Joaquín Absalón Pastora
Por todos lados, por donde la vista se detenga, compruébase la decadencia del decoro institucional.
El origen del Ejército de los Somoza es conocido por los nicaragüenses. Era la obra y la gracia, la imagen y la semejanza de los intereses del Gobierno de Estados Unidos. Es conocido igualmente el nacimiento y desarrollo del actual Ejército. Se esperaba la cimera figuración de un rostro aseado por la reflexión.
No hubo recapacitación, y por el contrario, lo que trágicamente emergió fue un brazo sumiso al partido en el poder: el Ejército Popular Sandinista. Toda una configuración llena de opulencia por cuanto quienes lo trajeron al destino criollo fueron comandantes que lo usaron para proteger el enriquecimiento con el escudo de la demagogia y del populismo en el torbellino.
Si Somoza viejo fundó su feudo militar para ser el acaudalado número uno de Nicaragua, quienes lo sustituyeron hicieron lo mismo. Los dos ejércitos —el somocista y el sandinista— fueron represivos con la única diferencia de marchar uno con el pie derecho y otro con el pie izquierdo.
Como producto de la insolencia de hacer despilfarro con los errores, surgió la guerra y de ésta la inundación mortal de las armas, de los “akas” usados finalmente por los ladrones de cuantía ordinaria para incendiar los techos de las casas y exhibir cabezas en las piezas del hambre. Las armas cuya estridencia se resiste a la concepción del silencio vinieron de la Unión Soviética y de Estados Unidos nutriéndose así el parque de plomo de dos contrincantes infernalmente polarizados hasta que se firmó —o se fumó— la veterana pipa de la paz.
Nació otro Ejército, se pasó por la purificación de lo que tenía tufo, nacieron valores y advino algo distinto dentro de los desbordes de tanta “chatarra” material y humana. Se sintió a un Ejército profesional de las jefaturas de Joaquín Cuadra y Javier Carrión. Pero ninguna guerra renuncia a la mortífera tradición de dejar excedentes de armas sembradas con la misma habilidad con que se abren los surcos para sembrar el maíz (para vivir), sembradas las armas para erigirse en buzones (para morir) descubiertos en los barrios inocentes como el que lleva el místico nombre de una santa.
Los nicaragüenses perdemos nuestras instituciones. Demacrada está por la inutilidad de la Asamblea Nacional, demacrado el Poder Ejecutivo por su falta de capacidad resolutiva, los pecados menudean en representantes de la Iglesia y de las otras instituciones de índole terrenal.
Todo parece acabarse. Sostenía en los círculos de la comunicación que estaban de pie ante el desplome, dos instituciones: el Ejército y la Policía. El informe de la OEA ha terminado de romper corazones. Con la complicidad de ambos en el tráfico internacional de armas, ningún pecho queda suelto para lucir su invulnerabilidad. Lo que antes se sospechaba es ahora contundente, aplastante.
Conocí a Roberto Calderón desde que éste era niño en ocasión de viajar con él a Nueva York y Washington en compañía de colegas de radio y de periódicos. Años después siendo él “muchacho guerrillero” lo vi con la nariz monstruosamente inflamada (lepra de montaña) en una conferencia de prensa. Nunca imaginé que aquel sufrido idealista saldría mencionado en esta deprimente aventura. Mi opinión no es insidiosa contra nadie en lo personal. Muchas personas por deducción lógica deben estar insertas en el escándalo y hay que cubrir a uno para salvar a otros. Bendecir al amigo y maldecir a la institución ha ocurrido siempre. Ayer y hoy.
Tiembla el honor de la nación cuando vienen esas ráfagas con mal olor dejadas por los vientos de la conflagración.
El autor es periodista.