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La cuestión de la defensa de la vida humana incipiente no es nueva, pues en el siglo XIX se descubrió un documento escrito a mediados del siglo I en el que se dice: “No matarás al niño mediante el aborto, ni le darás muerte una vez que ha nacido” (Didajé, II, 2). En la actualidad, la cuestión continúa y, en algunos países, ha prevalecido la sensatez de buscar otros medios —en vez del aborto— para velar por la vida del hijo o de la hija, así como de la madre. Pienso que recordar algo de historia puede ayudar en este tema.
En 1969, el Dr. Bernard Nathanson fundó —junto con otras personas— la Asociación Nacional para la Revocación de las Leyes contra el Aborto (EE.UU.), y llegó a ser director del Centro de Salud Reproductiva y Sexual de Nueva York, que era entonces la mayor clínica abortista del mundo. Según el mismo Nathanson, él llegó a estar implicado directa o indirectamente en unos 75,000 abortos (Cfr. Aceprensa 144/96), por lo que se le denominó entonces “El Rey del Aborto”.
Sin embargo, a finales de los años 70, gracias a las nuevas tecnologías científicas, se dio cuenta que “aquello” que había abortado miles de veces era en realidad un ser humano desde el instante de la concepción. Así pues, dejó de practicar abortos y llegó a ser uno de los más grandes defensores de la causa pro-vida en los EE.UU., especialmente a través del video “El grito silencioso” (un ultrasonido muestra los movimientos desesperados de un bebé que está siendo abortado en el seno materno), y ahora con su autobiografía “La mano de Dios” (Palabra, 1997) donde narra los sucesos antes mencionados, así como su reciente conversión al catolicismo.
Un caso similar es el de Norma McCorvey (nombre verdadero de Jane Roe), la mujer cuyo caso dio origen a la sentencia del Tribunal Supremo (“Roe v. Wade”) que legalizó el aborto en 1972 en los Estados Unidos. Hace pocos años, en un artículo publicado en The Daily Telegraph (20-I-1997), McCorvey recuerda que las abogadas feministas le sugirieron que —para facilitar las cosas— mintiera en el juicio diciendo que su embarazo se debía a una violación.
Después del veredicto a favor, McCorvey se ganó alguna reputación en los círculos abortistas y en 1991 empezó a trabajar en una clínica de abortos en Dallas, donde pudo ver de cerca los restos de bebés abortados en el segundo trimestre, los cuales “tenían cara y cuerpo, y acababan en un congelador” (Cfr. Aceprensa, 1997); aunque esto le estremecía, seguía defendiendo el “derecho” de la mujer a decidir sobre la vida de su hijo.
El cambio radical sucedió en 1995, cuando conoció a algunos pro-vida, entre ellos Emily, una niña “rescatada” de un aborto inminente, quien le hizo comprender que los 35 millones de bebés muertos en los EE.UU. desde 1972 eran también personas. Hace pocos años, Norma McCorvey fue recibida en la Iglesia Católica y quiere poner en marcha una clínica móvil para ofrecer a las mujeres servicios prenatales gratuitos y darles asesoramiento familiar.
El autor es sacerdote católico.