- ¿A dónde va este país sureño que una vez fue la séptima economía del mundo y hoy está embargado por la pobreza?
Norma Domínguez (*)ESPECIAL PARA LA PRENSA
BUENOS AIRES.- El caso argentino, que otrora supo capturar todas las miradas de los analistas y pensadores del primer mundo, ha salido de escena. No porque se haya terminado la crisis ni mucho menos, sino porque la sección de internacionales —o “el mundo”, según gusten titularla los respectivos editores— está acaparada casi en su totalidad por la posible guerra contra Irak.
Sin embargo, vale la pena preguntarse hacia dónde va la Argentina, ese país austral que alguna vez ocupó el séptimo lugar en la economía mundial y que hoy sus índices de pobreza causan escalofríos y sus perspectivas, desconcierto y miedo.
EL ESCENARIO ECONÓMICO
En medio de un escenario preelectoral que no logra tomar formas definidas, la administración del presidente Eduardo Duhalde intenta contener una pobreza que bate récord históricos: según los datos oficiales dados a conocer recientemente por el gobierno, al mes de octubre de 2002 la pobreza ya afectaba al 57.5 por ciento de la población y la indigencia trepaba al 27.5 por ciento. Considerando que la tendencia no se ha revertido, cabe la pregunta sobre si estas cifras tienen hoy dimensiones más abultadas.
La salida desordenada de la convertibilidad que rigió la economía nacional durante más de una década, tiene costos aún más destacables como la falta de seguridad jurídica que ahuyentó a varios inversores extranjeros que se habían asentado en el país durante la década dorada del uno a uno.
Con más de 6,000 puntos básicos de riesgo país, no hay dudas de que para las empresas extranjeras la palabra argentina también se ha devaluado. Mientras que entre 1995 y el 2000 la Argentina acaparaba el 17 por ciento de las preferencias en inversiones extranjeras, en 2001 —antes aún de la devaluación— las cifras de la CEPAL indicaban que el país había registrado la mayor baja de la región llegando apenas al 4 por ciento. También un trabajo divulgado en septiembre de 2002 por la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), preveía para ese año una caída de la inversión extranjera directa (IED) del 70 por ciento.
LAS CUASIMONEDAS
Lecops, lecors, patacones, federales, quebrachos, cemis, huarpes, son algunos de los nombres de las distintas monedas (bonos) que han emitido las provincias argentinas para afrontar sus pagos. En el territorio nacional circulan 14 “cuasimonedas” distintas, además del peso, que son el resultado de la bancarrota del Estado y de la imperiosa necesidad de los entes públicos de seguir afrontando sus pagos.
Aún cuando el FMI viene exigiendo desde el inicio de las negociaciones la eliminación de estos bonos, desde el Ministerio de Economía aseguraron hace pocos días que el tema quedará pendiente para el próximo gobierno. Lo máximo que se logró en el reciente “mini-acuerdo” alcanzado entre los negociadores argentinos y el Fondo a mediados de enero, fue el compromiso de las provincias de no seguir emitiendo estos bonos. Al respecto, el ministro de Economía, Roberto Lavagna dijo a los medios que “en el acuerdo con el FMI no se explicitó el rescate de las cuasimonedas”, aunque afirmó que continuarán estudiando la forma en que dejarán de circular.
La eliminación de las cuasimonedas es un tema de vital importancia. No sólo porque en algunos distritos —como en la provincia de Entre Ríos, los “federales”— los bonos locales cotizan en el mercado a un 50 por ciento de su valor nominal generando grandes protestas entre los empleados estatales que cobran sus haberes en esos papeles (sufriendo una disminución directa de sus ingresos, producto de la pérdida del poder de compra de estos medios de pago en comparación con el peso), sino que además genera un circulante ficticio que en algún momento deberá rescatarse para que en 2003 los distritos lleguen al equilibrio fiscal.
EL DÓLAR
La depreciación del peso con relación al dólar del 250 por ciento entre fines de 2001 y fines de 2002 generó un importante aumento en el precio de los bienes transables, en particular en los alimentos.
También generó un aumento de las exportaciones y, por propiedad transitiva, ayudó a engrosar los fondos del Banco Central de la República Argentina (BCRA) mediante las retenciones, causando una ficticia sensación de recuperación.
La Argentina hoy no tiene moneda. Todavía sigue mirando con nostalgia al dólar y desde el gobierno especulan con los valores de la divisa estadounidense.
Las fluctuaciones son demasiado grandes: por estos días cotiza en el valor más bajo de los últimos nueve meses a 3.13 pesos por unidad, mientras que hace seis meses tocaba su techo de 3.95.
Muchos ciudadanos, por recuperar algo de lo perdido con la devaluación, o el corralito, o el corralón, o los bonos, resultan perdiendo más que ganando: hubo quienes mientras la moneda estaba en alza compraron dólares a un valor elevado, y luego, debido a la falta de pesos, los revendieron a mucho menor precio, con una pérdida en muchos casos de hasta el 20 por ciento.
Como consecuencia de la escasez de demanda de dólares de los últimos meses, banqueros y operadores de cambio coinciden en que el dólar podría haber caído más si no fuera por las permanentes intervenciones del BCRA.
En este contexto, y a menos de tres meses de las elecciones, empresarios y financistas se debaten sobre cuál es la mejor forma de superar la transición: las altas tasas de interés a plazos cortos, las acciones o el dólar. En esta última alternativa piensan refugiarse varios, ya que no descartan nuevos sobresaltos, aún cuando estiman que el valor del billete verde oscilará entre los 3,50/3,60 pesos gracias a las reservas que garantizó el Central durante el último período.
