La guerra inevitable

Es lógico que el Presidente de Nicaragua se pronuncie —junto con sus colegas de Centroamérica—, en respaldo de Estados Unidos de Norteamérica ante el dramático trance de la guerra en Irak. En realidad, no sería justo ni ético que a Estados Unidos sólo se le considerase como amigo cuando concede la ayuda económica, pero no cuando debe enfrentar una guerra de agresión del terrorismo global y tomar decisiones tan difíciles que nadie quiere, pero que resultan inevitables, como es la de extirpar al régimen genocida de Saddam Hussein en Irak.

La Carta de las Naciones Unidas dice en el párrafo 4 de su artículo 2 que sus miembros “se abstienen, en sus relaciones internacionales, de recurrir a la amenaza o al empleo de la fuerza, ya sea contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado o de cualquier manera incompatible con los fines de las Naciones Unidas”. Pero la Carta también reconoce el derecho a la legítima defensa (artículo 51), inclusive por medios bélicos, de los Estados que sufren agresiones ilícitas, actuales e inminentes. Y en este caso, la única obligación internacional del Estado que hace uso de la legítima defensa, es comunicar lo al Consejo de Seguridad.

Cuando el presidente estadounidense George W. Bush era candidato presidencial, en el año 2000, dijo en uno de los debates por televisión que Estados Unidos debía mejorar su imagen en el mundo. “En verdad —aseguró Bush—, depende de cómo se comporta nuestra nación en materia de política exterior. Si somos una nación arrogante, se sentirán agraviados. Si somos una nación humilde, pero fuerte, tendremos una buena acogida”.

Ahora bien, ya en el poder el presidente Bush trató de proyectar una imagen si no humilde por lo menos amistosa hacia el mundo, inclusive hacia América Latina, y a ese fin se involucró personalmente en la iniciativa del ALCA y estableció una dinámica relación con el presidente Vicente Fox, de México, el país más cercano a Estados Unidos por el sur y el que más motivos históricos tiene para quejarse de la arrogancia estadounidense.

Y la verdad es que todo iba bien en ese sentido, hasta el 11 de septiembre de 2001, cuando el terrorismo internacional declaró la guerra a Estados Unidos. Con los devastadores ataques contra la población de Nueva York y el Pentágono en Washington D.C. cambió dramáticamente el curso de la historia norteamericana y mundial. Pero el que agredió no fue el gobierno de Washington, sino los terroristas islámicos, que llegaron hasta el interior de Estados Unidos y aprovecharon su ambiente de libertad para agredirlo desde dentro.

De manera que lo menos que podía hacer Estados Unidos era contragolpear al terrorismo, en primer lugar en Afganistán, donde Al Qaeda tenía su guarida principal, para seguir después contra otros estados que, como el de Irak, promueven, financian y albergan al terrorismo.

Ahora le toca el turno a Saddam Hussein, que muchísimas oportunidades tuvo desde noviembre del año pasado cuando el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la Resolución 14-41 para el desarme incondicional de Irak. Es más, la oportunidad la tiene desde 1991, cuando después de la Guerra del Golfo, Hussein se comprometió ante la comunidad internacional a desarmarse en un plazo de 15 días y convertirse en un Estado pacífico e inofensivo.

Pero Irak no cumplió, y, a pesar de que según el artículo 51 de la Carta de la ONU, Estados Unidos puede ejercer unilateralmente su derecho a la autodefensa, por conveniencias estratégicas el presidente Bush buscó el apoyo internacional al mismo tiempo que advirtió que si era necesario actuaría en forma unilateral o con sólo algunos de sus aliados. Y tal es la situación que hay en este momento, después que Francia y Alemania se negaron a respaldar a Estados Unidos en la lucha para obligar a Saddam Hussein a desarmarse por la fuerza, de inmediato e incondicionalmente.

Las consecuencias de la guerra contra el terrorismo en Irak serán sin duda muy costosas y afectarán a todo el mundo, inclusive a Nicaragua. Pero mucho peor sería dejar en la impunidad y ensoberbecidos a Hussein y al terrorismo internacional, y alentados para seguir ejecutando sus diabólicos planes de dominación totalitaria mundial.  

Editorial
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