Jorge Eduardo Arellano*
El pasado 20 de enero, en el acto de clausura del Primer Simposio Internacional: “Rubén Darío y su vigencia en el siglo XXI”, el honorable Consejo Municipal de León me declaró su Hijo Dilecto, en reconocimiento a mis estudios sobre las tradiciones y valores de la Atenas Centroamericana, la más culta y pensante de Nicaragua. Soy ya, pues, oficialmente leonés; pero lo que se ignora —y hoy lo confieso en público— es que más de una gota de sangre Sacasa —acaso el apellido más ilustre de la ciudad— corre por mis venas. Así lo reconocía el genealogista Esteban Duque Estrada, hoy ausente del país, al recordar que don Narciso Arellano, mi tatarabuelo, matrimonióse con doña Luisa Chamorro Sacasa. Y así ya lo había constatado el suscrito en el Diario íntimo de don Enrique Guzmán, donde éste consigna que el presidente don Roberto Sacasa (1889-1893) se hospedaba en la residencia granadina de su deudo, amigo y partidario político don Faustino Arellano Cabistán, mi bisabuelo.
Más aún: entre los familiares de los Arellano figura un abogado leonés de mediados del siglo XXI: el licenciado don Fernando Sequeira Luna, quien casó con doña Luz Arellano Chamorro, y cuya hija, Luz Perfecta Sequeiro Arellano, se unió en matrimonio con el hermano de su madre, o sea su tío carnal: el ya citado don Faustino. De estos cruces, remontados a un natural de León —Sequeira Luna, por cierto de origen sefardí— procedo con mis demás cómplices de parentalia. Por tanto, como nicaragüense integral, estoy vinculado a familias de las dos ciudades fundadoras de nuestra nacionalidad.
Si los anteriores datos me relacionan con la leonesidad, este otro me vincula al dariísmo, es decir, al culto diario y profundo que le profeso —y lo he materializado desde 1966, año de la publicación de mi primer ensayo “Darío y los jesuitas”— a nuestro Rubén. Cuando al doctor David Arellano Sequeira, mi tío abuelo y entonces Ministro de Educación Pública, le preguntó un periodista en 1917 acerca de sus preferencias literarias dijo:
—Como mi padre, soy un gran admirador de Rubén Darío.
He ahí el testimonio más antiguo de mi relación familiar con el dios tutelar de los nicaragüenses, al que he consagrado incontables desvelos, vigores y rigores, los cuales fundamentaron el otorgamiento del pergamino de HIJO DILECTO de León, como también el haber dado a nuestra ciudad viril, en centenares de escritos, el lugar que le corresponde “como ciudad rectora del pensamiento de nuetra Patria”
Este reconocimiento es justo, y como no va conmigo el ejercicio de la falsa modestia, reitero mis sinceras gracias a los miembros del citado Consejo Municipal, en las personas del Alcalde Denis Pérez Ayerdis y del Vicealcalde Benjamín Barreto Baca, y sobre todo a su gestora: la dinámica oratriz e intelectual María Manuela Sacasa de Prego, respetada por los ricos y admirada por los pobres, artífice del referido Simposio Internacional, incansable promotora cultural y motor —o, más bien, motora— de la reactivación artística y cultural de León.
Por otro lado, el 5 de febrero se me notificó en el Instituto Nicaragüense de Cultural, que el poemario de factura reciente “La camisa férrea de mil puntas cruentas” había obtenido el Premio Nacional Rubén Darío 2003, superando a 56 originales. Y ello no me sorprendió: fueron concebidos y ejecutados sus textos con toda la experiencia y los dones que he recibido del Colochón. Numerosos amigos y amigas me felicitaron y, realmente, sentí un halo de plenitud que, por lamentables circunstancias, no tuvo mi predecesor en el Premio: Pablo Kraudy, otro dariísta y profesional historiador de las ideas con su ensayo: “Modernidad, democracia y elecciones en Rubén Darío”, obra ganadora en marzo del 2001 (en el siguiente año por la agitación eleccionaria el Premio no fue convocado). Pues bien, a Kraudy no le pagó el premio ni editó el libro la administración del licenciado Clemente Guido . Y fue la actual del doctor Napoleón Chow, la que se lo hizo efectivo en córdobas devaluados, naturalmente. Por lo demás, el suscrito —a solicitud de su autor— asumió su edición en septiembre de 2001.
Estos hechos deben ser conocidos por la opinión pública, ya que ilustran la grandeza y miseria de la lucha por la cultura en el país. Sin embargo, soy optimista. Ya la Alcaldía de León, ante el inusitado éxito obtenido, institucionalizó los simposios internacionales rubendarianos y el Instituto Nicaragüense de Cultura, a través de ese líder del mecenazgo cultural de Nicaragua que es Ramiro Ortiz, ha asegurado su dotación para los próximos años.
* El autor es escritor, miembro del Consejo Editorial de
LA PRENSA