Magdalena de Rodríguez*
Por más de medio siglo lejos de aquel Sol y de aquel mar de Occidente, con breves y esporádicas visitas a la tierra natal, se siente el imperativo de ir en peregrinación a recorrer templos y tumbas que uno sueña inmutables, una vez idos para siempre los parientes mayores, los ancestros, rendidos a la eternidad.
Sin embargo, sólo permanecen inalteradas las tumbas, porque los templos como sufren los embates sacrílegos del mal gusto de quienes debieron ser guardianes celosos de nuestros tesoros sagrados.
La Catedral de León con su hermosísima pátina casi borrada por una horrible mano de pintura. La Recolección embijada de un color entre yema de huevo y zapotillo de calentura, y la igualmente centenaria, Basílica de El Viejo, consagrada a la veneración de Nuestra Señora del Trono. Virgen de Concepción, frontis, torre y almenas, embadurnadas de blanco, borrada también su pátina de siglos… y algo peor aún, las puertas y ventanas, ayer venerables, vetustas, enmarcadas en un ofensivo rojo.
Hace un tiempo, humildemente, insinuábamos a los directores de los seminarios la inclusión de uno a dos cursos de historia del arte sacro en el pénsum de los futuros sacerdotes, basándonos en una carta de S.S. Juan Paulo II, dirigida a los religiosos con justa y oportunas recomendaciones sobre la preservación de las obras de arte sagrado, patrimonio de todos los cristianos, de toda la humanidad.
Que los talibanes tumbaran con dinamita y tractores sus budas gigantes es doloroso y terrible para el mundo, pero más doloroso, más punzante para un católico mirar burlados sus más entrañables recuerdos estéticos y místicos por el caprichoso gusto a go-go de algunos consagrados. También nuestra Catedral de Estelí, menos antigua que las otras, aunque hermosa en su modernidad y sencillez, ha sido mancillada en la integridad de su estilo, cuando le han adjuntado al lado del presbiterio una construcción que rompe la vieja sobriedad y armonía de su estructura y las puertas que hacen juego con el artesano del techo han sido pintadas de rojo.
Es lamentable que nuestros respetados y amados pastores no tomen en cuenta la opinión de personas entendidas en cuestiones artísticas a la hora de emprender trabajos de remodelación en templos confiados a su administración. Necesaria es la restauración de esas reliquias, pero perseverando su integridad y belleza.
No hay que pintar los exteriores de los templos, se debe conservar en ellos esa hermosura, ese señorío que les regala el paso del tiempo. Hasta el Señor Jesús desde la Sion Celestial debe fruncir el ceño ante la inundación del protecto, de la sur, corona, qué más da, todas las marcas de pintura elaboradas para cubrir el manoseo de casas de cine, bares y almacenes, pero que en mala hora borran el bello roce de los elementos en los añejos muros de los templos.
* La autora es profesora.