- Esta es la historia de dos hombres que fueron enemigos a muerte. Luis Enrique Rodríguez, ex comandante de la Policía de Estelí y Víctor Manuel Gallegos,
conocido como “Pedrito El Hondureño”, se buscaron para matarse y cada uno
planificó el asesinato del otro. La toma de la ciudad de Estelí, el 21 de julio de 1993, inició una vendetta que según ellos, diez años después, sólo fue ahogada por un milagro de Dios
Eduardo Marenco [email protected]
El 21 de marzo de 1993, el comandante Luis Enrique Rodríguez, ex guerrillero y fundador de la Policía Sandinista, ocupó su nuevo cargo como jefe de la Policía de Estelí, sin sospechar que esta nueva misión le cambiaría la vida.
Ese día le ofrecieron en el Club Campestre de la ciudad un agasajo de bienvenida, pero los mariachis callaron cuando un grupo armado, autollamado “Frente Armado de Liberación Popular Antisomocista” (Falpa), se tomó el Club, lo rafagueó, hirió a un cantante y a un mesero y casi mata a Antonio Rodríguez, un hermano del jefe policial que asistió a un herido.
Los armados asaltaron a los convidados a la fiesta, robándoles armas y dinero, pero los irregulares bajo el mando de un hombre apodado “La Potranca” no identificaron al Comandante de la Policía, ni supieron que se trataba de un festejo de bienvenida al nuevo jefe policial.
Semejante bautizo no podía ser de otra manera, porque la ciudad de Estelí, al norte de Nicaragua, era merodeada en aquel entonces por varias bandas de grupos armados que de alguna manera habían participado en la guerra finalizada tres años antes, ya sea en el bando de los contras o en el de los sandinistas.
Además del Falpa, merodeaban Estelí, el “Movimiento Armado de Autodefensa Nacional” (Madna), los recompas de “Memín” y el “Frente Revolucionario Obrero Campesino” (Froc), el grupo armado más fuerte, comandado por Víctor Manuel Gallegos, conocido como “Pedrito El Hondureño”.
Durante el primer mes se produjeron siete secuestros, de modo que la Policía inició un trabajo de inteligencia para infiltrar las bandas y capturar a sus miembros.
Rodríguez se convirtió entonces en blanco de las bandas. Un primer paquete de cuatro kilos de explosivos C4 fue enviado a su casa de habitación, pero fue interceptado por el Ejército Nacional, que se lo entregó a Rodríguez. “Era para volar en pedazos mi casa y las de mis vecinos”, recuerda.
Después intentaron secuestrar a su hijo mayor y la acción fue atribuida a “Pedrito El Hondureño”, mientras que éste escuchó decir que Rodríguez también atentaría contra su hijo.
“Ese día inició una confrontación”, explica Rodríguez, “que sólo hubiese culminado con la muerte de alguno de los dos, de él o de mí, como cadáver o como criminal”.
Hubo un segundo intento de hacer estallar explosivos en la casa de Rodríguez y días después lo intentaron matar mientras tomaba una sopa de gallina en “El Regadío”, donde sólo había colaboradores de “Pedrito”. Pero por una equivocación emboscaron a un grupo de soldados del Ejército.
En otra oportunidad, “Pedrito El Hondureño” le montó una emboscada que se fue al carajo porque los fusiles no funcionaron. “Teníamos que liquidarlo porque era el jefe de Policía que nos estaba contrarrestando”, señala Gallegos.
En otra ocasión, el manager del Bóer y oficial de la Policía, Julio Sánchez, fue secuestrado al ser confundido con Rodríguez. Cuando se percataron del error, Sánchez fue abandonado en una trocha cercana a Ciudad Darío. Llegó a las cinco de la madrugada al pueblo. “A esa hora me telefonea y me dice: Cuídese comandante, que lo quieren matar. Yo estaba con una goma terrible en mi casa y le dije: me vas a matar vos con estos sustos”, rememora Rodríguez.
