Rolando Flores
Tuvo que darse un trágico atentado terrorista en el corazón de Nueva York, para que Estados Unidos trazara en el mundo el llamado Eje del Mal, en torno al cual giran Irak, Irán y ahora Corea del Norte.
El primero, por el apoyo que el régimen de Saddam Hussein otorga a varios grupos terroristas islámicos, entre ellos Al Qaeda, y por la supuesta fabricación y almacenamiento de armas de destrucción masiva —como si un buen misil mar-tierra lanzado desde uno de los portaaviones norteamericanos, situados en el Golfo Pérsico, seleccionara con tal precisión sus objetivos “maligno-militares”, que obviara las vidas civiles—. No ocurrió así en la incursión de 1991 y no volverá a suceder en la nueva confrontación. “Bajas colaterales” es el eufemismo militar para identificar las muertes “innecesarias” (?).
Por su parte, Irán y Corea del Norte se suman al club maléfico por reiniciar sus programas nucleares, quedando a un paso previo a la elaboración de armamento atómico. Sin embargo, el presidente de Irán, Mohamed Jatamí, declinó el privilegio de ingresar a tan exclusivo club del mal y acusó a Estados Unidos de “decidir unilateralmente la suerte del resto del mundo”.
Aunque más grave ha sido la reacción de Corea del Norte, que ha anunciado que cualquier sanción proveniente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, sería considerada una “declaración de guerra”.
Hay que estar claros que el Eje del Mal existe desde que Caín le propinó una buena golpiza a su hermano Abel; el problema es quién dicta, cómo, dónde y por qué se fija ese polo del mal. Desde que Estados Unidos sufrió en carne propia el terrorismo que por décadas ha golpeado a España, Irlanda, Colombia y muchos otros países, se autoproclamó paladín de la lucha contra el terrorismo, ya sea de carácter religioso, político o narcótico. Esta lucha sería loable si no fuera porque se ha convertido en una cruzada cuasi personal, al margen de la comunidad internacional, desdeñando instituciones como la Organización de Naciones Unidas, la Unión Europea y ahora la OTAN.
La crisis es grave no sólo por la división, sin precedentes históricos, que se ha creado en estos organismos —dejando como en el caso de la OTAN, marginado e indefenso a uno de sus miembros, Turquía—, sino porque Washington ha anunciado que ninguna resolución impedirá que ese país se defienda de la amenaza latente del régimen iraquí.
De hecho, la guerra es inevitable. Estados Unidos ya movilizó más de 140,000 soldados al Golfo Pérsico, apoyados con decenas de buques de guerra y cientos de aviones de ataque y bombardeo. Por segunda vez en la historia desde la Presidencia de Harry Truman en 1949, se ha activado la Flota Civil de Reserva Aérea, empleando 78 aviones de 22 aerolíneas comerciales para el transporte de soldados y carga al área del conflicto.
¿De veras alguien cree que porque los inspectores de las Naciones Unidas declaran que no hay pruebas fehacientes que demuestren que Bagdad posee armamento de destrucción masiva, Estados Unidos simplemente dirá “Oops, we are sorry”, nos equivocamos?
Washington no puede aceptar ante la población estadounidense reconocer que se equivocó, que el multimillonario, multicolor y multicontroversial despliegue de soldados es infundado. Como todo en este mundo, aunque más en el primero que en éste, todo se maneja de manera asépticamente mercantil. Es decir, que la inversión realizada por Estados Unidos debe tener un rédito, y ese rédito es la deuda todavía pendiente desde el trágico 11 de septiembre. Pero esa deuda no la va a saldar Bin Laden, porque ni toda la CIA, el FBI, el Pentágono y el Séptimo de Caballería juntos han logrado ubicarlo. Tampoco la puede pagar Corea del Norte, porque ellos no tienen vela en este entierro, quizá en otro de otro color y otra religión, pero no en éste. Sin embargo, Hussein es el elegido. Cumple con todos los requisitos: es miembro del Eje del Mal, dejó burlados a los Estados Unidos en 1991, y tiene los suficientes vínculos con Bin Laden —los únicos hasta ahora demostrados son que ambos son musulmanes—, como para responder de una vez y por todas, por el 11 de septiembre, el atentado de Oklahoma y quizás hasta por el francotirador asesino. De esa manera no se clausurará el Club del Mal, pero al menos se habrá expulsado a uno de sus más molestos socios.
El autor es periodista.