Esta poza recuerda cuando en 1912, un oficial de la Guardia observa a una joven que disfrutaba de un buen chapuzón, incumpliendo el célebre bando municipal emitido en 1893 por el jefe político de ese entonces, Don Francisco Somarriba, que prohibía ese acto. (LA PRENSA /REPRODUCCIÓN DE L.E. MARTÍNEZ M.)

Inspiración poética de Julio C. Rivera (*)

Hogaño Venid, matagalpenses, en portentoso coro;los himnos y las palmas preciso es tributar; por nuestra Matagalpa brindemos todo el orode nuestros corazones, en la fiesta seglar. Cantemos su progreso: sus calles asfaltadasson arterias de vida que brillan bajo el sol;en sus parques aroman las flores sonrosadasy el mercurio deslumbra donde colgó el farol. Las pajas […]

Hogaño

Venid, matagalpenses,
en portentoso coro;
los himnos y las palmas
preciso es tributar;
por nuestra Matagalpa
brindemos todo el oro
de nuestros corazones,
en la fiesta seglar.

Cantemos su progreso:
sus calles asfaltadas
son arterias de vida
que brillan bajo el sol;
en sus parques aroman
las flores sonrosadas
y el mercurio deslumbra
donde colgó el farol.

Las pajas y el barro
son hoy hierro y cemento,
florecen en los cerros
los barrios ¡Oh portento!
y el río entra a las casas
vestido de aguador.

Amaneció el gran día.
¿Qué esperamos entonces?
¡Campanas, dad al aire
la gloria de los bronces,
que en el pecho tenemos
una fiesta de amor!

El Apante

Yo admiraba la cumbre
del gran cerro garboso;
yo me trepé a su cima
cuando era verde antaño;
conocí sus pinares,
sentí un vértigo extraño,
pues era para un chico
la cumbre de un coloso.

¡Oh Apante de mi niñez!
Ya no brindas tu clima
de sabrosa frescura.
Te han tornado tacaño
las infernales quemas
que te roen al año
venciendo tu esplendor.
¡Que nadie más oprima
la tea que te incendia!

Mejor plantara un pino
quien así te ultrajó,
Yo, que fui un inquilino
de tu cúspide grata,
que me empapé al frescor
de tus faldas frondosas,
de tu grama mullida,
yo me duelo de ti,
mi montaña querida,
y en tus faldas heridas
riego un poco de amor.

Antaño

Calles plenas de barro
y aceras imposibles
resignados usaban
los severos vecinos;
bajo los aluviones,
en urbanos caminos
se tornaban las vías
acuosas y terribles.

Asaltaba la noche
el poblado incipiente,
apenas defendido
por débiles candiles;
los ínfimos cocuyos
parpadeaban sutiles
y el grillo rasguñaba
su violín insistente.

Era cuando al ocaso,
gentes municipales
faroles de hojalata
encendían, rituales,
tristes flores de luces
en el atardecer.

Los unánimes brazos,
del trabajo fecundo
cumplían la rutina.
Y el porvenir jocundo
brillaba en lontananza
como un amanecer.

(*) Julio C. Rivera: Poeta del Centenario de Matagalpa. “Hogaño”, “El Apante” y “Antaño” son poemas del libro “Un centenar de versos / Como un centenar de rosas”, que fue premiado por la Corporación Municipal de Matagalpa en 1967.  

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