Cada vez que se presentaba la oportunidad de morir, algo ocurría y hacía saltar la rueda del destino, cambiándole el rumbo. Mientras, su madre oraba por él, de rodillas, durante horas, rogándole al Señor por su hijo, un ateo consumado.
Según el inventario de Rodríguez, hubo de parte de “Pedrito El Hondureño” tres intentos de secuestro, dos emboscadas en su contra y dos atentados con explosivos contra su hogar.
“Mandé a poner explosivos a la puerta de su casa y no explotaron”, dice Gallegos. Sin embargo, algunos de los atentados fueron planificados por grupos armados que intentaban congraciarse con “Pedrito El Hondureño”.
Pero Gallegos admite que para entonces “era ya algo personal”.
LA TOMA DE ESTELí
Pero el 21 de julio de 1993, el destino los confrontó. Ciento veinte hombres armados bajo el mando de “Pedrito El Hondureño” se tomaron la ciudad de Estelí, a la 1:40 de la tarde, a plena luz del día.
Entraron vestidos de militar, algunos con grados de capitán o teniente, en una caravana que ingresó por la Carretera Panamericana, encabezada por dos jeep Was verde olivo que habían robado al Ejército.
“Yo cometí una imprudencia, porque me metí contra la vía”, recuerda Gallegos.
Según Rodríguez, había rumores de la acción y asegura que él tiene copias de informes entregados al ex jefe de la Policía Nacional, comandante Fernando Caldera Azmitia, detallando por dónde podrían entrar y qué acciones tomarían. “Todo el mundo me dijo que eso era descabellado”, afirma.
El día de la toma de Estelí era el día en que los irregulares entrarían a las zonas especiales de desarme, según se había acordado con la Brigada Especial de Desarme (BED). A las once de la mañana, aproximadamente, Rodríguez llamó a Marcos Arévalo, uno de los jefes de la BED, quien le informaba sobre el desarme del Froc, pero no lo localizó, como tampoco a una serie de autoridades que no se encontraban en la ciudad.
De manera inexplicable, la casa del jefe del Ejército en la región estaba custodiada con 16 hombres, y no fue atacada por los hombres de “Pedrito”.
“Pedrito” se dirigió a la casa de Rodríguez nomás controló la situación, en dos jeep Was, con unos quince hombres, con la intención de capturarlo.
Rodríguez se encontraba en su casa almorzando con su esposa e hija, sin zapatos y sin camisa, sus otros dos hijos tenían tres minutos de haberse ido, cuando los armados aparcaron y abrieron fuego contra su casa.
Uno de sus escoltas salió al frente de la casa y Rodríguez se dirigió al fondo para coger un AK en uno de los cuartos. “A mi casa entraron a matarme y se armó una balacera impresionante”, recuerda.
“Pedrito El Hondureño”, quien dirigía la acción personalmente, sufrió un refilón de bala en las piernas, mientras “cuatro AK vomitaban fuego hacia mi casa”.
Uno de los escoltas de Rodríguez fue desarmado, y Galeano, un escolta de 22 años, cayó abatido, muriendo a los pies de “Pedrito El Hondureño”.
Galeano había comentado a Aura Rosa, la esposa de Rodríguez, que tenía la sensación de que moriría ese día. Ella lo regañó y le dijo que no jugara con eso, pero en la tarde se cumplió el mal presagio.
La casa de Rodríguez había sido la vivienda y consultorio del padre del comisionado Cristián Munguía (q.e.p.d.), de modo que estaba dividida en dos plantas que se intercomunicaban en el interior, lo que permitió a una enfermera esconder a la hija de Rodríguez.
Rodríguez, ya en el fondo de la casa, sintió una mano en el pecho que lo paralizó y luego de coger un AK, subió al techo, sin zapatos y sin camisa, en vez de parapetarse para defender su casa. “Yo me había jugado antes la vida cuando me había tocado, pero en ese momento, cuando debía salvar a mis hijos, salí huyendo como cobarde, hacia el techo”, reconoció Rodríguez.
