El ejemplo del pueblo venezolano

José Barrios Vanegas

Hay valores que los pueblos construyen durante años pero que pasan desapercibidos hasta que llegan los momentos de crisis. El pueblo venezolano no es la excepción. La imagen que se ha vendido de los venezolanos es la de gente acostumbrada al trabajo suave, a vivir del petróleo, y a consumir en forma desmesurada.

Nada más alejado de la realidad. Los venezolanos, como todos los pueblos, han venido construyendo constantemente, a pesar de su clase política. Recuerdo que en 1978, durante el período previo a las elecciones que llevarían al poder al ex presidente Luis Herrera, todos los fines de semana salía el Dr. Delgado Chapellín, presidente del Consejo Supremo Electoral, rogando a los partidos que no ensuciaran, que cuidaran las plazas en donde se iban a concentrar.

¿Resultado? Ninguno. Los domingos por la noche esos lugares estaban llenos de basura y latas de cerveza.

Al cierre de campaña, el Dr. Delgado Chapellín clausuró dicho período y pidió que se abstuvieran de hacer propaganda electoral y que, como primera medida, quitaran las banderas partidarias. Al día siguiente, muy temprano, comencé mi tour por Caracas. Para mi sorpresa, no había una sola bandera en las 100 ó 150 calles que recorrí. Quedé altamente impresionado por la disciplina ciudadana que sí había quitado las banderas, y me di cuenta que el factor desestabilizador no era el venezolano, sino los partidos.

Pensé que el hecho iba a llamar la atención de los medios, pero nada. Ni una letra apareció en los principales diarios, tal vez porque así es la construcción que hacen los pueblos: se interioriza y pasa desapercibida.

El pueblo de Venezuela ha enfrentado (y superado) bajas en el precio del petróleo, varios intentos de golpe de Estado, arremetidas del narcotráfico, y ha hecho sorprendentes logros en materia de votación (el voto uninominal es una realidad, lo mismo que la suscripción popular fuera de los aparatos partidarios); ha dado mayor peso a los gobiernos estatales y municipales; rompió con la hegemonía de los partidos tradicionales Acción Democrática y COPEI; dio paso a nuevas fuerzas políticas; hizo realidad la desconcentración y la descentralización del Estado; y la organización popular, a través de instituciones vecinales, comenzó a participar en la vida nacional, incluyendo el gobierno.

Todo esto y no otra cosa, es lo que ha hecho que el pueblo venezolano realizara un paro nacional de 61 días, el pasado 18 de enero. Esa construcción de años es la que dijera que el venezolano haya dicho no a vacaciones, fiestas navideñas y de fin de año.

Venezuela sacó a relucir su verdadera esencia y ha sorprendido al mundo. Ha mostrado solidaridad, ha sabido compartir, ha sacrificado una serie de cosas menos sus valores, y ha tomado conciencia que al lado del petróleo convive un nada honroso 35 por ciento de pobreza y una oscura perspectiva de desarrollo.

Por eso y porque Chávez es una imposición en medio de un discurso enredado (independientemente que tenga su grupo de seguidores), es que el pueblo venezolano lucha. El punto, sin embargo, es el siguiente: A los pueblos no hay que imponerles nada. Hay que dejarles libertad para que sigan su propio rumbo. Un rumbo que, visto en detalle, es más que correcto.

El autor es consultor en administración pública.  

Editorial
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