Franklin Bordas [email protected]
“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios y conoce a Dios”. Por el contrario, “el que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”.
1 Juan 4, 7-8.
Bécquer, el infortunado y talentoso poeta del Romanticismo, identifica a Dios tras la mujer. No equivocado, porque cierto es que la mujer maravillosa que tenemos como pareja, es un regalo de Dios. Aunque…, un tanto confundido, Bécquer trastoca la profunda e insondable realidad divina del amor cuando en la rima XVII escribe: “hoy la he visto… la he visto y me ha mirado… ¡Hoy creo en Dios!” Un verso lindísimo, no obstante figurativo de una disfrazada proposición silogística y hasta comercial. Suena a: “hoy tengo un Mercedes Benz, éste me llevará a Dios”. El amor a la mujer es definitivamente amor a Dios. Todo el que ama es nacido de Dios. Pero este amor entendido como un torrente espiritual abundante en frutos como la confianza, la paz, la solidaridad, el apoyo mutuo y la lealtad opuesta a la traición o adulterio que tanto sufrimiento provoca en los cónyuges y que especialmente afectó al poeta hasta su muerte.
El poeta utiliza el amor en su poesía, como tema predominante. La ilusión, la alegría, la esperanza, el dolor, la soledad y el desengaño es manejada en su producción literaria de una forma magistral, teniendo como fuente de inspiración a las mujeres que amó durante su vida, platónica o directamente.
Gustavo Adolfo Bécquer, para muchos hoy en día continúa siendo de los mejores intérpretes del amor a pesar del tiempo —claro está—, en lo que se refiere a la mujer, que con los hijos y los padres ocupa el primer lugar en la escala del amor… después de “Nuestro Señor Jesús, el amor más allá de todos los límites humanos”. Deuteronomio 6.4-5 nos enseña, “oye Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios, de todo tu corazón, y de toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Es que, el amor humano no puede romper las barreras del tiempo; mientras que el amor de Dios hacia nosotros es, desde y para la eternidad. La muerte física, trunca el amor del hombre hacia su semejante. Pervive en su recuerdo, pero cada vez como sentimiento más lejano y frío, hasta desaparecer. El tiempo se encarga de borrar, nuestros más inmarcesibles y recurrentes amores. Versos del libro de Dios, en Jeremías 31:31, traspasa lo Becqueriano al decir, “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongue mi misericordia”. Jesús nuestro Salvador, dijo: “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos” , Juan 15:13.
Haciendo a un lado a Bécquer y su tesis poemática del amor humano, el poder del Espíritu Santo nos conduce al conocimiento de la profundidad del amor divino, cuando en el libro de Efesios capítulo 3, versículo 19, el apóstol Pablo nos dice que, conocer el amor de Cristo excede todo nuestro conocimiento. “Dios que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aún estando vosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo”. Efesios 2:4.
Jesús Nuestro Señor, es apodíctico con el amor, mas allá de nuestros erráticos y volubles conceptos, cuando declara en San Mateo 5.44, “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen”. Aunque claro está, nadie, ningún ser humano podrá perdonar por su cuenta, a menos que reciba asistencia de lo alto. La capacidad de odio del hombre sólo puede ser transformada en amor, por Cristo Jesús.
El Señor Jesucristo desde la cruz nos perdonó en un acto de humildad sin precedentes. Muriendo por causa del amor y a manos de sus propios hijos. ¿Cómo pudo Cristo Jesús, Nuestro Señor perdonarnos? ¿Podemos perdonar nosotros? Amor es tiempo de perdón. Amor es dar la vida por los demás, dice nuestro Salvador. ¡Cuánta felicidad habría en nuestras familias si despojándonos del orgullo, la soberbia, el machismo, la prepotencia, la altanería, el capricho, pudiéramos decir perdón a nuestras esposas!, ¡perdón a nuestros padres!, ¡perdón a nuestros hijos!, ¡perdón a nuestro vecinos!, perdón también a nosotros mismos que nos culpamos de tantas cosas.
“Tu aliento es aliento de las flores” escribe Bécquer con amor a su esposa Casta. La palabra de Dios dice: “Todo aquel que ama, es nacido de Dios y conoce a Dios”, por tanto, Bécquer estaba amando a Dios a través de la mujer. Benditos los hombres y mujeres que se aman, poniendo a Cristo como el centro de su amor. Borrando lo prejuicioso y figurativo de Bécquer, el amor siempre es, como la fuente de Dios, aunque probablemente eso último, es una omisión involuntaria de Bécquer en su poesía.
El autor es escritor.