Pusieron al revés la casa en su búsqueda, mientras él estaba sobre el techo, con la certeza de que ese era el último día de su vida. Uno de los armados del Froc subió al techo, vio en dirección a donde él se encontraba, “pero nunca me vio”, rememora. El capitán Juan José Estrada lo veía desde el segundo piso de una casa vecina, pidiéndole que aguantara y no le disparara. El hombre del Froc bajó del techo y no reportó novedad a “Pedrito El Hondureño”.
Rodríguez, un ateo acérrimo entonces, asegura que en aquel momento recordó las trompetas de Jericó, el pasaje bíblico en el que Josué se va a tomar las tierras de Canaan y Dios le dice que rodee la ciudad siete veces y luego haga sonar las trompetas. Empezó a llorar, en estado de shock, pidió a Dios que lloviera, y a pesar de estar en verano, llovió cuarenta y cinco minutos más tarde. Pasó cuatro horas allí, con el sol ampollándole la espalda, entre las dos y las seis de la tarde, hasta que se fueron los hombres de “Pedrito El Hondureño”.
Mientras tanto, en su casa se vivía el horror. Una enfermera escondió a su hija en el quirófano del doctor Munguía, salvándole la vida.
“Quien nos enfrentó fue su señora, es delgadita pero tiene mucho valor, yo estuve en la puerta de su casa y no lo encontramos a él, yo olía que debía estar allí pues estaban su escolta y su vehículo”, recuerda “Pedrito El Hondureño”.
A su esposa la obligaron a arrodillarse amenazada con un AK en la sien, pero la confundieron con su hermana y no la mataron. Al otro lado de la ciudad, la camioneta que había trasladado a su hijo a casa de sus abuelos minutos antes del inesperado asalto, fue rafagueada cuando regresaba, pero el niño se había quedado en la casa de sus abuelos, escapando de morir por cuestión de segundos.
“Me creció un odio contra ‘Pedrito’ y me cargué de rencor”, dice Rodríguez.
Mientras, los ciento veinte hombres de “Pedrito” se tomaron la ciudad y asaltaron los bancos de ‘Las Cuatro Esquinas’, llevándose un botín de cinco millones de córdobas, que al cambio de 7×1 con relación al dólar, equivalía a unos US$714,000 dólares, según los estimados conocidos por Rodríguez.
Según Gallegos, podría ser una cantidad aproximada al medio millón de dólares, sumando lo reunido en los asaltos a los bancos de Somoto, El Sauce y Pueblo Nuevo.
“En un banco nos jugaron sucio, escondieron el dinero”, recuerda Gallegos.
Cuando el peligro pasó, a eso de las seis de la tarde, Rodríguez bajó del techo, se contactó con oficiales de la Policía y del Ejército, obtuvo un uniforme de la Brigada Especial de Desarme (BED) y pasó a veinte varas de los armados del Froc sin que éstos se enteraran, vestido como oficial de la BED.
La Policía y el Ejército se enfrentaron al Froc y obligaron a huir a los hombres de “Pedrito El Hondureño” después de más de veinticuatro horas de sitio a la ciudad. Fue un enfrentamiento bravo. La Policía contabilizó 16 cadáveres. Pero hay otras versiones. No se contó a los fallecidos en el hospital días después, ni a quienes murieron en la fuga de “Pedrito El Hondureño”. Hubo 106 heridos, dice Rodríguez. Pero el Ejército informó de más de cuarenta muertos. “Pedrito” dice que tuvo cinco muertos, cuatro heridos, mientras una columna de cuarenta hombres se rindió ante las tropas del Ejército. Fue el penúltimo hombre en salir de Estelí. Había sitiado la ciudad entre el mediodía del 21 de julio y las tres de la tarde del día siguiente, saliendo por el barrio El Calvario; ya afuera de la ciudad, “pasamos en medio de grupos militares, por las cañadas, sin que se enteraran, de dos en dos”.
