Luna

Luis Sánchez [email protected]

No cabe comparar a la Luna con ningún cíclope, que eran seres monstruosos mientras que aquella es una diosa bella, resplandeciente y enigmática, aunque cambiante y casquivana.

A la Luna (Selene, en la mitología griega) hija del titán Hiperión y de su hermana Théia, que a su vez eran hijos de Urano y Gea, según Rafael Fontain Barreiro “se le representaba como una hermosa joven que recorría el cielo conduciendo un carruaje de plata, tirado por dos caballos negros”.

Personas prosaicas aseguran que el mito romántico de la Luna terminó el 21 de julio de 1969, cuando el astronauta estadounidense Neil Armstrong descendió de la nave espacial Apolo 11 y pisó la fría y árida superficie lunar. Pero la verdad es que la Luna siguió moviendo los mares, fascinando con sus esplendorosos plenilunios, inspirando bellos poemas de amor y alumbrando tórridos romances.

Por cierto que una de las leyendas más románticas acerca de la Luna es la de su enamoramiento perdido del apuesto pastor Endimión, de quien se prendó cuando en uno de sus recorridos nocturnos alumbró dentro de la cueva donde aquél dormía y vio su perfecto rostro.

La Luna tuvo amores con Pan y con el mismo Zeus, pero su pasión eterna fue Endimión, a quien dio 50 hijas que eran las cincuenta lunas que transcurrían entre una y otra de las fiestas de Olimpia.

Una noche Endimión pidió a su amante que intercediera ante Zeus para que le concediera la eterna juventud. Accedió la Luna pero el gran dios se enfureció por semejante osadía, e hizo que Endimión quedase dormido para siempre, sólo que con los ojos abiertos para que pudiera ver a la Luna cuando ésta cruzara el cielo en su carruaje de plata. Y desde entonces la Luna pasa por la cueva donde duerme su amado, se inclina suavemente sobre él, y lo besa.

Mas también en la vida real la gente siempre ha sentido una mezcla de respeto, admiración y temor hacia “la reina de la noche”, como llamó a la Luna el gran poeta latino, Horacio.

Plinio el Viejo escribió que la sangre de los humanos aumenta o disminuye según la cantidad de luz de Luna que reciban. El emperador Tiberio tenía en cuenta los movimientos lunares hasta para cortarse las uñas y el pelo. Los druidas (sacerdotes de los antiguos galos y celtas), quienes entre otros poderes tenían el de declarar las guerras, lo hacían sólo cuando la Luna estaba llena, a la que adoraban como su principal divinidad.

Durante la Edad Media la gente creía que en plenilunio era más fuerte la pasión amorosa y el deseo sexual, y que cuando estaba en fase menguante la cantidad de esperma en el hombre era menor. ¿Y la deliciosa costumbre de la luna de miel? Dicen que ésta se deriva del proverbio árabe de que “la primera luna después del matrimonio es de miel, y las que siguen de amargura”. Y en la antigüedad, a los recién casados les llevaban agua con miel durante la primera luna del matrimonio, por el valor energético que le atribuían.

Otra creencia importante era que la Luna llena favorecía la irritabilidad y la violencia, y por eso hasta ahora a quienes se ponen de mal humor o se vuelven locos, les dicen “lunáticos”. Algo que es común en Nicaragua después de tantas guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, crisis económica y políticos corruptos.  

Editorial
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