- La decisión de Estados Unidos de desarmar por la fuerza al régimen dictatorial de Saddam Hussein es una combinación del temor a la amenaza terrorista, a las armas de destrucción masiva, así como su supuesto deseo de fomentar la democracia en el estratégico Medio Oriente. Y un conflicto armado supondrá la aplicación de la novedosa “doctrina Bush”: neutralizar de manera preventiva lo que sea considerado como una amenaza a su seguridad
Alberto L. Alemá[email protected]
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El mundo es testigo de la mayor división política de Occidente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, ante el deseo de Estados Unidos de desarmar a Saddam Hussein, y por su rechazo, pero una más que probable guerra en Irak también será la aplicación práctica de la doctrina de los golpes preventivos a quienes amenacen la seguridad de la superpotencia, o “doctrina Bush”.
Esta nueva concepción estratégica, formulada después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, prevé el uso de todos los medios necesarios, incluyendo la fuerza, para destruir cualquier amenaza a la seguridad, la economía o la población de EE.UU. antes de que ésta se materialice.
El caso ha sido construido alrededor de tres argumentos principales: Irak es una amenaza real a Washington y al mundo por su posesión de armas de destrucción masiva; por sus vínculos con terroristas de Al Qaeda, a quienes puede suministrar esas armas de tipo biológico, químico o nuclear; y es necesario hallar una solución a los problemas del Oriente Medio, fomentando la democracia en la región. Destaca la conexión con el conflicto palestino-israelí, el foco de inestabilidad más importante del planeta. Librarnos de Hussein, ayudará a concertar la paz entre palestinos, árabes y judíos, cree el presidente George W. Bush.
Washington también cuenta con la esperanza de que un desenlace favorable –como probablemente será– en la guerra, propicie este reordenamiento de Oriente Medio de un modo favorable a sus intereses estratégicos. Así lo declaró el Secretario de Estado, Colin Powell, ante un comité del Senado.
El dictador de Irak, Saddam Hussein, tiene muchos antecedentes que atestiguan su condición de elemento peligroso.
Hussein empleó armas químicas contra sus vecinos y en contra de su propio pueblo. En la guerra con Irán (1980-1988), las tropas iraquíes usaron con profusión sustancias químicas; gases neurotóxicos fueron usados en la misma década contra los rebeldes separatistas kurdos en el norte iraquí, aniquilando a aldeas enteras, a miles de niños, jóvenes y adultos en cuestión de minutos.
Las potencias occidentales (EE.UU., Francia, Alemania, Reino Unido) y la ex Unión Soviética cargan con una enorme responsabilidad por esos “logros” de Hussein, por proveer a Bagdad con armas convencionales, con asistencia técnica y materiales para la construcción de arsenales químicos y biológicos, ya sea a través de lucrativos contratos con empresas privadas o ayuda gubernamental.
LA TORTILLA SE VOLTEA
El cambio de la actitud de Estados Unidos tuvo lugar en 1990. El 2 de agosto, una fuerza invasora de 100,000 hombres entra a Kuwait y se apodera del pequeño país. Posteriormente, Hussein proclama a Kuwait la decimonovena provincia de Irak, anexándolo. El Consejo de Seguridad de la ONU condena el acto violatorio del Derecho Internacional y ordena la salida de las tropas iraquíes. Hussein desafía a la comunidad internacional.
En una asombrosa campaña diplomática, el presidente George H. Bush (padre del actual mandatario) construye una amplia coalición internacional que cuenta con el consenso de todas las demás potencias –inclusive de la Unión Soviética–, la mayoría de las naciones árabes y muchos Estados más en un punto: Irak debe salir de Kuwait.
Fuera de consideraciones morales, la brutal conquista del gobernante iraquí conlleva un peligro estratégico: Hussein, ya contando con el control del 10 por ciento de las reservas mundiales de petróleo, se apoderó de otro 10 por ciento, y su influencia en la política mundial ha crecido. Además, amenaza a Arabia Saudita, el mayor productor mundial petrolero, el principal abastecedor de EE.UU. y un aliado clave en la región.
Tras una sorprendente campaña de mes y medio, EE.UU. y los aliados, expulsan o hacen prisioneras a las tropas de Hussein, destruyendo una parte importante de su potencial militar. La ONU aprueba numerosas sanciones que impedirán que Hussein reconstruya su poder bélico. Y muy importante: la ONU resuelve que Irak debe destruir sus existentes arsenales de armas de destrucción masiva, sus sistemas de misiles, y pagar reparaciones a Kuwait. (Resolución 687 del Consejo).
Entre 1991 y 1998, trabajan inspectores de armas de las agencias de la ONU, la AIEA (Agencia Internacional de la Energía Atómica) y la UNSCOM (otros tipos de sustancias). Los inspectores destruyen armas prohibidas y la mayoría de sus sitios, descubren que de haber continuado su programa nuclear, Irak podría conseguir una bomba en 1992.
EE.UU. y sus aliados afirman que Irak posee aún materiales químicos y biológicos no declarados –dada la anterior negativa a dejar entrar a los inspectores a los palacios de Hussein–. Un estudio independiente británico concluyó que el país árabe tiene capacidad humana y técnica suficiente para crear una bomba atómica pero carece de materiales de fusión.
Desde diciembre pasado, los inspectores trabajan otra vez en Irak y en tres informes distintos, sus jefes han reportado modestos progresos de cooperación iraquí, como la destrucción de los misiles Al-Samud 2, pero sostienen que Bagdad debe cooperar más.
PROTEGIENDO LO SUYO
Las restantes potencias, Alemania, Francia, Rusia y China están en desacuerdo con una guerra. Optan por desarmar pacíficamente a Hussein a través de más inspecciones. Poderosos motivos económicos alientan su posición, fuera de un genuino de deseo de paz. Entre 1997 y 2001, Bagdad firmó acuerdos de explotación petrolera con compañías rusas, francesas y chinas para inversión petrolera, aprobados por la ONU, por un valor de 5.48 billones de dólares. Además, Irak ha concedido a firmas rusas una licencia para explotar el campo petrolero de Qurna, con reservas estimadas que bordean los 20 billones de barriles. Un trato similar ha sido hecho con compañías francesas, pero en ambos casos no ha habido ejecución.
«AGUA BENDITA» PARA EL DIABLO
En el mundo bipolar de la Guerra Fría, Saddam Hussein, un tirano laico, fue visto como un bastión frente a la expansión del temido fundamentalismo islámico, cuyo diablo mayor era entonces Irán (desde 1979) y su gobierno teocrático que juraba luchar contra el Gran Satán (EE.UU. y Occidente) y amenazaba los intereses occidentales en el volátil Oriente Medio.
Estados Unidos apoyó a su régimen, siguiendo el principio de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Irak fue borrado de la lista de los países que patrocinan el terrorismo, recibió créditos agrícolas e incluso recibió datos de satélite sobre las posiciones de las tropas iraníes durante la guerra, afirma Michael T. Klare, un experto norteamericano en seguridad.
Actuales miembros de la Administración, como el secretario de Defensa , Donald Rumsfeld y el vicepresidente, Dick Cheney, viajaron a Bagdad como emisarios del presidente Ronald Reagan en los ochenta.
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