“Fue algo espantoso lo que vivió el pueblo de Estelí, yo siempre pido perdón en el nombre del Señor”, dice Gallegos, diez años después.
UN ODIO PERSONAL
Las secuelas fueron graves. El hijo de Rodríguez quedó traumado, con miedo a ir a Estelí y a la escuela. Rodríguez se sentía humillado y tenía sed de venganza. Como Jefe de Policía adelantó un plan para aniquilar a “Pedrito El Hondureño”, planificó emboscadas, pero los informantes fallaron. En otra ocasión, con unas AK con mira telescópica, falló un operativo para matarlo.
“Yo tenía justificación ante la ley y los hombres: él era un renegado, un delincuente, había matado a uno de mis escoltas, maltratado a mi familia, desbaratado mi casa, pero en el fondo era una venganza, en el fondo tenía un corazón de criminal y un orgullo lastimado, aunque posiblemente el titular hubiera sido: “Cae ‘Pedrito El Hondureño’, exitoso operativo de la Policía”, pero la esencia de todo era el odio”, dice Rodríguez.
Gallegos rememora: “Él no se quedó de brazos cruzados, también me la armó, andábamos como gato y el ratón, pero serios, nadie amagaba, quien parpadeaba perdía, si lo hubiera logrado cazar… y lo tuve cazado… pero no se dio… ahora entiendo porqué”.
Rodríguez no logró aniquilar a “Pedrito El hondureño”, de modo que el 27 de septiembre de 1993, dos meses después de la toma de Estelí, el Froc entregó sus armas, día en que el obispo Abelarto Mata celebró una misa en Catedral, donde oró por la paz entre los hombres.
“Cuando depuse las armas les dije a mis hombres que no era una traición, que no terminaba la lucha, les dije que llegaría de nuevo, que regresaría a donde ellos con una Biblia en la mano, el día de mañana que yo no tenga que comer haré un asalto para mí”, recuerda Gallegos.
“Pedrito El Hondureño” se fue a vivir a Estelí, donde construyó un enorme muro de chiltepe para proteger su casa, de modo que sólo con un coche-bomba podrían herirlo. “El rencor iba emparejado con el temor”, reflexiona Rodríguez quien conocía a la esposa de Gallegos desde la infancia, cuando participaban en actividades religiosas.
Rodríguez envió a su esposa a Managua con sus hijos, aumentó su seguridad, se movilizó en otros vehículos, dormía aquí y allá, “porque yo sabía que esto iba a terminar en muerte”.
Un día estaba en el restaurante Antojitos del Desierto, en las afueras de Estelí, cuando llegó la camioneta de “Pedrito El Hondureño”, se estacionó y sacó su brazo por la ventana, sin saber que adentro lo esperaba Rodríguez con una subametralladora “polaca”, listo para enfrentarse con él.
Rodríguez, abogado y policía, preparó las condiciones para alegar legítima defensa, pero su enemigo no entró. Incluso planeó un accidente automovilístico para que el vehículo de ‘Pedrito El Hondureño’ se fuese a un precipicio de trescientos metros, donde “ni siquiera lo iban a hallar”.
Ese era el nivel de la confrontación. En una ocasión, en 1994, se encontró con “Pedrito” en la casa de Doris Tijerino, comandante sandinista, donde se saludaron. “Yo sentí en mi corazón… (éste) se murió, porque si ya tiene la confianza para darme la mano y creer que lo he perdonado, este maje está muerto”, dice Rodríguez.
Gallegos le dio explicaciones, dijo que lo habían desinformado y que por eso había actuado en contra de Rodríguez, quien le contó a su mujer, porque Gallegos quería llegar a pedirle perdón a su casa. “Decile que si viene aquí hasta con las cazuelas le voy a dar, que aquí no venga”, contestó ella.
