojalá su Dios, que es Alá, le ilumine y no lance a su pueblo a un innecesario sacrificio en el que morirán miles de personas de ambos bandos.
No estoy a favor de la guerra, pero veo que no queda otro camino, pues la cerrazón de un régimen como el iraquí ha impedido durante más de doce años la solución pacífica de un conflicto que a todas luces podría haberse solucionado por vías diplomáticas. Y de allí nace precisamente su legitimidad para la utilización ahora de las armas para acabar con otras que pueden hacer variar el destino de la humanidad. Hay que recordar los ejemplos de Hitler y otros sátrapas que llevaron al mundo al holocausto y provocaron millones de muertos, por no cortarles a tiempo.
El autor es abogado.