Los petroprecios y la petroguerra

Rómulo Sánchez Leytó[email protected] Todo lo que ha sido creado por el hombre y se mueve a más de 40 kilómetros por hora, lo hace gracias al petróleo. Sin duda alguna el precio del petróleo es el más importante del mundo. Es tal su significado, que frena o aumenta, el crecimiento de la economía. Treinta años […]

Rómulo Sánchez Leytó[email protected]

Todo lo que ha sido creado por el hombre y se mueve a más de 40 kilómetros por hora, lo hace gracias al petróleo. Sin duda alguna el precio del petróleo es el más importante del mundo. Es tal su significado, que frena o aumenta, el crecimiento de la economía. Treinta años después de la primera crisis del petróleo, la economía mundial es más dependiente que nunca de los suministros de crudo.

La cosa es paradójica, según cálculos por cada nuevo dólar que generan las economías desarrolladas se consumen 40 por ciento menos en petróleo que en los años setenta. El sustento fundamental es que cada vez las empresas de servicios y datos, están menos condicionadas al consumo de petróleo. Sin embargo, es difícil creer que una subida de los precios sería menos dañina que en el pasado. Ya a principios del 2001 el crecimiento de los precios comenzaban a “envenenar” la economía y se vislumbraba la recesión.

Hay quienes sostienen, que no fue la Internet la causante del extraordinario crecimiento de la economía, sino los bajos precios del petróleo. El Premio Nóbel, J. Stiglitz, ha pronosticado una crisis económica mundial, si se desata la guerra en Irak tan violenta como en los años setenta. Una aseveración que no es paranoica. La economía mundial se “alimenta” del petróleo. En Alemania se depositan a 1,800 metros de profundidad reservas de petróleo para 90 días. Unas 400 mil toneladas de crudo que pueden ser usadas en caso de necesidad. Sea esto por guerra o un ataque terrorista. En los países pobres las reservas de crudo no se resguardan con tanto celo, ni son tan voluminosas. Los efectos serían destructores.

Por otra parte, es de esperarse que las grandes refinerías han hecho descender drásticamente sus reservas de petróleo. De esa manera se ahorran el costo de almacenamiento. Además, un crudo barato no resistiría equilibrar el impacto de elevados precios. Si el precio del petróleo sube, la energía se vuelve cara y sin energía no se mueve nada. Da igual, que éstos sean autos, máquinas impresoras, software, servicios como los que prestan los buses en Nicaragua, pollos, gallopinto y hasta los nacatamales. Ni las tortillas se podrían hacer si no hubiera gas y kerosén. En última instancia, hasta hoy todo lo que produce el ser humano, se genera en base a dos cosas: trabajo y energía. Ni Smith, ni Marx se equivocaron en eso.

En el ámbito de la economía, el petróleo tiene un monopolio casi absoluto. Las mercancías llegan y viajan en aparatos que se mueven por él. Los juguetes de los niños nos llegan en camiones de los países vecinos, por transporte aéreo o en barcos. La mayoría se traslada a sus centros de trabajo, en la industria, la agricultura o en los servicios, con gasolina o diesel. Si se hacen vacaciones, se toman medios que son impulsados por la energía producida por el petróleo. Ni los esnobismos como sociedad del conocimiento, y la nueva economía, serían posible, sin la “droga negra”.

El precio del hidrocarburo determina el bienestar y la prosperidad de muchos países. En otros se considera la causa que corrompe y obstaculiza el bienestar de los ciudadanos. La maquinaria de la guerra se mueve con el petróleo y por el petróleo. Vivimos en la edad del hidrocarburo. Quien tiene capacidad de decidir sobre el precio de éste, es omnipotente. Tiene mayor poder que los presidentes de bancos centrales, los ministros de finanzas y los jefes de las transnacionales.

En el precio del petróleo el mercado no tiene misa si no lo determinan la estrategia, los acuerdos y los convenios. La oferta se puede reducir de manera artificial por los miembros de la OPEP, fundamentalmente por Arabia Saudita y los restantes cuatro miembros del Golfo. El lograr coordinarse ha permitido que esta materia prima goce de buenos precios a nivel mundial. Esto no ha sucedido con otras materias primas, que a la inversa sus precios se han reducido sustancialmente por la dispersidad de los que proveen a los países desarrollados. Mientras tanto, el petróleo sigue dando ganancias. La OPEP es hoy más poderosa que nunca y las perspectivas es que su poder crezca. Actualmente esos países poseen 80 por ciento de las reservas que son explotadas de manera favorable. Esa magnitud podría crecer.

Para disminuir esa dependencia los países desarrollados han recurrido —cuando se tienen— a sus reservas internas. El problema es que cada vez se puede bombear menos cantidad. Si se mantienen los niveles de explotación actuales las reservas noruegas y británicas alcanzan para ocho años. Las estadounidense unos once años, de ahí que los países del Golfo tengan un significado económico creciente. Irak es sobre todas las cosas, para Bush, un objetivo económico y geoestratégico vertebral. Controlar las segundas reservas de hidrocarburos del mundo. Eso ya no es necesario ocultarlo ni para los mismos estadounidenses. Tanto poder no puede estar en manos de un dictadorzuelo.

El desenlace de la guerra en Irak podría desencadenar escenarios de pesadilla y desastres inconmensurables. Se podrían incendiar los pozos en Arabia Saudita. Los terroristas saldrían a la caza de las refinerías en suelo estadounidense, en Holanda e Inglaterra. Se ataca el palacio de Saddam y los depósitos subterráneos de petróleo se incendiarían en la geografía del Medio Oriente. El infierno podría ser incontrolable.

Como se vive en una economía virtual, no hace falta que eso se haga realidad para mostrar los efectos. El petróleo se negocia en la bolsa. En el mercado de valores, ahí la oferta y la demanda son pamplinas. Los precios lo establecen las expectativas, las suposiciones y hasta las probabilidades.

Tantos las grandes transnacionales del petróleo, los grandes vendedores de gasolina y otros derivados, así como los bancos inversionistas, parten de una pronta y fugaz guerra en Irak. Eso ya ha llevado a los precios del petróleo a superar la barrera de los 30 dólares. Si la guerra no sigue el curso que han planificado los expertos del pentágono, el precio del “oro negro” será elevado, superaría los 70 dólares y más. Los especulantes de la ganancia se encargarían de acelerar esa espiral.

Una petroguerra podría significar la perdida de millones de puestos de trabajo en Europa, Estados Unidos y Japón. Si las ventas del petróleo han financiado el terrorismo, también se han comprado tanques británicos, armas y bombas estadounidenses con petrodólares. El dilema de la guerra sale sobrando, es más determinante el megaimperio, la “hiperpotencia”. La negativa de Alemania y Francia de apoyar la guerra, les amenaza de ser “irrelevantes” e ignorados. Pueden sufrir sanciones comerciales. El agua y el vino francés están en la lista. ¿Quién necesita un Mercedes Benz o un BMW en New York? No hay solución intermedia: en la petroguerra estás conmigo o contra mí, con Dios o con el Diablo. Aquí no se admite el contrapoder, ni existen ánimos de competir con rivales.

El autor es doctor en Economía.  

Economía

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