Rodríguez comenzó a chequear los movimientos de Gallegos: localizó una casa que visitaba en Linda Vista, otra en Las Colinas, una tercera en las cercanías del puente El Edén, y una cuarta en las cercanías del Hotel Colón. “En cualquiera de esos lugares lo podíamos quebrar”, cuenta Rodríguez.
En 1995, mientras caminaba el plan de Rodríguez, éste fue trasladado a otras funciones policiales y el plan se congeló. Pasaron tres años en que el rencor fue madurando.
LA CONVERSIóN
Pero un día de 1998, el cronista deportivo Carlos Reyes Sarmiento invitó a Rodríguez a participar en una reunión del movimiento “Fraternidad de Hombres de Negocios del Evangelio Completo”, donde escuchó un testimonio de un hombre que contaba la comisión de delitos que ni siquiera habían prescrito. Por esos días, su madre, desahuciada por cáncer, se había salvado de forma milagrosa.
A Rodríguez le impresionó la sinceridad del testimonio, el llamado a aceptar a Jesucristo, y se dijo internamente: “Jesucristo vení a mi vida, tomá mi corazón, tomá lo que yo soy y entrá a mi vida”. Cuando llegó a su casa, su esposa le preguntó qué tal había estado la reunión y él se echó a llorar, algo que su mujer no veía desde hacía mucho tiempo, cuando eran novios.
Sin terapia, sin “mentalidad positiva”, su vida comenzó a cambiar, oraba arrodillado en su cuarto con la Biblia en la mano. Le habían salido unas pelotas en la espalda, su padre había muerto de cáncer y su madre ya desahuciada se había salvado de milagro. Pero él no creía en milagros ni hechos sobrenaturales, creía que la fe en Dios era un asunto para ignorantes.
El cinco de junio de 1998 rindió su testimonio ante la Fraternidad de Hombres de Negocios y dice que comenzó a vivir milagros en su vida. Desaparecieron las pelotas en la espalda, comenzó a sentir un amor nuevo y dulce por su mujer y dejó de beber.
Un día, orando en su casa, le dijo a su esposa que por qué el rencor contra “Pedrito El Hondureño” no se lo entregaban a Jesús. Así lo hicieron.
Días después, en julio de 1998, en el restaurante “La Subasta”, mientras él daba el testimonio sobre el odio que le había embargado largos años, un amigo de “Pedrito” que participaba en La Fraternidad, lo abrazó y empezó a llorar y le dijo frente a todos: “Yo quiero pedirle perdón, comisionado, porque en mi casa se planeó su asesinato y el exterminio de su familia”.
“Lo increíble es que yo no sentí ninguna rabia, ningún rencor, le dije que lo perdonaba en nombre de Cristo, lloré abrazado con él, sintiendo algo tremendamente delicioso en mi corazón, eso no hubiera sido posible si no tuviera a Cristo en mi corazón”, confiesa Rodríguez.
Descubrió entonces con su esposa que podía perdonar a “Pedrito”, su enemigo mortal, le pidió a Dios entonces que se llevara ese rencor para siempre, que convirtiera a “Pedrito” y que éste llegara a la “Fraternidad de Hombres de Negocios”.
Luego, en el año 2000, después de quedar en la calle debido al vicio y el despilfarro, un ex guerrillero invitó a “Pedrito El Hondureño” a una cena de la “Fraternidad de Hombres de Negocios” en el Hotel Moderno, de Estelí, a donde llegó armado y con un chaleco antibalas, sin dar la espalda a nadie y viendo de reojo a todos.
Allí encontró a ex compañeros de armas y comenzó a dejar de ser “Pedrito El Hondureño” para ser Víctor Manuel Gallegos, según cuenta. Lo estremecieron las oraciones y la sinceridad, algo parecido a lo que había estremecido a su enemigo a muerte. “Fui reclutado y vencido, pertenezco desde entones al Ejército del Rey de Reyes”.
