Mirna Velásquez [email protected]
Una vez a la semana, María Valverde se alista para ir al Registro Civil de las personas para ganarse ochenta córdobas con la venta de timbres fiscales, requisito indispensable para hacer trámites en esa entidad.
En la oficina de la Administración de Rentas, un timbre puede adquirirse en cinco córdobas, pero comprárselo a María cuesta ocho.
“Es para adquirir el pan de cada día. El que quiere lo compra, o si no, va a la Administración de Rentas”, dice María, tras explicar que la oficina de Rentas está a una distancia considerable del Registro.
A las afueras de éste, cada semana llegan cinco vendedores de las estampillas o timbres. Cada uno de ellos tiene “su día”, es decir, están organizados.
“Tenemos entre diez y nueve años de estar aquí. No tenemos problemas con el público porque nosotros le decimos que el timbre fiscal vale cinco córdobas pero nosotros lo damos en ocho y a veces hasta en seis”, agregó.
Además de dedicarse a ese trabajo, cada vendedor o vendedora realiza otra actividad. María lava y plancha “cuando no me toca el turno en el registro”, dice.
Pero otro de los servicios que estos vendedores prestan a la gente —secretamente— es la agilización de los trámites, a través de sus influencias con funcionarios del Registro.
Si la hora de cerrar en esta oficina se acerca, normalmente indican volver al siguiente día para concluir la diligencia.
Sin embargo, estos vendedores esperan afuera, pacientemente, para “ayudar”, a cambio de que les paguen algo.
“Si está a mi alcance yo ayudo, orientamos a la gente lo que tiene que hacer. Nos llevamos bien con los funcionarios de adentro, pero no hay malas maniobras. Queda en dependencia de la persona si acepta o no el servicio”, comenta María.
Después de un tiempo prudencial, los funcionarios del Registro acceden a pasarse del horario y estampan su firma, que es tan necesaria como el timbre, y el trámite puede conseguirse sin mayor problema, a través de los vendedores de “afuera”.