Rufino Aguilar Hernández
Impotencia y frustración genera la “rutinaria” noticia de que un criminal al volante arrebató la vida a una persona, niño, joven o adulto.
La cultura de la muerte por arrollamiento en nuestro medio ya forma parte de nuestro diario vivir, es aceptada como normal o inevitable, pero, ¿y la autoridad que debe regular este caos? Bien, gracias.
Los jefes de las bandas de conductores homicidas justifican el actuar de sus representados atribuyéndolo a problemas de educación; afirman que al igual que el fenómeno de jóvenes transgresores sociales y la delincuencia de saco y corbata, la eliminación de vidas humanas por atropellamiento es un fenómeno con el cual estamos inexorablemente condenados a convivir por los siglos de los siglos.
En Nicaragua, los conductores de transporte público, “buseros” y taxistas, con una irresponsabilidad que sólo ellos comprenden, violan las señales de tránsito, realizan increíbles maniobras contrarias a los reglamentos en un olímpico desprecio por la vida humana, raudos y veloces se desplazan por las estrechas y deterioradas calles de nuestras ciudades, ante la mirada impasible y cómplice de la autoridad.
Los medios de comunicación difunden a diario la pérdida de vidas por atropellamiento, pero a pesar de esto, los conductores de la muerte, del servicio público de transporte, no cambian su actitud.
Preocupa que los líderes de estos conductores justifiquen sus atropellos a la pobre gente que sufre sus desafueros; pero más preocupante y frustrante es darnos cuenta de que estamos solos, puesto que la autoridad obligada a preservar el orden público y proteger la vida de los nicaragüenses, no castiga a estos consuetudinarios violadores de la ley, antes bien, les permiten que cometan toda clase de tropelías con sus automotores en contra de la sufrida población.
Dios salve a nuestra Patria ante tal desorden, transgresión vehicular, indefensión de la ciudadanía, displicencia de la autoridad que en actitud contemplativa mira cómo se suprimen valiosas vidas, muertes que pudieron ser evitadas.