Asegura que de su vida desapareció el odio y el espíritu de persecución –“desconfiaba hasta de mi sombra”– , y dejó de ser el ogro en su casa, cuando se encontró con Dios.
“Yo había llegado a ponerme una pistola en la cabeza más de una vez, con ganas de quitarme la vida, porque no le encontraba sentido, y ahora he visto milagros de milagros: amo a mis hijos, reconstruí mi familia, ahora llaman a nuestro hogar la casa de los locos porque en todo el barrio se escuchan las alabanzas”, dice Víctor Manuel Gallegos.
Después de estar en el fondo del barril, ahora las inversiones en una cooperativa camaronera, que sufrió los embates del huracán Mitch en octubre de 1998, le han permitido recuperar un buen nivel de vida a Gallegos. Asegura que ni un solo centavo de los asaltos bancarios en Estelí los invirtió alguna vez en la camaronera. “Ahora soy tropa de choque de mi Rey y cargo una ametralladora: mi Biblia”. Pero no cumplió la segunda promesa hecha a sus hombres: robar para sí cuando estuviese en la calle. “El Señor me salvó de la tentación”, afirma Gallegos.
LA HUACA PERDIDA
Según Víctor Manuel Gallegos, el hombre que sabía donde se había enterrado parte del dinero robado en el asalto a los bancos de Estelí, Salvador Machado, murió en combate al día siguiente del sitio a la ciudad.
EL ENCUENTRO
Rodríguez y Gallegos se encontraron por primera vez dentro de la Fraternidad de Hombres de Negocios, en una reunión en Las Nubes, El Crucero. Gallegos llevaba al cinto una pistola browning, bala en boca, con dos cargadores, un viernes de diciembre del 2000, porque sabía que Luis Enrique no fallaba allí.
-“Pero cuál es mi sorpresa cuando me di cuenta que oraban por mí… gracias a Luis Enrique… fue la última vez que anduve armado. Ese viernes quedaron las armas y ‘Pedrito El Hondureño’ quedó enterrado, Víctor Manuel nació de nuevo”, dice Gallegos.
-Después se encontraron en un seminario de entrenamiento de la Fraternidad, en Montelimar, donde Gallegos pidió perdón a la esposa de Rodríguez. Los dos matrimonios se abrazaron, lloraron y se reconciliaron, frente a los miembros de la Fraternidad, quienes aplaudían semejante milagro.
-“Hoy somos testimonio de que la reconciliación es posible, yo pude quedar como un criminal o como un cadáver”, dice Rodríguez, “pero Cristo hizo la diferencia”.
-“Yo amo a ‘Pedrito El hondureño’ con un amor cristiano, mi casa es su casa”, dice. La entrevista con ambos para este reportaje se hizo en el domicilio de Rodríguez, donde hay paz y sosiego, cuando antes hubo odio y tragedia.
-“Soy ahora una nueva persona, Jesús me ha cambiado totalmente”, dice ‘Pedrito’, quien ahora llama “hermano” a su antiguo enemigo.
-En abril, Gallegos y Rodríguez compartirán el testimonio de cómo Dios ha cambiado sus vidas, en la comunidad “El Regadío”, donde una vez la emboscada de ‘Pedrito El Hondureño’ contra Rodríguez, se estropeó porque inexplicablemente los fusiles no dispararon.
DINERO MALDITO
Según Víctor Manuel Gallegos, el dinero robado en los bancos durante la toma de Estelí lo repartió entre gente pobre, cooperativas agrícolas y gente que tenía deudas y estaban a punto de perder sus propiedades. Niega que le haya dado plata al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). ¿Con qué se quedó él? “Me quedé con el gran color que agarré y el gran dolor en el alma por los hombres valiosos que perdimos… Llegó un momento en que el Señor me quitó todo lo mal habido, los choferes, los escoltas, las armas y me dejó en la calle. Lo mal habido se le va a uno sin saber cómo; mucha hembra, vicio y despilfarro me dejó en el fondo del barril, pidiendo raid, y no me apena decirlo”