¿Y después de Saddam Hussein?

Emilio Álvarez Montalván

La estrategia norteamericana de desarmar a Saddam Hussein va en escalada, y en esa medida, separándose peligrosamente de sus aliados tradicionales. Al principio, después de los criminales ataques del 11 de septiembre del 200l el presidente Bush aseguró que su objetivo era neutralizar a Osama Bin Laden, autor intelectual de los atentados terroristas y exterminar a Al Qaeda su red ejecutiva.

Después que los talibanes fueron derrotados en Afganistán y no se halló a Bin Laden, el empeño norteamericano se desplazó a conseguir que el Consejo de Seguridad de la ONU nombrase expertos que descubriesen y destruyesen en Irak armas de extinción masiva, conforme la resolución 1441. En todas esas medidas, los EE. UU. consiguieron una ejemplar unanimidad en el Consejo.

En cambio, cuando Hans Blix y Mohamed AlBarain reportaron no haber hallado en Irak armas prohibidas, y que habían recibido cooperación, el gobernante norteamericano comenzó a distanciarse de sus compañeros del Consejo, al declarar unilateralmente que intentaría derrocar a Hussein con una guerra preventiva, consiguiendo o no el aval de Naciones Unidas.

Esta jactancia provocó manifestaciones multitudinarias antibélicas en todo el mundo. Asimismo, Koffi Annan y Juan Pablo II advirtieron que una guerra sin la autorización de la ONU no seria justa ni legítima.

Lo último en el empeño del gobernante norteamericano de acabar con el terrorismo globalizado fue su anuncio de iniciar, una cruzada democratizante en la región del medio Oriente una vez alcanzada la victoria. Esto me recuerda las guerras entre culturas diferentes, pronosticadas para el siglo XXI por Toynbee y Huttington, que según ellos serán más feroces que aquellas a que nos tienen acostumbrados las grandes potencias.

Este desplazamiento consecutivo de objetivos cada vez más amplios por EE. UU., implican la persecución de mayor poder disuasivo, sólo se explica por la pérdida de confianza del gobierno y ciudadanos estadounidenses en su invulnerabilidad frente a agresiones externas, que nunca antes sufrieron. El presidente Bush cree que sólo acaparando más fuerza (que sólo ellos podrían otorgarse) puede garantizar la seguridad nacional. Eso explica que su diplomacia no se haya preparado para enfrentarse al día en que necesitarían del voto de los demás. Descuidaron así involucrarse en la pacificación del sangriento conflicto judeo-israelita y en proseguir la negociación del Tratado de Migración con México. O sea: “lo que es bueno para Norteamérica debe serlo para todos”.

Es una arrogancia rechazada por Francia, Alemania, Rusia y China, que ejercerían veto en el Consejo de Seguridad. Tampoco lograron los nueve votos para aprobar la resolución washingtoniana. Más bien, la opinión mayoritaria es enviar más investigadores y por mayor tiempo a Irak, con demandas concretas y plazo determinado, como lo propuso Gran Bretaña y Chile .

Otra incongruencia es la tolerancia estadounidense con Irán y Corea del norte, ambas listas con mísiles atómicos.

Después de tanta frustración de la diplomacia norteamericana, se explica la promesa de Bush en la Cumbre de las Azores de reestructurar Naciones Unidas.Termino afirmando que lo grave del conflicto con Irak es que ha dividido a las potencias occidentales, y con ello la efectividad de Naciones Unidas.

El autor es analista político.  

Editorial
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