CORRALITO, CORRALÓN Y OTRAS YERBAS
Cuando el 30 de noviembre de 2001 salieron del sistema bancario alrededor de 4 mil millones de dólares y se desató una corrida que amenazaba con llevar a la quiebra a la mayor parte de los bancos que operan en Argentina, el entonces dúo gobernante Fernando De la Rúa- Domingo Cavallo se vio obligado a tomar la medida más impopular de la que se tuviera memoria: la bancarización forzada de la economía, inmovilizando los depósitos, prohibiendo transferencias al exterior, imponiendo el uso de cheques y tarjetas de crédito a la totalidad de la población y limitando el retiro de efectivo de los bancos a 250 pesos (todavía dólares) por semana.
Así nacía el “corralito” que vio su fin, después de un año de padecimientos y leves flexibilizaciones, el 2 de diciembre del año pasado. A partir de ese día, se eliminaron todas las restricciones para retirar dinero en efectivo de cuentas corrientes y cajas de ahorro.
Pero los pesares de los ahorristas argentinos no terminaron: más de 400,000 titulares de plazos fijos siguieron (y siguen) sufriendo por sus ahorros atrapados en el “corralón”, que involucra a más de 18,000 millones. Estos depósitos reprogramados y pesificados, comenzaron a devolverse en enero, según cronograma pactado por el gobierno pero no compensó las pérdidas de la devaluación.
Mientras luchan por redolarizar sus depósitos, los implicados se debaten entre dos alternativas: 1) retirar su dinero ahora convertido en Cedros (el bono con que el estado devuelve los fondos), con un dólar a poco más de 3 pesos y aplicando el Coeficiente de Referencia (CER – 41,40 por ciento) donde quienes depositaron dólares recuperarían el 64,21por ciento de sus ahorros y perderían el 35,79 por ciento; 2) dejar sus Cedros en el banco y apostar a que el dólar siga bajando y la inflación suba esperando que sus depósitos en pesos ajustados por el CER alcancen el valor original en dólares con el tiempo.
Las “otras yerbas” tienen que ver con el tema de las tarifas de los servicios públicos privatizados y el nuevo discurso de reestatización que promete una vuelta al pasado.
Tras un año de congelamiento tarifario y desconocimiento de los contratos de concesión, las empresas de servicios, hoy en manos extranjeras, vienen ejerciendo toda su presión para reajustar las tarifas. En medio de una pulseada permanente entre el Gobierno (que decreta los aumentos a efectos de ganarse la confianza del FMI) y la Justicia (que bajo presión de los organismos de defensa al consumidor, demora la resolución acerca de la validez de los aumentos de tarifas del Gobierno), los reajustes no terminan de definirse y avivan el sentimiento populista de los candidatos presidenciales.
EL “MINI” ACUERDO Y LA “MALDITA” DEUDA
El reciente acuerdo alcanzado por el Gobierno con el FMI hace pocos días, en realidad se limita a “facilitar” la posibilidad de negociar la salida del default, permitiendo reacomodar los plazos de los vencimientos hasta después de agosto, cuando el heredero de Duhalde ya se esté en el poder. Hoy la deuda pública total asciende a U$S 115,000 millones y la privada oscila alrededor de los U$S 114,000.
La duda es quién de los cinco candidatos que aparecen en el escenario como posibles presidenciables será el elegido para tamaña tarea. Los entendidos estiman (aunque muchos no se atreven a decirlo abiertamente) que tres hombres del peronismo son quienes mayores probabilidades tendrían de heredar el desafío, en este orden: Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá y Néstor Kirchner. Elisa Carrió y Ricardo López Murphy aparecen con posibilidades, pero menores.
LA GRAN INTERROGANTE
Una gran apuesta y una gran pregunta quedan flotando en el ambiente de caos y descontento que reina en la Argentina. La gran apuesta es que todos coinciden en que el ex presidente Carlos Menem es el único que tendría el talento suficiente para alinear al escindido Partido Justicialista y alcanzar la gobernabilidad en tan repartido escenario.
La gran pregunta es quiénes serán los que se enfrenten en una casi segura segunda vuelta, y si ganase alguno de los otros candidatos que no satisfagan las demandas del aparato peronista (hoy mayormente bajo el control del presidente Duhalde, archienemigo de Menem) cuál es el as en la manga que Eduardo Duhalde prepara.
Tal vez, y sólo tal vez, el actual Presidente sueñe con retornar al poder como el salvador que ¿controló la crisis?, “operativo clamor” mediante.
RETOS DEL PRÓXIMO GOBIERNO
Así las cosas, no quedan demasiadas dudas de que los problemas de fondo de la economía argentina han sido pateados para adelante.
Será la próxima administración la que deberá atender con urgencia la agenda económica que comprenderá, entre otras cosas, la eliminación de las cuasimonedas, la revisión de las privatizaciones, la renegociación de la deuda interna y externa (pública y privada), la respuesta a los ahorristas, el ajuste de las tarifas de servicios, la recomposición salarial de los trabajadores, el ajuste de la administración pública, la respuesta a los deudores hipotecarios y el fortalecimiento de la desprestigiada moneda nacional.
* Periodista argentina, Editora de Contenidos de Nueva Mayoria.com