Darío, el centroamericanista

Jorge Eduardo [email protected]

“Centroamérica –anotó, alguna vez, José Coronel Urtecho— ha dado en cada una de las épocas de su historia una obra maestra a la literatura universal. En la época prehispánica dio el Popul Vuh. En la conquista, la Verdadera relación, de Bernal Díaz del Castillo. En la colonia, la Rusticatio Mexicana, de Rafael Landívar. En nuestra época independiente, la maravilla de Rubén Darío”.

La maravilla —repetimos— de ese centroamericano que tuvo varias patrias —incluyendo la Patria grande de América Latina y la propia España— y se apropió de la cultura de Occidente como totalidad o, como se diría hoy, de manera globalizadora. Pero que sigue siendo un solemne desconocido. No su nombre, ni su fama, ni su mito —tan encarnizadamente manipulado por parodias perversas—, ni algunas de sus poesías memorables que se recitan en conmemoraciones oficiales y actos escolares, ni ciertos episodios —más o menos apócrifos— de su dramática biografía, sino lo mejor de su inmenso corpus escritural.

Un corpus u obra escrita ignorada de facto, no obstante innumerables estudios de todo nivel y variedad que ha inspirado numerosas antologías y múltiples ediciones en nuestro idioma y en otros, sin excluir el japonés, gracias a Naohito Watanave. Una obra que continúa críticamente desfigurada, o distorsionada, y muy incompleta, a pesar también de los esfuerzos e intentos sistemáticos de algunos que le hemos dedicado muchas horas de investigación en nuestra vida.

Este hecho explica que no exista siquiera un tomo con todas sus páginas de temática centroamericana, pues Rubén Darío —originalmente— fue una voz surgida en esta “garganta pastoril de América” y uno de los más sostenidos y entusiastas promotores de la unidad e integración de nuestros pueblos y naciones.

En efecto, dos períodos fundamentales protagonizó en nuestro Istmo como representante de la tradición unionista, adscrito al proyecto liberal de consolidación republicana de nuestros países durante la segunda mitad del siglo XIX. El primero (de 1880 a mediados del 86) tuvo de escenario Nicaragua y El Salvador, sin olvidarnos de su breve estadía de la infancia en San Marcos de Colón, Honduras; y de resultado la mejor formación intelectual que podría adquirir con su precocidad genial y voraz e insaciable afán de lectura.

El segundo (de 1889 a 1892), una vez definida en Chile su personalidad y demostrado en el periodismo su “iniciación en la lucha por la vida”, se desarrolló en Costa Rica, Guatemala y también en El Salvador. Allí contrajo matrimonio con la costarricense Rafaela Contreras —hija del tribuno hondureño Álvaro Contreras y de la salvadoreña Manuela Cañas— y dirigió el diario político La Unión que era —sostuvo en el prólogo a un folleto de la época— “consecuente siempre con sus ideas de propaganda en pro de la antigua Nacionalidad Centroamericana”. Darío añadió en ese folleto que trabajaba para la soberbia empresa de la unidad de los cinco países que habían formado la Federación, pronto despedazada.

Con los anteriores párrafos iniciamos la conferencia “Darío: ese centroamericano desconocido” que, a sugerencia del entonces diputado Sergio García Quintero, leímos el 23 de febrero de 1999 en la sede del Parlamento Centroamericano: Ciudad de Guatemala. De ahí surgió un proyecto que, pese a diversas iniciativas, hasta ahora no ha tenido eco en ese foro, acusado de parasitario y superfluo (por algo la práctica Costa Rica se ha abstenido de incorporarse al mismo).

Se trata de difundir en volumen —destinado a los colegiales centroamericanos— los poemas y prosemas, artículos y semblanzas, ensayos y crónicas que cada uno de nuestros países, y sus hombres representativos inspiraron a Darío. Textos variados profundos e instructivos que, contribuirían a fundamentar la escasa conciencia centroamericanista que subsiste en ciertos estratos intelectuales del Istmo. El flamante Parlamento, la Coordinadora Educativa y Cultural de Centroamérica (CECC) y algún otro organismo integracionista tienen la palabra.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.  

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