Rosario Vílchez de Martínez
Quiero recordarle a los gobernantes, legisladores, procuradores, magistrados, ministros, jueces y alcaldes, quienes administran por cierto período los caudales morales, económicos y sociales del pueblo, el juramento que hace un año hicieron ante Dios y la Patria.
Gobernar es un privilegio que Dios concede a alguno de sus hijos, pero conlleva enormes responsabilidades. Hay que administrar procurando el bienestar de todos, en especial el de los menos favorecidos. El gobernante debe rogar al Señor que le guarde de la soberbia, un mal que ataca a quienes ostentan posiciones de poder y que es la causa de tantos males. Los legisladores deben emitir leyes que favorezcan al pueblo, no a sus partidos políticos como hasta hoy se ha hecho.
Invito a los servidores públicos a que al retirarse al descanso, en el silencio de la noche, cuando sólo su conciencia los acompañe, se pregunten si están cumpliendo con el juramento. Hay hospitales que carecen de medicinas y el pueblo paga las consecuencias. Escuelas sin medios para proporcionar el desarrollo intelectual de los jóvenes. Profesores y enfermeras que devengan salarios de hambre. Cárceles repletas de robagallinas, pandilleros y drogos mientras los roba-millones evaden la justicia. La canasta básica está por las nubes y los legisladores obstaculizan al gobernante electo.
¿Pretenden ellos que don Enrique haga milagros? Saben bien que recibió las arcas vacías. ¿Dónde estaban los diputados cuando se aprobaban tantos compromisos económicos? Les pregunto porque en su mayoría son los mismos de gobiernos anteriores los que ocupan hoy los mullidos asientos en la Asamblea y en ese entonces no presentaron resistencia.