La llegada a la Presidencia del Brasil de Luiz Inácio (Lula) da Silva rompió muchos tabúes y clisés, y despertó inusitada expectación. Suspenso natural, pues concierne al país más importante de América Latina y porque el protagonista acomete una meta hasta ahora imposible de lograr pacíficamente en América Latina por un líder identificado con la izquierda. Nos referimos al empeño del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva de combinar los propósitos del primer mundo con las necesidades del tercero.
Lula es un político de 57 años, tres veces derrotado en sus aspiraciones presidenciales (1989, l994, 1998) y con experiencia, él y su partido, en el manejo del poder público. Proviene de los barrios periféricos de Pernambuco y fue un destacado líder sindical, a quien le cuesta mucho su carrera política como para darse el lujo de cometer errores crasos. Aunque no ostenta título profesional, ni fortuna, posee carisma y determinación.
Pero no son esos antecedentes los que atraen, sino la perspectiva con que Lula pretende enfrentar los grandes problemas de su enorme país, rechazando cualquier encasillamiento ideológico. Al respecto el Director Gerente del Fondo Monetario Internacional, Horst Koehler, cataloga los valores del Presidente Lula como de “ izquierda madura” y por eso consiguió con su Partido Travalhista y algunos aliados, en la segunda vuelta electoral, el 63.2 por ciento de los votos.
Dentro de ese contexto podría malograrse este líder que debe navegar entre lo deseable y lo posible, entre la globalización y el nacionalismo, entre el mundo empresarial y el asalariado, entre el ALCA y el MERCOSUR, para disminuir desigualdades. Pues, como es bien sabido, en América Latina los “movimientos progresistas ” terminan frustrándose ya sea por radicalizarse o porque son depuestos por sus mismos seguidores al incumplir metas prometidas.
Al respecto ya hay entre los seguidores de Lula, inclusive dentro de su partido, sonoras inconformidades, particularmente en el ala izquierda del mismo que agrupa a un 30 por ciento de toda la militancia. La parlamentaria Luciana Genro y unos 30 legisladores más que pertenecen al oficialista Partido de los Trabajadores, hija del ministro de Desarrollo Económico y Social (Tarso Genro), declaró esta semana que “no vamos a dejar el partido y vamos a luchar para que el Gobierno cambie de rumbo”. Y denunció que por la actitud de Lula, “las élites perdieron las elecciones, pero ganaron el poder”.
El día de su toma de posesión de la Presidencia Lula ofreció cambiar al país “con coraje, humildad y osadía: Convencido que el cambio es un proceso gradual y continuado, no un simple acto voluntarioso; un cambio logrado por diálogo y negociación, sin atropellos ni precipitaciones, para que el resultado sea consistente y duradero”.
Esa estrategia obliga a labrar un espacio entre fuerzas antagónicas que aunque sea estrecho al principio es indispensable para ir disminuyendo las odiosas desigualdades sociales y económicas. Su primera prueba de fuego la pasó cuando concurrió en Porto Alegre al Foro Social Mundial y al día siguiente, en Davos, al Forum Económico Mundial, y en ambos lugares fue aclamado y escuchado con respeto.
No obstante, a Lula lo esperan grandes desafíos. Por un lado debe vencer el miedo tradicional a posiciones radicales de izquierda; y por el otro, tiene que neutralizar la desconfianza en sus propias filas. Quizás por ello escogió Lula como bandera una meta simpática a tirios y troyanos, como es la lucha contra el hambre en el Brasil, empresa difícil, compleja y de largo plazo pero de profundo e incuestionable contenido humanitario. Se compromete Lula a proveer alimentos para que coman tres veces al día, cincuenta y siete millones de compatriotas.
El izquierdista Presidente de Brasil necesita también corregir el déficit cuantioso del Seguro Social; proseguir la reforma agraria respetando áreas productivas, aumentar las exportaciones, facilitar las inversiones extranjeras, amortizar la deuda externa de 30 billones de dólares y robustecer al Mercosur para negociar mejor el ALCA.
En fin, como dijo Paulo Resende del PUC-SP “para Europa como para América Latina es mejor una izquierda racional que una izquierda populista, para dar un paso al frente” y constituir una alternativa al neo liberalismo, sin desestabilizar al país.